MADRID, domingo, 27 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).-
Publicamos la homilía que pronunció el cardenal Antonio María Rouco Varela,
arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, durante
la misa que congregó este domingo de la Sagrada Familia a familias de Europa en
la plaza de Lima en Madrid.
* * *
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Una vez más, una Plaza madrileña, la Plaza de Lima, nos ofrece un bello marco
para celebrar la Fiesta de la Sagrada Familia públicamente ante la sociedad y
ante el mundo como "una Misa de las Familias": de las familias de Madrid y de
toda España. Así sucedió el pasado año. Hoy, además, como una Eucaristía de las
familias de toda Europa. Me es muy grato, por ello, saludar con afecto fraterno
en el Señor a los Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos de las Diócesis de
España, pero, especialmente, a los hermanos venidos de Roma y de diversos países
europeos. En un lugar destacado quisiera hacerlo con el Sr. Cardenal Prefecto
del Pontificio Consejo para las Familias, que subraya con su presencia el valor
pastoral que le merecen al Santo Padre y a sus colaboradores más próximos
nuestra iniciativa a favor de la familia. El luminoso y siempre certero mensaje
del Papa Benedicto XVI no nos ha faltado tampoco en esta ocasión en que la
Eucaristía de las familias cristianas de España se abre a las Iglesias
particulares de Europa. Mi saludo muy cordial se dirige también a los
innumerables hermanos sacerdotes españoles y europeos, cercanos siempre a las
familias que ellos atienden y sirven con cuidadoso celo y caridad pastorales.
Nuestro más efusivo saludo va dirigido, sin embargo, a las innumerables familias
- abuelos, padres, hijos, hermanos... - que se han sacrificado para venir a
Madrid y poder celebrar en esta fría mañana madrileña, unidos en una
extraordinaria asamblea litúrgica con los fieles de nuestra diócesis, la Acción
de Gracias eucarística con alegría jubilosa por el inmenso don de la familia
cristiana: familia que se mira en la Sagrada Familia de Nazaret como el modelo
insuperable y decisivo para poder vivir en plenitud la riqueza de la gracia del
matrimonio cristiano en el día a día del crecer y del quehacer de la propia
familia. La familia cristiana sabe, además, que en Jesús, María y José,
encuentra el apoyo sobrenatural necesario que le ha sido preparado amorosamente
por Dios para que no desfallezca en la realización de su hermosa vocación.
Vuestra multitudinaria presencia, queridas familias, y vuestra participación
atenta, piadosa y activa en esta celebración eucarística habla un claro y
elocuente lenguaje: ¡queréis a vuestras familias! ¡queréis a la familia!;
¡mantenéis fresca y vigorosa la fe en la familia cristiana!; estáis seguras,
compartiendo la doctrina de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de que
el modelo de la familia cristiana es el que responde fielmente a la voluntad de
Dios y, por ello, es el que garantiza el bien fundamental e insustituible de la
familia para sus propios miembros -los padres y los hijos en eminente lugar-,
para toda la sociedad y, no en último lugar, para la Iglesia. La Iglesia es, en
definitiva, la "construcción de Dios", "en la que habita su familia", como
enseña el Vaticano II; y la familia en ella es "Iglesia doméstica" (LG 6 y 11).
Queridas familias cristianas: sois muy conscientes, incluso en virtud de
vuestras propias experiencias de la vida en el matrimonio y en vuestra familia,
de que ese otro lenguaje de los diversos modelos de familia, que parece
adueñarse, avasallador y sin réplica alguna, de la mentalidad y de la cultura de
nuestro tiempo, no responde a la verdad natural de la familia, tal como viene
dada al hombre "desde el principio" de la creación y de que, por ello, es
incapaz de resolver la problemática tantas veces cruel y dolorosa de los
fracasos materiales, morales y espirituales que afligen hoy al hombre y a la
sociedad europea de nuestro tiempo con una gravedad pocas veces conocida por la
historia. Queridas familias: porque queréis vivir vuestra familia en toda la
verdad, la bondad y la belleza que le viene dada por el plan salvador de Dios,
estáis aquí como protagonistas del nuevo Pueblo y de la nueva Familia de Dios,
que peregrina en este mundo hacia la Casa y la Gloria del Padre, celebrando con
la Iglesia el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, culmen y fuente de
toda la vida cristiana -y consecuentemente ¡de la verdadera vida de vuestras
familias!- como una Fiesta, iluminada por la memoria, hecha actualidad, de la
Sagrada Familia de Nazareth.
Con la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, se inicia el capítulo
de la nueva y definitiva historia de la familia: el de la familia, que, fundada
por el Creador en el verdadero matrimonio entre el varón y la mujer, va a quedar
liberada de la esclavitud del pecado y transformada por la gracia del Redentor.
Acerquémonos pues con la mirada de la fe, clarificada por la palabra de Dios, a
la realidad de esta familia, sagrada y entrañable a la vez, que abre a las
nuestras el tiempo nuevo del amor y de la vida sin ocaso. Llama la atención
desde el primer momento de su preparación y constitución que lo que guía y mueve
a María y a José a desposarse y acoger en su seno al Hijo, a Jesús, es el
cumplimiento de la voluntad de Dios sin condiciones; aunque, humanamente
hablando, les cueste comprenderla. María dice "Sí" a la maternidad de su Hijo,
que era nada menos que el Hijo del Altísimo. Lo concibe por obra del Espíritu
Santo, siendo Virgen y permaneciendo Virgen. José acepta acoger a María en su
casa como esposa, castamente, sabiendo que el Hijo que lleva en sus entrañas no
es suyo, ¡es de Dios! Se abandonan a su santísima voluntad, sabiendo que
responden así a los designios inescrutables, pero ciertos, del amor de un Dios
que quiere salvar al hombre por caminos que le sobrepasan por la magnitud
infinita de la misericordia que revelan. Son cada vez más conscientes de que a
ellos se les ha confiado la vida y la muerte terrena de un niño, que es el Hijo
de Dios, el Mesías, el Señor. Sí, sobre todo, lo sabe su Madre María que lo
acompaña, a veces desde la distancia física, pero siempre desde una inefable
cercanía del corazón hasta el momento de la Cruz: ¡la hora de la expropiación
total del Hijo y de la Madre en aras del Amor más grande! En la escena del
adolescente Jesús, perdido y hallado por sus padres en el Templo de Jerusalén,
que nos relata hoy el Evangelio de San Lucas, se confirmaba y se preludiaba
hasta qué grado de entrega y oblación de la vida conllevaba la aceptación
amorosa de la voluntad del Padre: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo
debía estar en la casa de mi Padre?". Y, aunque ellos no comprendieron del todo
lo que les quería decir, su angustia precedente quedó enternecedoramente
compensada por el Hijo: Jesús bajó con ellos a Nazareth y, bajo su autoridad,
"iba creciendo en sabiduría, estatura, y en gracia ante Dios y ante los
hombres". Y "su madre conservaba todo esto en su corazón". De aquel amor de
María y José, amor de total entrega a Dios, y, por ello, de una fecundidad
humanamente inimaginable, ¡sobrenatural!, surge la familia en la que nace, crece
y vive el Salvador del hombre, el Autor de la Nueva Vida, el Cabeza del Nuevo
Pueblo de Dios, el Primero entre una incontable multitud de hermanos, que
habrían de configurar la nueva familia humana.
Queridas familias cristianas de España y de toda Europa: miraos a vosotras
mismas como esposas y esposos, padres e hijos, en el límpido espejo de ese
prototipo de la nueva familia querida y dispuesta por Dios en su plan de
salvación del hombre, que es la familia de Jesús, María y José. ¿Verdad que
también vosotros podéis certificar que, cuando todo ese edificio de íntimas
relaciones personales entre vosotros y con vuestros hijos se fundamenta en la
vivencia fiel y siempre renovada de vuestro compromiso contraído
sacramentalmente en Cristo, ante Dios y ante la Iglesia, os es posible e incluso
sencillo y gratificante configurar vuestra familia como esa íntima comunidad de
vida y amor donde se va abriendo día a día, "cruz a cruz", el camino de la
verdadera felicidad? Entonces os sentís "como elegidos de Dios, santos y amados,
para revestiros "de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura,
comprensión". Sabéis pedir perdón y perdonáis. Sabéis sobrellevaros y ¿os
santificáis mutuamente? Colocáis por encima de todo "el amor" que "es el ceñidor
de la unidad consumada". ¿En quién y en dónde podrán encontrar los niños, que
van a nacer, los discapacitados, los enfermos, los rechazados... etc., el don de
la vida y del amor incondicional sino en vosotros, padres y madres de las
familias cristianas? ¿Hay quien responda mejor y más eficazmente a las
situaciones dramáticas de los parados, de los ancianos, de los angustiados por
la soledad física y espiritual, de los rotos por las decepciones y fracasos
sentimentales, matrimoniales y familiares, que la familia verdadera, la fundada
en la ley de Dios y en el amor de Jesucristo?
En esta madrileña Plaza de Lima, el día 2 de noviembre de 1982, el inolvidable
Juan Pablo II, declarado Venerable el pasado día 19 de diciembre por nuestro
Santo Padre Benedicto XVI, celebraba una Eucaristía memorable, convocada como
"la Misa para las familias" en el tercer día de su largo primer viaje por toda
la geografía de las Diócesis de España ¡Viaje Apostólico inolvidable! En su
vibrante homilía se encuentra un pasaje, cuya vigorosa fuerza profética no ha
perdido ni un ápice de actualidad. Permitidme que os lo recuerde:
"Además, según el plan de Dios, -afirmaba el Papa- el matrimonio es una
comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento
de los mismos cónyuges. Existe una relación inquebrantable entre el amor
conyugal y la transmisión de la vida, en virtud de la cual, como enseñó Pablo
VI, "todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de vida". Por
el contrario, -como escribí en la Exhortación Apostólica "Familiaris
Consortio"-"al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los
esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio,
es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo
positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad
interior del amor conyugal.
Pero hay otro aspecto aún más grave y fundamental, que se refiere al amor
conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto absoluto a la vida humana,
que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello,
quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona
humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación
del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría
el mismo fundamento de la sociedad."
Benedicto XVI nos enseña hoy, en medio de una crisis socio-económica
generalizada, un cuarto de siglo después de la homilía de la Plaza de Lima, en
su Encíclica "Cáritas in Veritate": "La apertura moralmente responsable a la
vida es una riqueza social y económica... Por eso, se convierte en una necesidad
social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la
hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más
profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los
estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la
integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer,
célula primordial y vital de la sociedad".
El panorama que presenta la realidad de la familia en la Europa contemporánea no
es precisamente halagüeño. El preocupante diagnóstico del estado de salud de la
familia europea, que hacía en octubre de 1999 la II Asamblea Especial para
Europa del Sínodo de los Obispos y que, después, Juan Pablo II recogía,
detallaba y confirmaba en la Exhortación Postsinodal "La Iglesia en Europa", se
ha ido agravando más y más. La actualidad del matrimonio y de la familia en los
países europeos está marcada por la facilitación jurídica del divorcio hasta
extremos impensables hasta hace poco tiempo y asimilables al repudio; por la
aceptación creciente de la difuminación, cuando no de la eliminación, primero
cultural y luego legal de la consideración del matrimonio como la unión
irrevocable de un varón y una mujer en íntima comunidad de amor y de vida,
abierta a la procreación de los hijos; por el crecimiento, al parecer imparable,
de las rupturas matrimoniales y familiares con las conocidas y dramáticas
consecuencias que acarrean para la suerte y el bien de los niños y de los
jóvenes. A esta situación se ha añadido la crisis económica, con la inevitable
secuela del paro y el desempleo como factor sobrevenido a la situación ya muy
extendida de la crisis del matrimonio y de la familia. El derecho a la vida del
niño, todavía en el vientre de su madre -del "nasciturus"-, se ve
lamentablemente suplantado en la conciencia moral de un sector cada vez más
importante de la sociedad, y en la legislación que la acompaña y la estimula,
por un supuesto derecho al aborto en los primeros meses del embarazo. La vida de
las personas con discapacidades varias, de los enfermos terminales y de los
ancianos, sin un entorno familiar que las cobije, se ve cada vez más en peligro.
Un panorama a primera vista oscuro y desolador. Sólo a primera vista. En el
trasfondo alumbran los signos luminosos de la esperanza cristiana: ¡Aquí estáis
vosotras, las queridas familias cristianas de España y de toda Europa, para dar
testimonio de esa esperanza y corroborarla. Con el "sí" gozoso a vuestro
matrimonio y a vuestra familia, sentida y edificada cristianamente como
representación viva del amor de Dios -amor de oblación y entrega, ofrecido y
fecundo también en "vuestra carne"- y con vuestro "sí" al matrimonio y a la
familia como "el santuario de la vida" y fundamento de la sociedad, estáis
abriendo de nuevo el surco para el verdadero porvenir de la Europa del presente
y del futuro. Europa, sin vosotras, queridas familias cristianas, se quedaría
prácticamente sin hijos o, lo que es lo mismo, sin el futuro de la vida. Sin
vosotras, Europa se quedaría sin el futuro del amor, conocido y ejercitado
gratuitamente; se quedaría sin la riqueza de la experiencia del ser amado por lo
que se es y no por lo que se tiene. El futuro de Europa, su futuro moral,
espiritual e, incluso, biológico, pasa por la familia realizada en su primordial
y plena verdad. ¡El futuro de Europa pasa por vosotras, queridas familias
cristianas!
Habéis recibido el gran don de poder vivir vuestro matrimonio y vuestra familia
cristianamente, siguiendo el modelo de la Familia de Nazaret, y, con el don, una
grande y hermosa tarea : la de ser testigos fieles y valientes, con obras y
palabras, del Evangelio de la vida y de la familia en una grave coyuntura
histórica de los pueblos de Europa, vinculados entre sí por la común herencia de
sus raíces cristianas. Unidas en la Comunión de la Iglesia, alentadas y
fortalecidas por la Sagrada Familia de Nazaret, por Jesús, María y José, la
podréis llevar a un buen y feliz término. ¡Sí, con el gozo jubiloso de los que
han descubierto y conocen que en Belén de Judá, hace dos mil años, nos nació de
María, la Virgen y Doncella de Nazaret, el Mesías, el Señor, el Salvador, lo
podréis!
Amén.