La autoestima de los hijos de Dios

Asumir humildemente los defectos, no autoengañarse, ayuda a centrar el problema

POR MICHEL ESPARZA

En una época en la que preocupa tanto el bienestar psíquico, es interesante mostrar que el Amor de Dios, tal como ha sido revelado en Cristo, es una maravillosa y segura fuente de paz interior. Saberse hijo amadísimo de Dios tiene efectos muy saludables. Es de gran ayuda a la hora de solucionar problemas ligados a la inseguridad o a la falta de autoestima. Ahí radica, en la actualidad, un aliciente más de la vida cristiana.

La conciencia de esa filiación divina comporta un sano orgullo. Y, a su vez, esta humilde autoestima facilita una buena relación con uno mismo y con los demás. Para evitar equívocos, empecemos dejando claro qué se entiende por humildad y por autoestima.

ENFOQUES DE LA AUTOESTIMA

Se ha hablado mucho de autoestima en los últimos años. Los libros de autoayuda están de moda. Lo positivo de este fenómeno es que observamos una creciente toma de conciencia de la importancia de la autoestima de cara al desarrollo equilibrado de la personalidad. Lo negativo es que algunos de los métodos que se promueven, aparte de ser de dudosa eficacia, están mal orientados y pueden incluso resultar nocivos.

Hay educadores, por ejemplo, que, por miedo al sentimiento de culpabilidad, tratan de convencer a sus pupilos de que no tienen defectos. Les intentan inculcar autoestima incluso a costa de la verdad sobre sí mismos. Sin duda, es importante prevenir y combatir sus complejos de inferioridad, pero esto debería realizarse ayudándoles a asumir toda la verdad. Si se les hace creer que son mejores de lo que son, se les dificulta la percepción de la realidad. Tarde o temprano ésta se impone y la frustración es mayor.

Conviene, -pues, hablar de autoestima para evitar su carencia, pero sin caer en el extremo opuesto. Tanto el deterioro como el exceso de autoestima reflejan de modo diferente un mismo amor propio dañino y frustrado. A quien exagera sus defectos, habría que ayudarle a no desorbitarlos, pero no haciéndole creer que no los tiene. Más que fomentar el autoengaño, habría que ayudarle a asumir humildemente la realidad. Por tanto, la humildad cristiana ayuda a centrar correctamente la temática de la autoestima.

ENFOQUES DE LA HUMILDAD

A primera vista, autoestima y humildad parecen términos opuestos. Entendemos que es humilde quien no se toma demasiado en serio a sí mismo, mientras que el término autoestima puede sugerir una actitud egocéntrica. Pero también es verdad que la auténtica humildad no consiste en fomentar una falsa modestia o un complejo de inferioridad. Si la humildad consistiese en un malsano autorrechazo, se convertiría en una fuente de desasosiego interior que dificultaría mucho el olvido de uno mismo.

La humildad es la verdad y se traduce en un espontáneo olvido de uno mismo. Ahora bien, quienes se dan demasiadas vueltas a sí mismos no son sólo las personas vanidosas y arrogantes, sino también las personas que se infravaloran. Por tanto, para ser humilde, es preciso que uno se acepte a sí mismo tal como es; más aún: la persona humilde se ama a sí misma aún conociendo sus defectos y limitaciones.

PUNTO DE ENCUENTRO

Humildad y autoestima son conceptos emparentados pero diferentes. La humildad es una virtud, mientras que la autoestima proviene del ámbito de la psicología. La autoestima designa un sentimiento positivo sobre uno mismo, mientras que la humildad es mucho más que un estado de ánimo. La humildad es más bien la conciencia de una dignidad. Hablar de "humilde autoestima" es un modo de expresar el orgullo santo que siente el cristiano por el hecho de saberse hijo amadísimo de Dios.

En el pasado, en la catequesis cristiana, no se hablaba de autoestima, pero sí de caridad hacia uno mismo. Si repasamos la literatura espiritual cristiana, descubrimos que el recto amor a uno mismo siempre ha estado presente. El primer mandamiento siempre ha sido amar al prójimo como a uno mismo. Es algo que ha calado en la mentalidad del pueblo cristiano (piénsese en el refrán: "la caridad bien ordenada empieza por uno mismo".

Sin embargo, por falta de matices, es posible que algún educador cristiano deje de lado esta actitud positiva de amor a uno mismo, pensando que sería una especie de subterfugio para algún tipo de egoísmo. Y es precisamente todo lo contrario: el modo más eficaz de olvidarse de uno mismo consiste en amarse a uno mismo de un modo verdadero y recto.

El amor a uno mismo y el amor propio son inversamente proporcionales. No se trata sólo de amarnos a nosotros mismos a causa de nuestras cualidades, sino sobre todo a causa de lo mucho que Dios nos ama. Si aceptamos el Amor que Dios nos brinda, recibimos la mayor dignidad imaginable: la dignidad de hijos de Dios. Y ese recto amor a uno mismo resulta ser el modo más eficaz de combatir el egoísmo del yo.

En el fondo, quien desconozca el Amor de Dios, ante sus propias miserias, tendrá dos únicas opciones: o bien reconocerlas y deprimirse, o bien autoengañarse, eventualmente con la ayuda de un de esas psicoterapias simplistas cuya máxima principal es "Ante todo, siéntete siempre bien contigo mismo, nunca olvides que, hagas lo que ha gas, eres una persona fabulosa".

Pero el autoengaño no libera. Por ese camino, nunca se obtiene una paz duradera porque la inteligencia engañada siempre protesta. E! aquí donde el cristianismo ofrece la mejor alternativa Pidiendo perdón a quien tiene entrañas de misericordia, se evita tanto el desaliento como el autoengaño.

SI SOY AMADO ME AMO Y AMO A LOS DEMAS

En cada ser humano conviven grandezas y miserias. En el fondo, muchos conflicto interiores provienen de no aceptar] propia miseria, quizá por desconocer la propia grandeza. La experiencia muestra también que nada le reconcilia uno tanto consigo mismo como el experimentar el amor de otra persona. Y nuestra mayor grandeza consiste en ser inmensamente amados por Dios.

Cristo nos ha revelado ese Amor incondicional de Dios por cada ser humano. Quien, pesar de ser miserable, se l sabe amorosamente mirado de continuo por un Padre que le ama tal como es, goza de una paz interior inamovible. Sus errores personales no le quitan esa paz, pues? sabe que a su Padre le encanta perdonarle cada vez que se lo pide.

Toda sana espiritualidad cristiana potencia la caridad hacia los demás. Quien se sabe muy amado, se amará a sí mismo y, libre de problemas personales, se podrá dedicar de lleno a amar a los demás. La paz interior no es, pues, el único fruto de saberse hijo de Dios. Una buena relación con uno mismo tiene también una importancia decisiva de cara a la calidad del amor a los demás. Es lógico que una actitud conflictiva hacia uno mismo dificulte el buen entendimiento con los demás. En primer lugar, porque es difícil que quien esté absorbido por sus propias preocupaciones preste atención a las de los demás. En segundo lugar, porque el miedo a ser rechazado por otros engendra susceptibilidad. Ese miedo lleva a algunos a cerrarse al amor. Otros, intentan amar, pero su amor adolece de egoísmo. Unos aman poco y otros aman mucho pero mal. Unos se muestran distantes y otros sienten gran cariño pero lo imponen.

El Amor de Dios es el mejor antídoto contra ese egoísmo del yo que enturbia la afectividad. El corazón se presta a lo mejor (entrega generosa) y a lo peor (afán posesivo). Para purificarlo de modo que prevalezca lo bueno, es preciso solucionar su imperiosa necesidad de aprecio: Puesto que el yo está "hambriento" de estima, la mejor forma de que no moleste consiste en proporcionarle una "comida' capaz de satisfacerle plenamente. En vez de ambicionar éxitos pasajeros ("comida rápida'), nos conviene acudir directamente a la fuente de nuestra mayor dignidad: la maravillosa realidad de ser amados con locura por Dios. Rectificamos así lo que se torció desde los albores de la humanidad. Sabiéndonos tan amados, nos amamos a nosotros mismos y hacemos felices a los demás amándoles de un modo cada vez más libre, respetuoso y desinteresado.

AHORA 0 NUNCA

No compensa pasarse toda una vida buscando soluciones de recambio que nunca satisfacen del todo. Hemos señalado que quien se sabe hijo de Dios, se olvida fácilmente de sí mismo y aumenta la calidad de su amor a los demás. En cambio, quien desconoce esa dignidad, se ve impelido a cosechar éxitos que aumenten su autoestima y le hagan merecedor de la estima ajena. Pero así no se resuelven los problemas, porque el yo es insaciable. Todo éxito resulta insuficiente. El yo siempre protesta, porque sus expectativas nunca se satisfacen del todo. Siempre se desea más y, tarde o temprano, llega la decepción.

La vida cristiana es aquí la mejor alternativa. No es fácil llevarse bien con un yo envenenado por el amor propio. En cambio, es muy fácil llevarse bien con Quien más y mejor nos ama. Por tanto, el mejor modo de vivir en paz con uno mismo consiste en vivir en paz con Dios. Nos conviene vernos tal como Él nos ve: sus amorosos ojos tendrían que ser como un espejo en el que nos miramos. En vez de poner nuestra esperanza en inciertas eventualidades futuras, tenemos ya ahora un Amor capaz de colmar nuestros más profundos anhelos. O bien somos felices hoy y ahora, tal corno somos y con lo que tenemos, o bien es de temer que no lo seremos nunca.

SABER, SENTIR Y PALPAR

¿Es suficiente con saber que Dios nos ama para que desaparezcan de golpe todos los problemas que .se derivan del amor propio? La experiencia muestra que no. Para que el Amor de Dios nos cale hondo, no basta con un conocimiento meramente teórico o sentimental: es preciso "palparlo". Palpa es mucho más hondo que sentir y que saber. Un refrán japonés ilustra bien la diferencia. Dice así: "Cuando madre un niño, los conocidos sufren con la cabeza; los amigos, con el corazón; la madre, con' toda la profundidad de sus entrañas".

Esa honda conciencia del Amor de Dios se va fraguando poco a poco. Para liberarnos del egoísmo del yo, se requiere toda una purificación interior que sólo la gracia de Dios -no sin nuestra correspondencia- puede llevar a cabo. Se precisa toda una curación interior encaminada a poner orden en nuestro complejo mundo interior. El esfuerzo personal es ciertamente importante, pero mucho más lo es esa gracia que Cristo nos consiguió en la Cruz y que recibimos a través de la oración y de los sacramentos.

El efecto de esa gracia redentora es una misteriosa transformación interior. A tal efecto, el Espíritu Santo opera en nosotros tres efectos conjuntos: ilumina nuestro entendimiento para comprender el Amor de Dios, inflama nuestra voluntad para encendernos en deseos de corresponderle, y purifica nuestro corazón para conformar cada vez más nuestros afectos con los afectos del Corazón de Cristo.

Salvación viene de salud para salvar hay que sanar. "La gracia sana y eleva", se dice en teología. La gracia, al elevamos a la dignidad de hijos de Dios, cura el poso de egoísmo que el pecado ha depositado en nuestra naturaleza. Si lo que hay que curar es ante todo ese amor propio que pervierte nuestros amores, no es de extrañar que uno de los caminos que sigue la gracia para llevar a cabo esa curación consista en ayudamos a tomar conciencia de nuestra elevación a la dignidad de hijos de Dios.

AMOR GRATUITO

¿Qué podemos hacer para facilitar la acción de la gracia? Aparte de pedirla y de esforzarnos cada día por mejorar, nos conviene meditar asiduamente acerca del Amor de Dios, hasta que se grave a fuego en nuestra alma. Para facilitar esa meditación, termino esbozando unas consideraciones sobre tres aspectos del Amor divino que guardan relación entre sí: gratuidad, reciprocidad y misericordia.

Ante todo, el Amor de Dios es gratuito. Siempre precede al mío. No me ama porque yo sea bueno, sino porque El es bueno. No espera que dé la talla. Espera más bien que abdique de mi autosuficiencia y acepte su Amor. Si me invita a mejorar, es por mi propio bien, y no como condición para amarme más. Quiere que le corresponda porque sabe que seré feliz en la medida en que me una amorosamente a Él.

Dios me ama de modo pleno e incondicional, como se ama a un hijo único. Se diría que Dios sólo sabe tener hijos únicos. No me ama de modo genérico: me ama como soy y como estoy. Aunque me empeñara en ofenderle, nunca podré impedir que me ame. Lo que sí puedo impedir, puesto que respeta mi libertad, es que su Amor me llegue (de nada sirve que me quiera si yo no me dejo querer).

La gratuidad de su Amor me ayuda a purificar mis intenciones amorosas. Saberme tan amado me confiere una dignidad inestimable, que colma mi sed de estima. Es fácil olvidarme de mí mismo si recuerdo que, subjetivamente, lo soy todo para Quien, objetivamente, lo es todo. Si soy objeto de la complacencia divina, conviene que me vacíe de mí para poder llenarme de Él (y que me llene de Él para poder vaciarme de mí mismo). Sabiendo como me ama, seré capaz de purificar mis deseos de mejorar. Podré hacer las cosas sólo por Él, no por satisfacer mi amor propio. Su Amor me libera de mi vanidad: me hace capaz de hacerlo todo por amor a Él y a -os demás. Lo haré ante todo por Él, por darle gusto, que, si bien a Él, por naturaleza, nada le falta, habiéndome creado por Amor, podría decir que mi amor lo único que le "falta".

RECIPROCIDAD

El Amor de Dios me eleva. Como criatura, yo tengo un valor absoluto, pero si lo soy todo para Él, nos invita a establecer con 1 una recíproca relación a amor. De forma inefable pero verdadera, su Amor lleva a identificarse con todo lo mío: todo lo mío. le propio. Así, por ejemplo, por comportarme mal, hago daño a mí mismo, a él le duele indeciblemente; si le amo y me dejo amar (me dejo perdonar y ayudar), le procuro un gozo ir finito. Si se identifica amorosamente conmigo, lógico que yo le corresponda y me identifique cada vez más con Él. Participaré así, por ejemplo, de su celo por la redención de cada alma. Veré a cada ser humano como a un hermano, hijo, del mismo Padre.

Lo divino, por ser infinito me resulta inimaginable Aquí, es Cristo quien viene en mi ayuda. Mi camino hacia Dios culmina con un hondo sentido de mi filiación divina, pero conviene que pase a través de Quien afirmó ser "el camino" (Jn 14, 6). Mi relación paternofilial con Dios Padre comporta un íntima relación de amistad con la Humanidad Santísima de Cristo.

Es lógico que as: sea. Puesto que no me puedo hacer cargo de la Vida divina, la Encarnación es muy di agradecer. Dios e: inenarrable, pero Cristo me lo revela con palabras que puedo, comprender. Y no sólo me revela al Padre, sino que, además, me brinda una recíproca relación de amistad (cfr. Jn. 15, 15). Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, me incorpora a su Familia, tanto humana como divina. Soy hermano de Jesús, hijo de Dios y de María. A través del asequible amor humano, accedo al inefable Amor divino. De la familiaridad con José, María y Jesús, paso a participar de la Vida intratrinitaria, donde, como hijo en el Hijo, amo al Padre en el Espíritu Santo.

Hay aquí un paralelismo entre el orden de la gracia y el orden de la vivencia. La identificación con Cristo es punto de partida y meta. La gracia del Bautismo, al hacerme hijo de Dios, me constituye en "otro Cristo" (cfr. Gal. 2, 19-20). Y, como hermano suyo, estoy llamado a identificarme con los sentimientos de su Corazón. Esta misteriosa identificación con Cristo, que la gracia opera en mí, debe ir acompañada, en la práctica, de una amorosa identificación con la Humanidad Santísima de Cristo Resucitado.

EL AMOR MISERICORDIOSO

Este tema es de gran actualidad desde que Juan Pablo II, en el año 2000, con motivo de la canonización de Santa Faustina Kowalska, anunció que en cada segundo domingo de Pascua se celebraría en toda la Iglesia la Divina Misericordia. El 22 de noviembre de 1981, este santo Papa dijo que consideraba este mensaje como el cometido especial que la Providencia le había asignado. Y Juan Pablo II murió precisamente cuando ya se celebraba el segundo domingo de Pascua.

La Sagrada Escritura asevera -más de 300 veces- que Dios es compasivo y misericordioso. En el Evangelio, Cristo nos revela la vertiente misericordiosa del Amor divino. Una y otra vez, sale a relucir su predilección por los más necesitados, por quienes carecen de salud o de virtud. Su Amor gratuito le lleva a amarnos aunque valgamos poco. Su Amor misericordioso va más lejos: cuanto menos valemos, más nos aprecia.

Esto es importante de cara a cimentar nuestra paz interior, puesto que las imperfecciones nos acompañarán a lo largo de toda nuestra vida. La santidad cristiana consiste en una perfección de amor, y no en una ausencia de imperfecciones. Salvo la Virgen Maria, ningún santo ha dejado este mundo careciendo de defectos. La santidad cristiana conjuga exigencia y comprensión. Una misma razón de amor conduce al deseo de perfección y a la comprensión hacia la imperfección, tanto propia como ajena.

El santo, sin dejar de combatir sus defectos, no se agobia ante sus faltas. Le duelen porque le duelen a Él, pero si acude contrito y confiado al tribunal de su misericordia, en cierto sentido, podría incluso alegrarse con motivo de sus fallos, porque sabe que al Señor le encanta perdonárselos.

¿En qué medida el Felix culpa que la liturgia pascual aplica al pecado, es también aplicable a todas nuestras deficiencias? Misericordia so significa sólo disponibilidad al perdón. Significa también predilección por las personas necesitadas, compasión hacia ellas. El término misericordia viene a decir que se tiene miseria en el corazón, en el sentido de que a uno le entristece la miseria ajena como si fuese propia; de ahí el lógico afán de remediarla (por eso, todo lo que Dios hace para redimimos es consecuencia de su Misericordia.

En un sentido más amplio, el Amor misericordioso no lleva sólo a compadecerse de la miseria ajena, sino también a alegrarse con la dicha ajena. Ya hemos apuntado que el amor conlleva una identificación con la persona amada, compartiendo tanto sus alegrías como sus penas. En una recíproca relación de amor, cada vez que uno de los amantes da, el otro recibe. Una misma razón de amor les lleva a ser generosos amando y a ser humildes dejándose amar. Eso es también aplicable a nuestra relación con el Señor. Del Él aprendemos tanto la generosidad de dar como la humildad de recibir.

Por tanto, si de verdad amamos al Señor, todo se convierte en gozo. No sólo le alegramos con nuestras buenas obras, sino también con nuestros fallos: permitiéndole ayudarnos y perdonarnos. Al final de cada día, podremos decirle: "De diez cosas que me había propuesto, me han salido bien dos yo te doy dos y Tú me das ocho; los dos nos despedimos de este día con diez: yo, con dos más ocho; Tú, con ocho más dos".

En esta vida, la soberbia nunca desaparece del todo. Pero, si amamos a Quien más y mejor nos ama, tenemos con qué compensarla. Como en el Magnificat, la pequeñez se convierte en motivo de santo orgullo. Y recuperar la paz da lugar a un gozo compartido.

"Palabra", VIII-IX, 2006