¿Estaba Dios en Haití?
por
Mons.
Sebastián
InfoCatólica
20-1-10, A las 11:31 PM,
Estos días
estamos
todos conmovidos por la catástrofe de Haití. Una vez más la
naturaleza parece que se ensaña contra la vida de los hombres. Nos hablan de más
de 200.000 muertos y tres millones de afectados. Uno de cada cuatro habitantes
del país. Las televisiones nos han mostrado imágenes terribles. Hemos visto
personas semienterradas pidiendo auxilio, madres afligidas llorando sobre sus
hijos muertos, cadáveres amontonados en las calles.
Ante el sufrimiento de tanta gente inocente, no puede faltar quien plantea
la
pregunta de la audacia humana: ¿Cómo Dios puede permitir esto?
Si es verdad que el mundo fue creado y está regido por un Dios bueno, ¿cómo es
posible que ocurran estas calamidades? Algunos, con apariencia de una radical
honestidad, dan un paso más: Ante estos hechos, vale más pensar que no hay
ningún Dios en el Cielo. Si lo hubiera sería un ser muy cruel y muy injusto. El
sufrimiento de los inocentes ha sido y está siendo argumento, aparentemente
insuperable, para muchos ateos. Recordemos las novelas y el teatro de Albert
Camus. Estos cuestionamientos parecen intelectualmente honestos y humanamente
solidarios. En el fondo, por lo menos objetivamente, son bastante hipócritas,
tirando a impíos, pues culpan a Dios de nuestros males sin preguntarnos por
nuestra propia culpabilidad.
¿Podemos
culpar a Dios de estas desgracias?”.
La reflexión y la revelación divina nos dicen que
Dios creó
todas las cosas existentes sabiamente y por amor. La Biblia nos
dice hermosamente que Dios, después de haberlo creado, vio que el mundo, su
mundo, era bueno y hermoso. Y luego nos creó a nosotros y puso el mundo en
nuestras manos. Que el mundo es bueno y está creado para el hombre, a la vista
está. En él encontramos con abundancia todo lo que necesitamos para vivir. A
medida que lo conocemos mejor, encontramos más maravillas, más recursos, más
posibilidades para una vida cada vez más amplia y más agradable.
Otra cosa es
cómo utilizamos nosotros las posibilidades que Dios ha puesto en el mundo para
nuestra vida. El conocimiento y la utilización de los recursos
del mundo responden a los deseos dominantes de los hombres y al estilo de vida
imperante en las naciones más poderosas. Es curioso que los mayores adelantos
técnicos aparezcan frecuentemente con ocasión de las guerras.
La verdad es que los hombres no utilizamos bien los abundantes recursos que Dios
ha puesto en el mundo.
La creación es limitada, vivir en el mundo tiene muchos riesgos. Pero los
hombres tenemos capacidad para prevenirlos, para remediarlos, para defendernos
de las agresiones de la naturaleza. Lo que ocurre es que somos egoístas,
insensatos, queremos disfrutar del mundo sin compartirlo, investigamos y
producimos lo que nos interesa para vivir bien unos pocos y dejamos a los demás
abandonados a su suerte, abandonados a lo que pueda ocurrirles en su pobreza y
en su indefensión. Luego tenemos la osadía de atribuir a Dios el sufrimiento de
nuestros hermanos.
Si los
hombres fuéramos más justos y más sensatos buscaríamos siempre el bien de todos,
no dejaríamos a nadie fuera de los bienes de Dios, no habría “primer mundo” y
“tercer mundo”. Habría un mundo de hermanos, un mundo que progresaría junto y
disfrutaría de manera parecida de los bienes y las ayudas de Dios. Somos
nosotros, con nuestro egoísmo, hecho ciencia y hecho política, los responsables
de la vulnerabilidad de nuestros hermanos.
Dios conoce nuestras limitaciones. Conoce incluso nuestros pecados. Y ha hecho
todo lo que podía hacer para librarnos de su poder y de sus consecuencias. “A
los suyos vino y los suyos no le recibieron”. Rechazamos, y muchos siguen
rechazando, la ayuda de Dios. Estamos muy satisfechos de nosotros mismos. No
queremos ayuda de nadie. Aun así El vino, sufrió el rechazo de sus hermanos,
pagó su amor y su fidelidad con el sacrificio de su vida, entró él mismo en el
catálogo de los rechazados, de las víctimas, de los abandonados.
Nadie puede
decir que Dios se haya mostrado insensible al dolor de los hombres.
El mismo ha entrado en el mundo de la pobreza y del sufrimiento. El descendió
hasta el fondo de la postración y del sufrimiento, en una muerte injusta, a
manos de la injusticia y de las ambiciones de los hombres. Desde el abismo de su
muerte nos sigue mostrando la verdad de su amor para que creamos en El, para que
nos dejemos guiar por El, para lleguemos a construir, con su ayuda, un mundo de
hermanos en donde el dolor sea vencido por el amor. Y nosotros seguimos
satisfechos de nosotros mismos, orgullosos de nuestros pecados a pesar de los
sufrimientos materiales y espirituales que oprimen a los hombres por todas
partes. No debemos hablar de los castigos de Dios.
Tenemos que
hablar de la obstinación de nuestra soberbia, de las consecuencias de nuestros
pecados.
En la providencia ordinaria Dios mantiene la estabilidad de las leyes de la
naturaleza, pues de otra manera nosotros no podríamos vivir razonablemente, no
podríamos proyectar ni construir nada. Necesitamos vivir en un mundo estable, de
otro modo no podría haber ciencia ni construcciones técnicas de ninguna clase.
La regularidad de las leyes del mundo tiene una ventaja, y es que nos permite
calcular, prever, colaborar con la naturaleza. Pero tiene también un precio,
quien las ignora o las vulnera lo paga.
En nosotros
está actuar con la prudencia necesaria para no desafiar las leyes de la
naturaleza a las cuales también nosotros estamos sometidos. Si
alguien por avaricia, o por cualquier otro motivo pecaminoso, hace una carretera
mal, o no revisa adecuadamente los motores de un avión, o construye mal un
puente, no podemos culpar a Dios de las consecuencias. En la mayoría de los
casos, la causa de las desgracias naturales, son nuestro pecados, y en otros
casos nuestras imprudencias, nuestras limitaciones.
El espíritu,
la vida
espiritual, tiene también sus leyes, que nosotros no valoramos en lo que se
merecen, y quien va contra ellas, a la corta o a la larga, sufre también las
consecuencias. Se cumple en nosotros el dicho popular “En el
pecado lleva la penitencia”. La mayoría de los desastres que parecen naturales
son consecuencia de nuestros pecados. Si, por avaricia, se monta un camping o se
construye una barriada de casas en el lecho de un barranco, el día que llueva
más de lo normal, el agua se llevará todo por delante. ¿Vamos a culpar a Dios?
Si
los hombres, con nuestras injusticias, dejamos a un pueblo aislado en la
pobreza, con sus casas frágiles y sin las previsiones necesarias, el día que
llega un terremoto ocurren calamidades como la que estamos lamentando.
¿Es Dios culpable o somos culpables quienes hemos dejado abandonados a su suerte
a unos cuantos millones de hermanos? La causa, o la ocasión, de estas desgracias
es la pobreza, y la pobreza no es obra de Dios sino de nuestros egoísmos.
¿Cuándo entenderemos que somos una familia de hermanos y que el mundo es de
todos y para todos? Discutimos teorías sutiles sobre la autonomía de los
gobiernos y la soberanía de los pueblos, hacemos leyes injustas, gastamos mucho
dinero en cosas innecesarias, todo ello en vez de centrarnos en las cuestiones
fundamentales de la justicia, la solidaridad y la fraternidad en el mundo.
Si
nuestro mundo fuera justo, si los hombres fuéramos justos y quisiéramos
construir, entre todos y para todos, un mundo justo, sin bolsas
de pobreza ni de analfabetismo, sin tantas diferencias y tantos abandonos,
podríamos hacer frente a estas calamidades, no habría hambre, ni sida, ni
tuberculosis, ni tantas otras cosas que afligen a nuestros hermanos más pobres y
que nosotros podríamos evitar con el esfuerzo sostenido y compartido de todos.
Dios ha hecho todo lo que tenía que hacer. Nos toca a nosotros actuar según su
sabiduría y sus mandatos. Se puede decir que ahora pagan justos por pecadores.
Unos disfrutan de las riquezas del mundo y se protegen de sus amenazas. Otros
quedan al margen de los bienes del mundo y tiene que vivir bajo la amenaza de
las fuerzas de la naturaleza. Y es verdad. La respuesta definitiva, el
argumento
definitivo a favor de la justicia y la bondad de Dios es doble.
Dios no desconoce el sufrimiento de sus hijos. Jesús, el Hijo de Dios, fue el
primero que pagó, el justo por los pecadores. Es un riesgo de nuestro mundo y
Dios quiso pasar por ese sufrimiento para poder comprender y consolar a todos
los justos injustamente tratados en la vida.
Jesús, el
Hijo de Dios, también sufrió una muerte injusta, precoz, dolorosísima.
Quiso compartir la suerte y la desgracia de los más pobres. Por encima de eso,
Dios se ha comprometido a glorificar a todos los justos que sufren la injusticia
del mundo, la injusticia del pecado. En Jesús, por la bondad de Dios, la muerte
injusta quedó convertida en salto para la vida. Desde la muerte de Jesús nadie
muere solo. Jesús nos espera en el momento justo de la muerte para darnos la
victoria de la vida. El sufrimiento de los inocentes es el camino para llegar a
la resurrección. Aquí vemos la fuerza cósmica de la resurrección de Jesús. Dios,
Padre de todas sus criaturas, con su poder creador, con la fuerza de su
Espíritu, levanta hasta la gloria de la vida eterna a los cuerpos inocentes
destrozados por la fuerza ciega de la naturaleza y por la ceguera culpable de
los muchos pecados de los hombres. El mal, la injusticia, el sufrimiento de los
inocentes o de los pecadores arrepentidos, nunca tiene la última palabra. La
muerte ha quedado vencida para siempre por la bondad del Dios de la vida.
En
la resurrección de Jesús, y en la promesa de la resurrección de los muertos se
manifiesta para siempre la bondad y la justicia de Dios con todas sus criaturas.
¿Estaba Dios en Haití? Por supuesto que sí.
Estaba recogiendo las almas de sus hijos atropellados por las fuerzas ciegas de
la naturaleza por culpa de un mundo egoísta e inhumano. Estaba saliendo a su
encuentro desde el dolor de su propia muerte. Estaba abriendo las puestas de la
vida eterna a todos los inocentes privados injustamente de la vida que El mismo
les había dado y que nosotros no hemos protegido.
Y está ahora
consolando, fortaleciendo, sosteniendo la esperanza de los que han quedado con
vida, moviendo nuestros corazones para que les ayudemos ahora, ya que no fuimos
capaces de ayudarles antes de manera preventiva.
Los
haitianos supervivientes que se reúnen en grupos para rezar y pedir la ayuda de
Dios son más sabios que nosotros. Saben mejor que nosotros que
Dios es siempre fuente de vida y de amor, también en los momentos de tribulación
y de muerte. Sólo podremos librarnos de nuestras culpas aprendiendo la lección y
cambiando de conducta en el futuro: Vivamos la fraternidad universal como Dios
la quiere, levantemos ahora entre todos un Haití nuevo sobre bases de justicia y
de fraternidad, construyamos un mundo justo en el que todos vivamos de una forma
semejante, y en el que nadie quede desamparado al alcance de los zarpazos de una
muerte prematura e injusta.
Este tiene
que ser por lo menos el compromiso sincero de los cristianos.