El Papa invita a un millón de jóvenes a no contentarse con «las religiones de consumo»

Con canciones en múltiples idiomas, la misa de ayer en la explanada de Marienfeld se convirtió en una auténtica fiesta del espíritu y del intelecto

JUAN VICENTE BOO,  ENVIADO ESPECIAL

COLONIA. El apoteósico encuentro de un millón de jóvenes con el Papa dejó ayer un sabor de optimismo en todos los protagonistas. «Siento resonar con fuerza en mi corazón la palabra !gracias!», confesó Benedicto XVI en sus palabras de despedida, al tiempo que entregaba un último mensaje: «Poned vuestra libertad personal al servicio del bien. Quien ha descubierto a Cristo debe llevarlo a otros. Una gran alegría no se guarda para uno mismo. Es necesario transmitirla».

La «Missa mundi», con canciones en múltiples idiomas, ritmos andinos e instrumentos musicales de África y la India fue una auténtica fiesta del espíritu y también del intelecto. El mismo «B-16» que había saludado a los jóvenes con un mensaje muy exigente en las orillas del Rin, les despidió ayer con una profunda catequesis sobre la Eucaristía. A lo largo de dos horas y media, la inmensa explanada de Marienfeld alternó los aplausos estruendosos al grito rítmico de «Be-ne-de-tto» en italiano, con otros momentos de reflexión de la misma intensidad.

El mensaje teológico

El Papa teólogo remontó su comentario a la Última Cena, distinguiendo el sentido de «adoración» en la palabra griega «proskinesis, que significa gesto de sumisión» y la latina «ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, en resumen, amor». La palabra griega «eucaristía» («acción de gracias»), que figura en los Evangelios, «es la traducción de la hebrea «berachá», agradecimiento, alabanza, bendición, y también transformación a partir del Señor».

En algunos momentos, parecía que el Papa profesor estuviese convirtiendo la gran explanada en un aula universitaria en la que los aplausos confirmaban los puntos de autoexigencia personal y de generosidad con Dios. El día anterior, en su encuentro con líderes musulmanes, Joseph Ratzinger les había dicho que «la palabra es la vía maestra de la educación de la mente», y ayer lo demostró pasando de la filología a la teología y a la sociología.

Como observador atento, el Papa señaló que «en muchas partes del mundo se da un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos; un extraño olvido de Dios, simultáneo a un «boom» de lo religioso». Para mucha gente «la religión se convierte casi en un producto de consumo, en que se escoge lo que gusta, y algunos saben también sacarle provecho». Pero «la religión del «hágalo usted mismo» al final no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de la crisis nos deja en la estacada. Por eso es tan importante el amor a la Sagrada Escritura, y conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura».

Era, en todo momento, un discurso para cristianos adultos, con mensajes muy precisos. Benedicto XVI señalaba que «la espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos». O explicaba que el fruto de la Eucaristía «debe mostrarse en la capacidad de perdón. Debe manifestarse en la sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Debe manifestarse en la disponibilidad para compartir».

Los chicos y chicas le entendían, y por la tarde, el Santo Padre comentó satisfecho que «estos encuentros mundiales llevan a opciones maduras de vida matrimonial, religiosa, sacerdotal y misionera». Aparte de una experiencia vital inolvidable, el contacto con jóvenes de todo el mundo y el escuchar de cerca a un Papa que les trata como adultos son un acicate para madurar.

El camino de regreso

Igual que los primeros peregrinos -los Reyes Magos- volvieron a sus países, los jóvenes emprendieron ayer el camino de regreso. Los más contentos eran los australianos, pues el Papa anunció que «la próxima Jornada Mundial de la Juventud tendrá lugar en Sidney en el año 2008». Aunque el encuentro se convoca cada dos o tres años, el plazo largo trajo una pequeña desilusión. La mayoría de los participantes hubiese preferido repetir la experiencia ya el año que viene, sin esperar los dos de rigor.

Aunque los muchachos aplaudieron a rabiar cuando el Papa dio las gracias a los organizadores, lo cierto es que la logística de Roma en 2000 y de Toronto en 2002 fue superior a la de Colonia. En todo caso, los 30.000 voluntarios jugaron un gran papel para ayudar a superar las incomodidades de las distancias, la lluvia del sábado y la noche al aire libre, bastante fría, hasta la misa del domingo. Los jóvenes volvían contentos a sus casas, y Benedicto XVI también. Su «estreno» con la juventud fue un éxito rotundo, mientras que el alcance de sus mensajes a judíos y musulmanes le han confirmado ya como «Papa del mundo».
 

"A.B.C.", 22-8-2005