por
Mons.
Sebastián
En tiempos pasados, en las familias cristianas
era costumbre muy frecuente el rezo del Rosario, junto al hogar, o alrededor de
la mesa camilla. Hoy, el ritmo de vida, la creciente dispersión y el extendido
enfriamiento religioso de muchas familias ha hecho que esta buena costumbre haya
desaparecido de muchas de ellas casi por completo. Sin embargo, las
características de esta oración la hacen muy recomendable y muy provechosa
precisamente para estos tiempos.
El Rosario de María es una oración reposada y sosegante, es una
contemplación de la vida santa de Jesús, acompañados de la
Virgen María, bajo la mirada paternal del Dios salvador. El breve rezo del
Gloria, al final de cada misterio, nos hace levantar la mirada del corazón hasta
la grandeza bondadosa y vivificante de la Santa Trinidad. Todos los papas han
apoyado la devoción al Santo Rosario, explicando y ponderando las excelentes
cualidades de esta oración: Es oración sencilla y popular, pero está llena de
riqueza espiritual y proporciona muchos bienes a quienes la rezan con piedad.
Toda ella está centrada en la consideración y contemplación de los principales
momentos de la vida de Jesús, que acompañamos del rezo de un Padrenuestro y diez
Avemarías. Con el Padrenuestro nos ponemos en la perspectiva de la providencia y
actuación misericordiosa y salvadora de Dios. Con el rezo de las Avemarías
buscamos
la ayuda y
la compañía de la Virgen María para entrar en los misterios de la vida de Cristo
con sus mismas disposiciones espirituales.
Por lo pronto, rezar el Rosario, hoy como ayer, es una manera muy sencilla y
directa de acercarse a las fuentes de nuestra fe y de la vida santa.
No es una
devoción periférica, sino una devoción que nos hace recordar y
meditar los hechos más importantes de nuestra salvación y de nuestra propia
vida. De la mano de María, recorremos la vida entera de Jesús, los
acontecimientos más importantes de nuestra salvación. Esta contemplación
fortalece la fe, alimenta la esperanza y estimula caridad hacia Dios y hacia el
prójimo. El rezo diario del Santo Rosario puede cambiar la vida de las personas,
de las familias y de la sociedad.
Sus características la hacen una oración suave, sosegada, tranquilizadora. Poco
a poco,
con la
repetición de las avemarías, como con el romper rítmico de las olas a la orilla
del mar, nuestro corazón se sosiega, se centra en lo que estamos
considerando, se siente confortado y fortalecido. Alguien dijo que el Rosario es
una oración para las horas de cansancio. Podemos decir también que es una
oración especialmente apta para compensar el ritmo agitado de nuestra vida.
Tendríamos que hacer un esfuerzo realista y eficaz para recuperar esta devoción.
Lo podemos rezar personalmente en el coche, en el autobús, mientras paseamos por
la ciudad o por el campo. Y lo tendríamos que rezar también en familia. Si no
podéis estar todos juntos, al menos el matrimonio, la madre con los abuelos,
incluso con los hijos, por lo menos mientras son pequeños y están más en casa.
Aunque no estén todos presentes,
la vida
familiar no es igual cuando todos saben que en casa se reza diariamente el
Rosario. La casa huele de otra manera. Se respira otro ambiente.
Hay otro calor.
Con mayor razón hay que conservar la
costumbre
de rezarlo en las parroquias y en las demás Iglesias, antes o
después de la Eucaristía, o como acto central en aquellas parroquias donde no se
puede celebrar diariamente la Eucaristía. Dirigir el Rosario en la Iglesia ha
sido desde siempre una excelente colaboración de algunos seglares a favor de la
devoción y de la piedad.
El Papa recomienda
leer al
comienzo de cada misterio unas líneas del Nuevo Testamento.
Podemos leer lo referente al misterio enunciado, o bien, para hacerlo más
variado, algún pasaje que haga referencia a las virtudes o a las actitudes que
cada misterio nos sugiere. Más sencillo resulta asignar una intención concreta a
cada misterio. Esto nos ayuda a centrarnos mejor y aleja el riesgo de la rutina
y las distracciones.
Nos hará mucho bien si nos proponemos eficazmente recuperar y difundir esta
excelente devoción eclesial, mariana y cristiana. Para animaros os propongo
tres intenciones especialmente urgentes: 1ª, el crecimiento de
la fe y de la piedad en las familias cristianas; 2ª, la santidad de los
sacerdotes y el aumento de las vocaciones sacerdotales; 3ª, la conversión de
quienes practican la violencia, toda clase de violencia, cualquier
enfrentamiento, agresión, división o desconfianza en el seno de nuestra
sociedad.
La
renovación
de la vida cristiana que tanto necesitamos y deseamos, depende
en buena parte de la capacidad que tengamos para recuperar y mantener las
antiguas tradiciones, comprendiéndolas mejor, valorándolas más y sabiendo
acomodarlas con imaginación y realismo a las características del modo actual de
vivir. Tendremos que rezar de otra manera, en otros tiempos y con otros ritmos.
Lo que no es posible es que seamos mejores cristianos si no
rezamos
más y mejor.
“Infocatólica”, 14.05.10