Voluntarismo y esperanza
Un desenfoque de la lucha interior: el "pelagianismo de los piadosos" (Card. J. Ratzinger)
POR JOSÉ MIGUEL PERO-SANZ
De un tiempo a esta parte, los autores de espiritualidad suelen alertar con énfasis frente al "voluntarismo", que aseguran ocupa un lugar destacado junto a los obstáculos ara la santidad tradicionalmente denunciados por la literatura ascética: soberbia, tibieza o falta de rectitud de intención. Cuando describen ese otro posible síndrome, lo analizan con tal pormenor, que a muchos lectores les ocurre como a Monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre sorprendido al descubrir que desde niño venía hablando en prosa. Los libros clásicos ya nos habían hecho notar nuestra soberbia, nuestra tibieza y nuestra dudosa intención. Ahora comprobamos que, además, somos unos voluntaristas.
on el término "voluntarismo", no se refieren al sentido del deber, al deseo de hacer las cosas bien, ni a la fuerza de voluntad indispensable para emprender y perseverar en el seguimiento de Cristo. Tampoco vituperan a quien compensa con voluntad sus deficiencias afectivas o intelectuales (y, por ejemplo, dedica muchas horas al estudio de una materia que otros aprenden sin tanto sacrificio). No censuran la deseable autonomía respecto a las presiones del entorno social; ni tampoco cierta tozudez, que puede ser un simple dato temperamental sin mayor alcance.
Denuncian algo más profundo: un modo, equivocado, de enfocar la existencia cristiana, que olvida la primacía de la gracia, es decir, el protagonismo que corresponde a Dios en la empresa de la santidad.
EL VOLUNTARISTA
A decir verdad, el voluntarismo no se refiere sólo a las relaciones con Dios, sino que constituye un estilo de vida, que se manifiesta en todas las esferas de la existencia: en el ámbito profesional, en la familia e incluso en el modo de cultivar las aficiones culturales, deportivas o del tipo que sean.
En la práctica, el voluntarista parece entender su vida como la realización perfecta de un conjunto de obligaciones, que sólo se satisfacen con el propio esfuerzo, y cuyo cabal cumplimiento es la única fuente de seguridad personal.
Con tal planteamiento, el deber prevalece sobre el bien. Una conducta no sería obligatoria por ser buena, sino que es buena en la medida en que es obligatoria: ya en virtud de una norma o mandato exteriores, ya porque uno mismo lo haya establecido (sea mediante un compromiso, sea por un simple propósito). En último extremo, el fundamento del propio quehacer es "porque sí", "porque hay que hacerlo". Esta actitud, paradójicamente, se traduce a menudo en repentinos cambios de conducta: no por haber descubierto que un comportamiento fuera malo, sino, por ejemplo, si se advierte que no es lo que se esperaba de uno, o no complace al superior.
Al cumplir lo que considera su deber, el voluntarista busca el perfeccionismo, sin capacidad para comprender que, a veces, lo mejor puede ser enemigo de lo bueno. Para él, lo mejor es -simultáneamente- lo debido y lo que más abnegación implique. Por eso, persigue una realización meticulosa del trabajo, en cuyos resultados sitúa la confirmación de su propia valía. El miedo al fracaso suele producirle dificultad para tomar decisiones, pues busca eliminar cualquier riesgo de equivocación. Lo cual le dificulta delegar tareas. Si alguna vez lo hace, repasa personalmente una y otra vez el trabajo de sus subordinados. Nada puede quedar al albur. Todos los cabos han de estar siempre bien atados y bajo control.
El voluntarista siente una íntima desazón hasta concluir perfectamente su tarea, a la que dedica un tiempo desproporcionado para la importancia real del asunto. Esto produce a menudo fricciones con los horarios autoestablecidos, que resultan insuficientes y, en definitiva, incumplibles. Con notable rigidez interior, esa persona no se adapta a las circunstancias, y tolera mal que algo esté fuera de lugar o de hora.
EN LA VIDA CRISTIANA
Lo descrito son algunos rasgos de la personalidad voluntarista, en general, que también pueden aflorar en la marcha hacia la plenitud de la vida cristiana.
El planteamiento voluntarista del progreso interior suele presuponer una noción "técnica" de la santidad. Ser santo consistiría en "hacer" muchas cosas: prácticas de piedad; plegarias bien precisadas en su fórmula, número y circunstancias; sacrificios rígidamente establecidos y contabilizados; obras de celo, etcétera. El voluntarista sitúa en tales ejercicios su seguridad. Sobre todo, si se trata de actos costosos: cuanto más difíciles son, tanto más le tranquilizan.
No se debe negar el valor instrumental de los propósitos ascéticos, que pueden canalizar la lucha interior. Pero sería un error cifrar en ellos la santidad, como lo hacía el fariseo satisfecho porque pagaba escrupulosamente sus diezmos y ayunaba dos veces cada semana (cfr. Lc 18, 12). La plenitud de la vida cristiana no reside en - hacer esto y lo otro, sino en el amor (que, ciertamente, se puede alimentar y expresar también con aquellas prácticas).
Junto a esa noción técnica de la existencia cristiana, el voluntarismo implica otro error, más grave aún: el de concebir la santidad como fruto del propio esfuerzo y no como don de un Dios que nos ama (y a cuyo amor procuramos corresponder). El voluntarista olvida que "en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amo" (1 Jn 4, 10).
El cardenal J. Ratzinger describía esta disposición: "No quieren obtener perdón alguno, de parte de Dios. Quieren el orden puro: no perdón sino justa recompensa, no esperanza sino seguridad. Con un duro rigorismo de ejercicios religiosos, con oraciones y acciones, quieren procurarse un derecho a la felicidad en el cielo. Les falta la humildad esencial para el amor, la humildad de poder recibir dones más allá de nuestro actuar y merecer. La negación de la esperanza a favor de la seguridad se basa en la incapacidad de vivir la tensión ante lo que debe venir, y de abandonarse a la bondad de Dios" (Mirar a Cristo, P-97). El voluntarista, en efecto, pone la confianza en sus "méritos", en los "deberes cumplidos". Es incapaz de convivir con las propias limitaciones, como si Dios no quisiera a sus hijos, sino en la medida de sus triunfos. Ni siquiera la eficacia de las oraciones residiría en la misericordia divina, sino en haber dicho adecuadamente las plegarias, repetidas hasta quedar uno tranquilo. Caricaturizando las cosas, el ideal de santidad sería poder decir a Dios: "Yo ya he cumplido mi parte; ahora sólo falta que Tú cumplas la tuya". Pero el voluntarista, dentro de su implacabilidad consigo mismo, advierte que eso es sencillamente imposible, y -antes o después- termina por desistir de sus empeños.
"SIN MÍ NO PODÉIS HACER NADA"
Entender la vida cristiana como un logro nuestro significaría no haberla comprendido en absoluto; y comportaría el fracaso más rotundo, por cuanto -son palabras del Señor- "sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). Nuestro papel es el de unos sarmientos que sólo viven y fructifican por estar injertados en la cepa: "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto" (ibídem).
Ésta es la realidad por cuanto atañe al inicio, al desarrollo y a la consumación de nuestra vida. En todas sus fases es un don gratuito de Dios, quien "a los que de antemano eligió también predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo (...). Y a los que predestinó también los llamó, y a los que llamó también los justificó, y a los que justificó también los glorificó" (Rom 8, 29-30). Es Dios quien nos ha elegido; quien nos ha llamado; quien nos "justifica" o santifica; y quien nos concederá la correspondiente bienaventuranza.
Bien claro lo había dejado Jesús: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegía vosotros" (Jn 15, 16). La iniciativa de seguirle no procede de nosotros: "Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no lo traed' (In 6, 44). Y, lo mismo que la elección, desde la eternidad tiene Dios también dispuestas nuestras actuaciones: fuimos "creados en Cristo Jesús, para hacer las obras buenas, que Dios había preparado para que las practicáramos" (Ef 2, 10).
En el decurso ya de la existencia cristiana, "Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar" (Filip 2, 13). Por nosotros mismos, somos incapaces "de pensar algo como propio nuestro, sino que nuestra capacidad viene de Dios' (2 Cor 3, 5). Por no estar, ni siquiera estamos en condiciones de acudir a la misericordia divina "porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rom 8, 26).
Estando así las cosas, en la liturgia suplicamos que sea Dios quien actúe en nosotros: "Te pedimos, Señor, que prevengas nuestras acciones, inspirándolas; y que, con tu ayuda, las continúes; de forma que toda obra nuestra comience en Ti, y lo que así empezó termine por Tí (Miércoles después de Ceniza); ... concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda " (Domingo X p.a.).
LA IGLESIA Y LOS SANTOS
La Iglesia, efectivamente, señala el error de quien "no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes" (II Conc. Orange -a. 529-, c. 6).
La santidad es un don recibido de Dios. Y ese carácter gratuito lo expresamos con el término "gracia": "...pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradarte con nuestras acciones y deseos" (Domingo XI p.a.); "... que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe..." (Domingo XXVIII p.a.).
Por su parte, todos los santos han experimentado que la vida cristiana no es tanto una "tarea de la voluntad", como de la gracia. Por mencionar algún ejemplo moderno, cabe citar un pasaje de Santa Teresita y otro de San Josemaría Escrivá. Ambos eran conscientes de la propia insuficiencia, que no trataron de superar a fuerza de puños. Lo expresaban con símiles diversos.
En sus Manuscritos autobiográficos, la Santa de Lisieux escribe: "Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. (...). ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús, Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más" (C, cap. 10).
Y el Fundador del Opus Dei advertía: "Cuando quieres hacer las cosas bien, muy bien, resulta que las haces peor. Humíllate delante de Jesús, diciéndole: ¿has visto cómo todo lo hago mal? -Pues, si no me ayudas mucho, ¡aún lo haré peor!
Ten compasión de tu niño: mira que quiero escribir cada día una gran plana en el libro de mi vida... Pero, ¡soy tan rudo, que si el Maestro no me lleva la mano, en lugar de palotes esbeltos salen de mi pluma cosas retorcidas y borrones que no pueden enseñarse a nadie.
Desde ahora, Jesús, escribiremos siempre entre los dos." (Camino, 882).
ESPERANZA
Toda esperanza reside en Dios, que es el protagonista de nuestra santidad. Él "quiere que todos los hombres se salven" (1 Tim 2, 4), no porque se haga falsas ilusiones de nuestra valía, pues, como indica San Juan, "los conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie diese testimonio del hombre alguno, pues él conocía lo que en el hombre había" (Jn 2, 24-25). Nos ha llamado y ha puesto los medios para lograr su objetivo. Se ha encarnado por nosotros. Con su muerte ha pagado el precio de nuestra salvación. Y se ha quedado operativo en la Iglesia, animada por el Espíritu Santo. En ella nos incorporamos -de modo singular, en los sacramentos- a la obra redentora de Cristo y a su misma Persona. No es pensable que esos planes de Dios -nuestra glorificación puedan fracasar.
La esperanza cristiana no se funda, pues, en las propias buenas cualidades o disposiciones -tan desmentidas, a diario-, sino en la infinita misericordia de Dios. Un autor espiritual contemporáneo ha escrito que, al recitar en el Credo "espero en la vida eterna", no utilizamos el término "esperar" como quien dice "espero que mañana haga un buen día", expresando así apenas un deseo. Esperamos el cielo como el viajero que, en la estación, "espera" el próximo tren a Barcelona: quizá se retrase, pero antes o después llegará ( vid. Pies-Aimone Regio, ¿Por qué la alegría?).
Esta esperanza no debe mermar por la experiencia de nuestras miserias. Los evangelios nos revelan la particular debilidad de Dios por los pecadores. Sale por montes y quebradas para buscar la oveja perdida; y su hallazgo le produce un gozo indecible.
Todo esto pone de relieve lo equivocado del voluntarismo, que constituye un pecado contra la esperanza: la "presunción" de quien cifra su seguridad en las propias fuerzas, para -cuando éstas se revelan insuficientes- caer en la desesperación. Al voluntarista hay que enseñarle a reírse de sí mismo; a saltarse de vez en cuando los propósitos cuya omisión no constituye pecado alguno; a convivir con los fracasos cotidianos; a valorar el amor más que la dificultad de las obras; y -sobre todo- a poner las esperanzas en Dios Padre, que nos quiere como somos.
Ahora bien, nada de lo dicho permite concebir la esperanza cristiana como coartada para otra forma de presunción: la de quien, malentendiendo la misericordia divina, se considera exento de cualquier empeño. En este sentido, no conviene precipitarse a calificar como voluntaristas a las almas que luchan por ser fieles.
"...ÉSE ES EL QUE ME AMA"
Que el Señor haya pagado el precio de nuestra salvación, no nos dispensa de seguir sus pasos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Se trata de un seguimiento que implica entrar "por la puerta estrecha […] ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida!" (Mt 7, 13.14). La gracia de Dios nos hará santos y nos llevará a-la bienaventuranza..., siempre que no olvidemos las palabras de Jesús: "El reino de los cielos padece violencia y los esforzados lo conquistan" (Mt 11, 12). Y el siervo perezoso que se limitó a conservar el capital recibido (Mt 25, 30) será echado "a las tinieblas exteriores", donde habrá llanto y crujir de dientes".
De ahí la circunspección con que se debe adjudicar la etiqueta del "voluntarismo". Indicado queda que la santidad no consiste en un cúmulo de prácticas piadosas, benéficas o apostólicas. Dios, realmente, no quiere nuestro tiempo, nuestros trabajos o nuestro dinero. Nos quiere a nosotros, a nuestro yo. Lo que desea es nuestro amor: y en eso consiste la santidad. - Pero en algo tiene que traducirse, y aquellos actos pueden ser un buen modo de arraigar, alimentar y expresar el amor. El propio Jesús señala quién le ama de veras: "El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama" (Jn 14, 21, cfr. vv. 15.23). Que Dios sea el protagonista de nuestra santidad no nos dispensa del combate interior.
En efecto, cuando el Señor expresa su debilidad por la oveja perdida, de ningún - modo niega su extravío, ni que deba regresar al redil. El Jesús que "acoge a los pecadores y come con ellos" (Lc 15, 2) no los deja tranquilos en su situación. Ha venido, precisamente, para llamarlos "a penitencia' (Lc 5, 32). De hecho, perdonará a la mujer adúltera; pero advirtiéndole claramente "arete y no peques - más" (Jn 8, 11). Lo mismo que al enfermo curado en Betesda: "No vuelvas a pecar, no te suceda algo peor" (Jn 5, 14).
SANTIDAD
"Los santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia" (Catecismo de la Iglesia Católica –CIC, 2011). Aunque la Iglesia les considera -a los santos- un don de Dios, antes de canonizar a nadie, comprueba si practicó todas las virtudes cristianas en grado heroico.
El mismo San Pablo que declara categóricamente "Por la gracia de Dios soy lo que soy' (1Cor 15, 10), poco antes ha escrito: "Yo corro no como a la aventura; así lucho no como quien azota al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado" (I Cor 9, 2627). La misma Teresita que dice ser llevada al cielo en ascensor es la que mortifica su razonable curiosidad y pasa una noche entera antes de comprobar si era sangre -lo era- el borbotón que, al acostarse, fluyó de su boca, pues la Regla del Carmelo prescribía mantener las lámparas apagadas (cfr. Manuscritos autobiográficos, C, 4v4-5r4). Y el mismo San Josemaría que quiere escribir siempre llevado de la mano por Jesús, decide invitar a almorzar todos los miércoles -en honor de San José- a un conocido particularmente desagradable, a quien agasaja con las delicadezas y miramientos que utilizaría con el glorioso Patriarca.
A fin de cuentas, la misma Iglesia que declara la vaciedad de nuestros empeños "cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos" (II Conc. Orange -a. 529-, c. 6), nos advierte que "no hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual' (CIC 2015) y condena a quien diga que nosotros no necesitamos esforzarnos "como si verdaderamente el Evangelio fuera simple y absoluta promesa de la vida eterna, sin la condición de observar los mandamientos" (Conc. Trento, s. VI -a.1547-, Decr. De iustificatione, can. 20). De hecho, un importante objetivo de la predicación católica es suscitar en los fieles el empeño, la lucha, por ser santos.
GRACIA Y LIBERTAD
La santidad es fruto de la gracia; pero "la libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle" (CIC 2002). ¿Quién es, entonces, el artífice de la vida cristiana y a quién debe atribuirse su mérito: a Dios o a cada uno de nosotros? En realidad, se trata de una obra conjunta, en la que "la acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo en cuanto que éste colabora" (CIC 2008). Por tanto, "los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente" (ibidem).
Cómo se articulen, en cada obra buena, la gracia de Dios y la libertad humana constituye un misterio de fe, que no comprenderemos hasta llegar al cielo. Y esa incapacidad de comprenderlo explica los errores en que algunos han incurrido a lo largo de la historia cristiana: ya fuera exaltando el papel de las fuerzas humanas, en menoscabo de la gracia; ya por una visión derrotista del hombre, quien debería limitarse a confiar en Dios. Entre los primeros, figura un viejo "voluntarista", Pelagio (s. IV), cuyas doctrinas combatió San Agustín, hasta conseguir su condena en varios concilios. En el sentido contrario, el luteranismo -condenado en el concilio de Trento (a. XVI- presentaba - una noción derrotista de la persona humana: tras el pecado original sería incapaz de cualquier obra buena,ni siquiera con la gracia de Dios.
Las teorías teológicas elaboradas para compaginar el papel de la gracia y de la libertad humana no resultan demasiado convincentes, o explican "demasiado" -sin respetar ya - sea la libertad del hombre, ya el protagonismo de Dios-, hasta el punto de que las diversas escuelas llegaron a acusarse mutuamente de herejía. Prohibir estas acusaciones fue el principal fruto (a. 1607) de la comisión pontificia creada para dirimir las discusiones al respecto entre jesuitas y dominicos.
No sería, pues, acertado que, al enfatizar la confianza en la gracia, se atenuara la necesidad de la lucha ascética personal; o viceversa. Lo acertado es acentuar ambas dimensiones, sin contraponerlas. Debemos esforzarnos, como si todo dependiera de nosotros; y, a la vez, pedir como quien sabe que todo depende de Dios.
Por lo que atañe a los fíeles de conciencia delicada, que procuran seguir al Señor sinceramente, su propensión es caer en lo que el Card. Ratzinger llamaba "pelagianismo de los piadosos". Parece, pues, oportuno precaverles sobre todo frente al "voluntarismo", como hacen atinadamente los autores ascéticos mencionados al principios descuidados, irresponsables, no suelen leer libros de espiritualidad.
"Palabra", VIII-IX, 2006