«Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis» (cf. Jn 1, 38-39).
En la vida cotidiana se encuentra al Señor, 1
Juan Pablo II, Mensaje para la XII jornada mundial de la juventud en 1997 (15-VIII-1996). Castelgandolfo, 15 de agosto de 1996, solemnidad de la Asunción de la Virgen María al cielo
I. Oración inicial
II. Para la reflexión.
Se trata de leer y reflexionar, comentándolo con el grupo, el siguiente texto:
| El origen del recorrido hacia la fe |
2. Jóvenes de todo el mundo, ¡en el camino de la vida cotidiana podéis encontrar al Señor! ¿Os acordáis de los discípulos que, acudiendo a la orilla del Jordán para escuchar las palabras del último de los grandes profetas, Juan el Bautista, vieron cómo indicaba que Jesús de Nazaret era el Mesías, el Cordero de Dios? Ellos, llenos de curiosidad, decidieron seguirle a distancia, casi tímidos y sin saber qué hacer, hasta que él mismo, volviéndose, preguntó: «¿Qué buscáis?», suscitando aquél diálogo que dio inicio a la aventura de Juan, de Andrés, de Simón «Pedro» y de los otros apóstoles (cf. Jn 1, 29-51). Precisamente en aquel encuentro sorprendente, descrito con pocas y esenciales palabras, encontramos el origen de todo recorrido de fe. Es Jesús quien toma la iniciativa. Cuando él está por medio, la pregunta siempre se da la vuelta: de interrogadores se pasa a ser interrogados, de «buscadores» nos descubrimos «buscados»; es él, de hecho, quien desde siempre nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10). Ésta es la dimensión fundamental del encuentro: no hay que tratar con algo, sino con Alguien, con «el que vive». Los cristianos no son los discípulos de un sistema filosófico: son los hombres y las mujeres que han hecho en la fe, la experiencia del encuentro con Cristo (cf. 1 Jn 1, 1-4). |
| La Palabra de Dios no pasa... nunca engaña ni decepciona |
Vivimos en una época de grandes transformaciones en la que declinan rápidamente ideologías que parecía que podían resistir el desgaste del tiempo, y en el planeta se van modificando los confines y las fronteras. Con frecuencia la humanidad se encuentra en la incertidumbre, confundida y preocupada (cf. Mt 9, 36), pero la Palabra de Dios no pasa; recorre la historia y, con el cambio de los acontecimientos, permanece estable y luminosa (cf. Mt 24, 35). La fe de la Iglesia está fundada en Jesucristo, único salvador del mundo: ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,8). La Palabra remite a Cristo, para que a él se dirijan las preguntas que brotan del corazón humano frente al misterio de la vida y de la muerte. Él es el único que puede ofrecer respuestas que no engañan ni decepcionan. [...] |
| ¡Seguid a Jesús! |
3. Queridísimos jóvenes, como los primeros discípulos, ¡seguid a Jesús! No tengáis miedo de acercaros a él, de cruzar el umbral de su casa, de hablar con él cara a cara, como se está con un amigo (cf. Ex 33, 11). No tengáis miedo de la «vida nueva» que él os ofrece: él mismo, con la ayuda de su gracia y el don de su Espíritu, os da la posibilidad de acogerla y ponerla en práctica. |
| Metas altas |
Es verdad: Jesús es un amigo exigente que indica metas altas, pide salir de uno mismo para ir a su encuentro, entregándole toda la vida: «quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35). Esta propuesta puede parecer difícil y en algunos casos incluso puede dar miedo. Pero os pregunto: ¿es mejor resignarse a una vida sin ideales, a un mundo construido a imagen y semejanza propia, o más bien buscar con generosidad la verdad, el bien, la justicia, trabajar por un mundo que refleje la belleza de Dios, incluso a costa de tener que afrontar las pruebas que esto conlleva? |
| ¡No a la superficialidad y al miedo |
¡Abatid las barreras de la superficialidad y del miedo! Reconociéndoos hombres y mujeres «nuevos», regenerados por la gracia bautismal, conversad con Jesús en la oración y en la escucha de la Palabra; gustad la alegría de la reconciliación en el sacramento de la penitencia; recibid el cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía; acogedlo y servidle en los hermanos. Descubriréis la verdad sobre vosotros mismos, la unidad interior y encontraréis al «tú» que cura las angustias, las preocupaciones y aquel subjetivismo salvaje que no deja paz. |
III. Lo que me ha aportado esta reflexión:
IV. Compromisos:
V. Oración final