EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

 

Carta del Obispo de Córdoba, D. Juan José Asenjo Pelegrina, sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía.

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Como es sabido, el 6 de abril del año pasado, el Parlamento aprobó la Ley Orgánica de Educación, uno de cuyos capítulos estrella es la nueva área de Educación para la Ciudadanía, que todos los alumnos de Primaria, Secundaria y Bachillerato deberán cursar obligatoriamente, y cuya enseñanza comenzará en varias Comunidades Autónomas, entre ellas Andalucía, a partir del próximo curso 2007-2008.

 

Desde diversas instancias preocupadas por la familia y la educación se ha señalado que la nueva ley, y este apartado capital de su articulado, se ha aprobado por un escaso margen de votos y, por tanto, sin el consenso deseable en un asunto de tanta trascendencia. De hecho, el Congreso rechazó algunas enmiendas del Senado que equilibraban en parte los contenidos del área.

 

Los patrocinadores de la nueva signatura, que será evaluable, han tenido en cuenta, sin duda, la situación de una parte de nuestra juventud, sumida en el nihilismo, víctima en muchos casos de una grave anemia de valores, que se manifiesta en el fracaso escolar, en conductas inciviles e insolidarias y en comportamientos violentos en la escuela e, incluso, en el seno de la familia. Para tratar de remediar esta situación, han optado por incluir en los planes de estudio la enseñanza de un “mínimo común ético”, aséptico y neutral, susceptible de ser aceptado por todos.

 

La Conferencia Episcopal, a través de su Comisión Permanente, y un gran número de asociaciones interesadas por el futuro de la sociedad y de la familia, después de conocer los Decretos que marcan los contenidos de la nueva asignatura, han formulado un juicio muy severo de esta iniciativa legislativa, que hago mío por entero. La inclusión en los planes de estudio de la llamada Educación para la Ciudadanía como materia obligatoria conculca el derecho primordial, insustituible e inalienable de los padres a determinar el tipo de formación religiosa y moral que desean para sus hijos, derecho amparado por la Constitución Española en el artículo 27,3.

 

Nada habría que objetar a una asignatura que ayudara a conocer los principios constitucionales y las normas elementales de convivencia. Cosa muy distinta es un área que impone una cosmovisión, un código moral y una propuesta ética concreta, que en muchos casos no coincidirá con las convicciones de los padres, los primeros responsables de la educación de sus hijos. La formación de la conciencia moral no es competencia del Estado, que no puede imponer a los niños y jóvenes un sistema moral determinado. Los criterios que guiarán estas enseñanzas son los propios del relativismo y de la llamada ideología de género. La verdad no juega papel alguno en los Decretos que desarrollan sus contenidos, porque, para el relativismo, la verdad propiamente hablando no existe. Cada uno tiene su verdad. Tampoco existe la ley natural ni normas morales absolutas. La única norma la dicta la conciencia individual autónoma, la Constitución, las leyes aprobadas por las mayorías parlamentarias, las Declaraciones de los Derecho Humanos y los Tratados Internacionales.

 

Sin embargo, sí forma parte de las enseñanzas mínimas, con el marchamo de verdad hoy indiscutible, el concepto de homofobia, bajo el cual, como afirmó la Comisión Permanente de nuestra Conferencia Episcopal el pasado 28 de febrero, “se esconde una visión de la constitución de la persona más ligada a las llamadas orientaciones sexuales que al sexo”. Esto quiere decir que la identidad de la persona como varón o mujer no la marca la naturaleza, sino que es fruto de una elección personal, estando en nuestra mano la posibilidad de elegir ser hombre o mujer, homosexual o heterosexual.

 

Estoy convencido de que con la nueva asignatura no se van a cumplir las expectativas de sus patrocinadores. Más que atajar los problemas de los jóvenes, se van a ahondar más. Como afirma la Conferencia Episcopal, “no es éste el modo adecuado de salir al paso de la necesidad apremiante de una formación integral de la juventud para la convivencia en la verdad y la justicia, con actitudes positivas que contribuyan a la creación y consolidación de la paz en las familias, las escuelas y la sociedad”. Todos deseamos que la escuela forme ciudadanos libres, conscientes de sus deberes y de sus derechos, verdaderamente críticos y respetuosos con los demás. Pero eso no se logra por el camino del relativismo moral y de una ideología que desestructura la identidad personal.

 

Por ello, suscribo íntegramente el juicio global que emite la Conferencia Episcopal al afirmar que “esta Educación para la Ciudadanía… es inaceptable en la forma y el fondo: en la forma, porque impone legalmente a todos una antropología que sólo algunos comparten y, en el fondo, porque sus contenidos son perjudiciales para el desarrollo integral de la persona”. Por ello, “los padres harán muy bien en defender con todos los medios legítimos a su alcance el derecho que les asiste de ser ellos quienes determinen la educación moral que desean para sus hijos”.

 

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Obispo de Córdoba