El resentimiento y el perdón

El olvido de sí y la gratitud, otros antídotos frente a esta autointoxicación psíquica

POR FRANCISCO UGARTE CORCUERA

El resentimiento es frecuentemente el principal obstáculo para ser feliz, porque amarga la vida. Suele ser un trastorno muy común. Estudiarlo significa clarificar su naturaleza, analizar sus manifestaciones y encontrar soluciones que lo eliminen y lo eviten. Tales soluciones se han de apoyar en los recursos humanos y sobrenaturales con los que cualquier persona cuenta normalmente: la orientación de la propia inteligencia, la fuerza de la voluntad, el adecuado cauce de los sentimientos, las virtudes y la gracia de Dios.

El acto más importante para resolver el problema del resentimiento es el perdón, y el camino más valioso y eficaz para comprenderlo es Jesucristo: su ejemplo y sus enseñanzas explícitas. El tratamiento del perdón rebasa las posibilidades de la razón humana para explicarlo desde una perspectiva exclusivamente antropológica, por lo que se hace necesario recurrir al ámbito sobrenatural para resolver ciertos enigmas de un tema que tiene parte de misterio. La perspectiva de felicidad que se abre cuando se está, de verdad, dispuesto a perdonar es proporcional a la tristeza que producen los resentimientos no resueltos.

EL VENENO DEL RESENTIMIENTO

Para Max Scheler "el resentimiento es una autointoxicación psíquica" (El resentimiento en la moral, Caparrós Editores, Madrid 1993, p. 23), esto es, un envenenamiento de nuestro interior, que depende de nosotros mismos y que suele aparecer como reacción a un estímulo negativo que se presenta en forma de ofensa o agresión. Evidentemente no toda ofensa produce un resentimiento, pero todo resentimiento va siempre precedido de una ofensa.

La ofensa que causa resentimientos puede presentarse como acción de alguien contra mí, en forma de omisión o como atribuible a las circunstancias (la situación socioeconómica personal, algún defecto físico, enfermedades que se padecen y no se aceptan, etc. En cualquiera de estos casos, el estímulo que provoca la reacción de resentimiento puede ser juzgado con objetividad, con exageración, o ser incluso producto de la imaginación. Estas variantes muestran en qué medida el resentimiento depende del modo como se juzguen las ofensas recibidas -con objetividad, exageradamente o de forma imaginaria-, y explican el que muchos resentimientos sean completamente gratuitos, porque dependen de la propia subjetividad que aparta de la realidad, exagerando o imaginando situaciones o hechos que no se han producido o no estaban en la intención de nadie.

LA RESPUESTA PERSONAL

El resentimiento es un efecto reactivo ante la agresión, de tono negativo. Consiste en la respuesta ante la ofensa. Y esta respuesta depende de cada quien, porque la libertad nos confiere el poder de orientar nuestras reacciones. Covey advierte que "no es lo que los otros hacen ni nuestros propios errores lo que más nos daña; es nuestra respuesta. Si perseguimos a la víbora venenosa que nos ha mordido, lo único que conseguiremos será provocar que el veneno se extienda por todo nuestro cuerpo. Es mucho mejor tomar medidas inmediatas para extraer el veneno" (Los 7 hábitos de la gente eficaz, Paidós, México 1994, p. 105). Esta alternativa se presenta ante cada agresión: o nos concentramos en quien nos ofendió, y entonces surgirá el veneno del resentimiento, o lo eliminamos mediante una respuesta adecuada, sin permitir que permanezca dentro de nosotros. La dificultad para configurar la respuesta conveniente radica en que el resentimiento se sitúa en el nivel emocional de la personalidad, porque esencialmente es un sentimiento, una pasión, un movimiento que se experimenta sensiblemente. Quien está resentido se siente herido u ofendido por alguien o por algo que influye contra su persona. Y es bien sabido que el manejo de los sentimientos no es tarea fácil. Unas veces no somos conscientes de ellos, con lo que pueden estar actuando dentro de nosotros sin que, nos demos cuenta, mientras que otras el resentimiento queda reforzado por razones que lo justifican, cuando el sujeto no sólo se siente herido, sino que se considera ofendido.

INTELIGENCIA Y VOLUNTAD

Estas dificultades se pueden mitigar si hacemos buen uso de nuestra capacidad de pensar. El conocimiento propio y la reflexión nos permiten ir conectando las manifestaciones de nuestros resentimientos con las causas que los originan y, en esta medida, nos vamos encontrando en condiciones de encauzarlos. Si al analizar los agravios recibidos hacemos un esfuerzo por comprender la forma de actuar del ofensor y por descubrir los atenuantes de su modo de proceder, en muchos casos nuestra reacción negativa desaparecerá por debilitamiento del estímulo. Nuestra inteligencia puede influir así, indirectamente -Aristóteles hablaba de un dominio político y no despótico de lo racional sobre lo sensible-, para evitar o eliminar los resentimientos, modificando las disposiciones afectivas.

Otro recurso con que contamos para echar fuera de nosotros el agravio, sin retenerlo, incluso en los casos de ofensas reales, es nuestra voluntad, por su capacidad de autodeterminarse. Cuando recibimos una agresión que nos duele, podemos decidir no retenerla para que no se convierta en resentimiento. Eleanor Roosevelt solía decir: "Nadie puede herirte sin tu consentimiento". Marañón advertía que "el hombre fuerte reacciona con directa energía ante la agresión y automáticamente expulsa, como un cuerpo extraño, el agravio de su conciencia. Esta elasticidad salvadora no existe en el resentido" (Tiberio. Historia de un resentimiento, Espasa-Calpe, Madrid 1981/1, p. 29).

Si, en cambio, la voluntad es débil, la ofensa se retiene y el sentimiento permanece dentro del sujeto, se vuelve a experimentar una y otra vez, aunque el tiempo transcurra. En esto precisamente consiste el resentimiento, "es un volver a vivir la emoción misma: un volver a sentir, un resentir" (Max Scheler, El resentimiento en la moral..., p.19).

Si se cuenta con la ayuda de Dios, que clarifica nuestra inteligencia favoreciendo la objetividad en el conocimiento y la capacidad de comprensión- y potencia nuestra voluntad -fortalece nuestro carácter-, para que no se doblegue ante la presión de los agravios, la lucha contra el resentimiento será mucho más eficaz.

"SENTIRSE" Y RESENTIRSE

La forma de reaccionar ante los estímulos suele estar muy relacionada con los rasgos temperamentales. Por ejemplo, el emotivo más una agresión que el no emotivo; el secundario suele retener más la reacción ante el estímulo ofensivo que el primario; y el que es activo cuenta con más recursos para dar salida al impacto recibido por la ofensa que el no activo.

También la cultura y la educación, junto con el factor genético, influyen en la manera de reaccionar y, por tanto, en el modo como el resentimiento se origina y se manifiesta.

Hay un modo de reaccionar ante las ofensas que se caracteriza sobre todo por su pasividad; consiste sencillamente en retraerse o distanciarse de quien ha cometido la agresión, en ocasiones incluso retirándole la palabra. Los mexicanos solemos calificarlo con el verbo sentirse. Peñalosa explica que "sentirse es verbo reflexivo que conjugamos todo el día, y que no es fácil hallarle digna explicación filológica, por la sencilla razón de que «sentirse es verbo que registra más el alma mexicana que la gramática española. Estar sentido con alguien es lo mismo que estar dolido, triste, enojado por algún desaire que nos hicieron. Muchas veces real y, muchas más, aparente" (El mexicano y los 7 pecados capitales, Paulinas, México 19859, p.70). Cabe señalar que Cervantes, en El Quijote, utiliza este verbo, con este sentido "mexicano", en más de una ocasión.

En cambio, cuando el sentimiento de susceptibilidad que se retiene incluye el afán de reivindicación, de venganza, se trata entonces propiamente de un resentimiento, en el sentido completo del término. El resentido no sólo siente la ofensa que le infligieron, sino que la conserva unida a un sentimiento de rencor, de hostilidad, hacia las personas causantes del daño, que le impulsa a la revancha.

Alguien decía con acierto que "el resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que le baga daño al otro". Y es que puede ocurrir que aquél contra quien va dirigido el rencor ni siquiera se entere, mientras que quien lo está vivenciando se está carcomiendo por dentro. Un veneno tiene efectos destructivos para el organismo y el resentimiento lo que produce es frustración, tristeza, amargura en el alma. Es uno de los peores enemigos de la felicidad, porque impide enfocar la vida positivamente y aleja de Dios y de los demás.

EGOCENTRISMO Y OLVIDO DE SI

Hay personas que tienen una especial propensión al resentimiento, que reaccionan desproporcionadamente ante estímulos de poca entidad o acumulan rencores infundados. El origen de esta inclinación suele estar en el egocentrismo, con su tendencia a girar en torno a sí mismo, a convertir el propio yo en el centro de los pensamientos y en el punto de referencia de todas las acciones. Las personas egocéntricas se hacen muy vulnerables por vivir concentradas en su propia subjetividad y "son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo" (J. ESCRIVA, Es Cristo que pasa, Minos, México 1995, n. 23). El olvido propio es, también, el mejor antídoto contra el resentimiento, porque reduce considerablemente la resonancia subjetiva de los agravios y evita retenerlos.

ENVIDIA Y GRATITUD

La envidia consiste en la tristeza o indignación ante el bien ajeno. Tiene siempre carácter personal -recae sobre una persona concreta que la produce-, a diferencia del resentimiento que en ocasiones puede estar causado por la vida, la suerte, las circunstancias. Muchas veces la envidia da origen a resentimientos. Esto ocurre cuando otra persona posee algo de lo que uno carece -de carácter material o cualitativo-, y se interpreta como injusticia que además disminuye la propia excelencia. Entonces puede surgir el resentimiento que, en casos extremos, pretenderá vengarse y aniquilar al envidiado, como se ve en diversos pasajes de la Sagrada Escritura: por envidia, Caín mató a Abel (Gen 4,3-8), Esaú aborreció a Jacob (Gen 27,41), José fue vendido por sus hermanos (Gen 37,4), Saúl intentó asesinar a David (1 Samuel 16-19), Jesús fue condenado a muerte (Mc 15,10; Mt 27,18).

Un medio especialmente eficaz para evitar el resentimiento, porque se opone frontalmente al egocentrismo y a las demás disposiciones interiores negativas como la envidia, lo constituye la gratitud, entendida como capacidad de descubrir y reconocer los dones y beneficios recibidos. Esta virtud implica la aptitud para detectar todo lo positivo que hay en nuestra vida y percibirlo como un regalo por el que nos sentimos movidos a dar las gracias. Ver la mano de Dios en todo lo que nos acontece, con el convencimiento de que todo es para bien, nos mantiene en una permanente actitud agradecida donde el resentimiento no tiene cabida.

EL REMEDIO DEL PERDÓN

En el Antiguo Testamento prevalecía la ley del Talión, inspirada en la estricta justicia: "ojo por ojo, diente por diente". Jesucristo viene a perfeccionar la Antigua Ley e introduce una modificación fundamental que consiste en vincular la justicia a la misericordia, más aún, en subordinar la justicia al amor, lo cual resulta tremendamente revolucionario. A partir de Él, las ofensas recibidas deberán perdonarse, porque el perdón formará parte esencial del amor.

La misericordia que Jesús practica y exige a los suyos choca, no sólo con el sentir de su época, sino con el de todos los tiempos: "Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y rogad por los que os persiguen y calumnian" (Mt 5, 43-44). "Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica" (Lc 6, 28-29).

Estas exigencias del amor superan la natural capacidad humana, por eso Jesús invita a los suyos a una meta que no tiene límites, porque sólo desde ahí podrán intentar lo que les está pidiendo: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36).

QUÉ ES PERDONAR

A diferencia del resentimiento, el perdón no es un sentimiento. Perdonar no equivale a dejar de sentir. Hay quienes consideran que están incapacitados para perdonar ciertos agravios porque no pueden eliminar sus efectos: no pueden dejar de experimentar la herida, ni el odio, ni el afán de venganza. De aquí pueden derivarse complicaciones en el ámbito de la conciencia moral, especialmente si se tiene en cuenta que Dios espera que perdonemos para perdonarnos Él. La incapacidad para dejar de sentir el resentimiento, en el nivel emocional, puede ser, efectivamente, insuperable, al menos en el corto plazo. Sin embargo, si se comprende que el perdón se sitúa en un nivel distinto al del resentimiento, esto es, en el nivel de la voluntad, se descubrirá el camino que apunta a la solución.

El perdón es un acto de la voluntad porque consiste en una decisión. Al perdonar opto por cancelar la deuda moral que el otro ha contraído conmigo al ofenderme y, por tanto, lo libero en cuanto deudor. No se trata, evidentemente, de suprimir la ofensa cometida y hacer que nunca haya existido, porque carecemos de ese poder. Sólo Dios puede borrar la acción ofensiva y conseguir que el ofensor regrese a la situación en que se encontraba antes de cometerla. Pero nosotros, cuando perdonamos realmente, desearíamos que el otro quedara completamente eximido de la mala acción que cometió. Por eso, como dice Leonardo Polo, "perdonar implica pedir a Dios que perdone, pues sólo así la ofensa es aniquilada" (Quién es el hombre, Rialp, Madrid 19983, p. 140).

PERDONAR Y OLVIDAR

Si bien el acto de perdonar consiste en una decisión, la acción de olvidar, en cambio, tiene lugar en el ámbito de la memoria, que no responde inmediatamente a los mandatos de la voluntad. Yo puedo decidir olvidar una ofensa, pero no lo consigo. La ofensa sigue ahí, en el archivo de la memoria, a pesar del mandato voluntario. Lo primero que esto me dice es que olvidar no es lo mismo que perdonar. El perdón puede ser compatible con el recuerdo de la ofensa.

Una señal elocuente de que se ha perdonado, aunque no se haya podido olvidar, es que el recuerdo de la ofensa no cuenta en el modo de conducirse con el perdonado, a quien tratamos como si hubiéramos olvidar do. El verdadero perdón exige obrar de este modo, porque el verdadero amor "no lleva cuentas del mal" (1 Cor 13, 5).

En cambio, la expresión "perdono pero no olvido" significa que, en el fondo, no quiero olvidar, que equivale a no querer perdonar. ¿Por qué? Cuando se perdona, se cancela la deuda del ofensor, lo cual es incompatible con la intención de retenerla, con no querer olvidarla. En consecuencia, si bien no podemos identificar el perdón con el hecho de olvidar el agravio, sí se puede decir que perdonar es querer olvidar.

POR QUÉ PERDONAR

Cando perdonamos nos liberamos de la esclavitud producida por el odio y el resentimiento, para recobrar la felicidad que había quedado bloqueada por esos sentimientos. También tiene mucho sentido perdonar en función de las relaciones con los demás.

Si no se perdona, el amor se enfría o puede incluso convertirse en odio; y la amistad puede perderse para siempre.

Además de estos motivos humanos para perdonar, existen razones sobrenaturales, que hacen posible perdonar ciertas situaciones extremas para las que los argumentos humanos resultan insuficientes. Dios nos ha hecho libres y, por tanto, capaces de amarle o de ofenderle mediante el pecado. Si optamos por ofenderle, Él nos puede perdonar si nos arrepentimos, pero ha establecido para ello una condición: que antes perdonemos nosotros al prójimo que nos haya agraviado.

Así lo repetimos en la oración que Jesucristo nos enseñó: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Cabría preguntarse por qué Dios condiciona su perdón a que nosotros perdonemos y, aún más, nos exige que perdonemos a nuestros enemigos incondicionalmente, es decir, aunque éstos no quieran rectificar. Lógicamente Dios no pretende dificultarnos el camino y siempre quiere lo mejor para nosotros. El desea profundamente perdonarnos, pero su perdón no puede penetrar en nosotros si no modificamos nuestras disposiciones. "Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2840).

Además de esa ocasión en que enseñó el Padrenuestro, Jesús insistió muchas otras veces en la necesidad del perdón. Cuando Pedro le pregunta si hay que perdonar hasta siete veces, le contesta que hasta setenta veces siete (Cfr. Mt 18,21-22), porque el perdón no tiene límites; pidió perdonar incluso a los enemigos (Cfr. Mt 5, 44), a los que devuelven mal por bien (Cfr. Mt 5, 39). Para el cristiano, estas enseñanzas constituyen una razón poderosa a favor del perdón, pues están dictadas por el Maestro.

Pero Jesús, que es el modelo a seguir, no sólo predicó el perdón sino que lo practicó innumerables veces. En su vida encontramos abundantes hechos en los que se pone de manifiesto su facilidad para perdonar, lo cual es probable mente la nota que mejor expresa el amor que hay en su corazón. Mientras los escribas y fariseos acusan a una mujer sorprendida en adulterio, Jesús la perdona y le aconseja que no peque más (Cfr. Jn 8, 3-11); cuando le llevan a un paralítico en una camilla para que lo cure, antes le perdona sus pecados (Cfr. Mc 2, 5); cuando Pedro lo niega por tres veces, a pesar de la advertencia, Jesús lo mira, lo hace reaccionar (Cfr. Lc 22, 56-60) y no solamente lo perdona, sino que le devuelve toda la confianza, dejándolo al frente de la Iglesia. Y el momento culminante del perdón de Jesús tiene lugar en la Cruz, cuando eleva su oración por aquellos que lo están martirizando: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc, 23, 34).

La consideración de que el pecado es una ofensa a Dios, que la ofensa adquiere dimensiones infinitas por ser Dios el ofendido, y que a pesar de ello Dios perdona nuestros pecados cuando ponemos lo que está de nuestra parte, nos permite ver la desproporción tan grande que existe entre ese perdón divino y el perdón humano. Por eso, también aquellas ofensas que parecerían imperdonables, por su magnitud, por recaer sobre personas inocentes o por las consecuencias que de ellas se derivan, habrán de ser perdonadas porque "no hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2845).

De ahí que, para perdonar radicalmente, se necesite el auxilio de Dios. Perdonar es la manifestación más alta del amor y, en consecuencia, es lo que más transforma el corazón humano. Por eso, cada vez que perdonamos se opera en nosotros una conversión interior, una verdadera metamorfosis, al grado que San Juan Crisóstomo llega a decir que "nada nos asemeja tanto a Dios como estar dispuestos al perdón" (In Matthaeum homiliae 19, 7), con lo que se puede concluir que perdonar es el principal remedio contra el resentimiento.

"Palabra", VIII-IX, 2006