Santidad y patologías psíquicas

La enfermedad psiquiátrica también entra en los planes de la Redención

POR MIGUEL ÁNGEL MONGE

El enfermo psiquiátrico, aunque limitado en su capacidad, es destinatario de la llamada universal a la santidad, capaz, en principio, por la gracia, de seguir ese camino concreto, de la enfermedad, también previsto en la Redención para identificarse con Cristo.

Cuando recibí la invitación de escribir este artículo lo primero que me vino a la cabeza fue un chiste que oí contar cuando era niño y nunca he olvidado (es ciertamente un chiste de niños).

Estamos ante la valla de un antiguo manicomio donde los enfermos ingresados pasean por el patio. Por fuera de la valla aparca un automóvil del que sale un conductor en un estado de profundo nerviosismo, porque ha sufrido un pinchazo y no sabe cómo arreglarlo. Uno de los "locos" del patio, al darse cuenta de la situación, le va orientando convenientemente (afloje los tornillos de la rueda, ponga el "gato", quite la rueda pinchada, etc.) hasta que todo queda resuelto. El conductor, entre agradecido y extrañado, le pregunta:

-Pero usted, ¿no está loco?

-Sí señor, estoy loco, pero no soy tonto, le responde. Me parece que esta respuesta señala muy bien la senda de lo que puede ser nuestro planteamiento acerca de la relación entre santidad y enfermedades psíquicas. El enfermo psiquiátrico puede tener alterado algún estrato de su psique (inteligencia, voluntad, afectos) pero no tiene anulada -a no ser en casos extremos- ni su capacidad intelectual, ni su libertad, ni sus sentimientos, y, por consiguiente, puede en principio afirmarse que está en condiciones de asumir tareas y compromisos; también el de la lucha por la santidad.

Con esta premisa, podemos entrar en la materia, precisando brevemente los términos de la cuestión.

SANTIDAD Y LIMITACIONES CORPORALES

"Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos" (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 40). La santidad es, en primer lugar, acción de Dios en el hombre, al que mediante la gracia, transforma de pecador en justo y amigo de Dios (es la llamada "santidad ontológica"). Dios comunica a la criatura su propia vida, su gracia, su amor, su perdón. Es acción divina a la que después la criatura corresponde. Hay, pues, una primacía de la acción divina.

Pero esa generosa dádiva divina exige del hombre colaboración, manifestación en su existencia cotidiana de la realidad de los dones divinos recibidos ("santidad ética o moral"). Es preciso, pues, que el sujeto humano se deje atrapar por la gracia divina, que acepte "morir a sí mismo" para vivir en Dios. Pero esta conversión no depende de disposiciones psíquicas favorables o desfavorables; pobres o ricos psíquicamente deben hacer entrega de todo su ser, sean cuáles sean sus limitaciones personales.

En general, todos tenemos una idea de la salud como un bien deseable que conviene conservar y promover para el buen desarrollo de la vida humana y para poder cumplir la tarea de servir mejor a Dios y a los demás. Pero ese bien se ve constantemente amenazado por la enfermedad. Efectivamente, la enfermedad y el sufrimiento -siempre presentes en la vida de los hombres- son un misterio que, sin embargo, entra en los planes de la Redención (Cfr. Monge, M.A. y León, J.L., El sentido del sufrimiento, Palabra, 3ª ed., Madrid 2001).

Salud y vida espiritual son dos conceptos diferentes, aunque no contrapuestos. Sería un error afirmar que la vida espiritual requiere siempre un estado de buena salud para vivirla correctamente. Es bien sabido que la enfermedad es una situación privilegiada para el acercamiento a Dios y piedra de toque del amor divino. Esto, que se muestra como evidente para las enfermedades orgánicas, también lo es o debería serlo para las enfermedades psiquiátricas. Sin olvidar que molestias de tipo psíquico existen en toda clase de personas y situaciones, y conviene acostumbrarse a convivir con ellas.

Es bien conocido que la energía para las cosas de Dios no es una característica del temperamento ni tampoco simple cuestión de buena salud. Hay muchos enfermos que apenas tienen fuerzas y sin embargo no les falta la enérgica determinación de cumplir la Voluntad divina. Sería ilusorio pensar que solo con buena salud se pueden hacer cosas grandes por Dios. La historia de la Iglesia está llena de personas con mala salud, que han logrado frutos excepcionales: basta recordar el ejemplo de santa Teresa de Jesús (para quien desee profundizar en la cuestión de las enfermedades de la santa de Avila remito a una interesante obra de José María Poveda Ariño, La psicología de Santa Teresa de Jesús, Rialp, Madrid 1984). Destaco esta afirmación del profesor Rof Carballo que aparece en una nota del libro: "Santa Teresa no sufrió, como se dice, un sinfín de enfermedades, con cuya afirmación se quiere dar a entender, aunque veladamente, que era una `neurasténica'. Padeció los procesos que entonces eran comunes e irremediables: una infección tuberculosa con graves complicaciones en el sistema nervioso y paludismo" (págs. 124-125).

Otra cuestión es que para vivir una determinada vocación de entrega total a Dios, como para otras muchas formas de vida con exigencias y responsabilidades precisas, sea necesario contar con las condiciones de salud compatibles con la tarea que se desea emprender y si se carece de ellas es mejor no comprometerse. El mundo empresarial, por ejemplo, acude a test de personalidad como requisito previo a contratos profesionales, y si se detectan alteraciones de cierto grado (esquizofrenia, depresiones endógenas, trastornos de personalidad de cierta entidad, etc.) rehúsa los contratos. Lo mismo conviene hacer en el discernimiento vocacional. Pero este no es el tema que ahora nos ocupa. Aquí nos interesa la ayuda que en cualquier caso requieren estas personas, ya sea antes o después de haber contraído un compromiso, en este caso espiritual.

SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

La relación entre santidad y vida espiritual no es una cuestión nueva, aunque difieran los enfoques de su planteamiento. De hecho está presente en muchas de las obras de Teología espiritual del pasado siglo. Veamos cómo lo plantean tres textos, distantes en el tiempo, que tratan del tema.

H. Blees en Pastoral psiquiátríca (Razón y Fe, Madrid 1957) afirma que a la luz de los conocimientos psicológicos no se puede sostener que los enfermos psiquiátricos carecen de responsabilidad moral. Es verdad que en ocasiones no tienen el uso completo del libre albedrío, pero tampoco lo han perdido completamente. Por ello habrá que analizar caso por caso la enfermedad que se padece y en qué medida afecta a la responsabilidad. Algunas enfermedades -pocas- tienen tal influencia en la vida psíquica que la paralizan totalmente y en esos casos no habrá responsabilidad moral. Pero son muchas las otras en los que la influencia es tan benigna que la responsabilidad no se ve afectada para nada. O son enfermos, añadimos nosotros, que atraviesan periodos de calma y tranquilidad sintomática, que están en condiciones de llevar, al menos en ese periodo, una vida de normalidad.

El voluminoso Dictionnaire de Spiritualité (Beauchesne, París 1986), en el volumen XII se plantea las relaciones entre vida espiritual y la dimensión psicológica de la existencia humana y, en concreto, si la santificación depende del psiquismo. La respuesta es afirmativa, muy acertada, y con buen criterio pastoral, con la única salvedad del uso impreciso de los términos psiquiátricos (lo abordaré más adelante).

La misma idea aparece en el vol. I, donde al tratar de la santidad de los "anormales", tras señalar a quién considera sujeto "anormal" (término hoy en desuso), concluye que -dependiendo de la anormalidad- unos serán capaces de alcanzar la santidad y otros no. La moderna psiquiatría precisa con más exactitud los conceptos y nos dirá qué determinadas alteraciones de la conducta son compatibles con el ejercicio de una intensa vida cristiana (estados depresivos, por ejemplo) y qué otros comportamientos no lo son tanto (estados psicóticos, trastornos ligados a problemas de maduración personal, etc.), aunque también en estos casos pueden encontrarse ejemplos admirables de gran religiosidad.

En parecidos términos se expresa el más reciente Dizionario Enciclopedico di Spiritualitá (Ed. Ermanno Ancilli, Cittá Nuova, Roma 1990). El vol. II, col. 1488-89, al tratar de la relación entre equilibrio psíquico y perfección espiritual, comienza afirmando que no existe proporción ni ninguna relación de necesidad entre los dones de la gracia y la capacidad natural, y remite a Lucas 1,51-53 (Magnificat: "El Señor manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes...). Efectivamente, la santidad es don de Dios, que puede incluso convertir a las piedras en hijos de Abraham (cfr. Mt 3, 9). Añade que aunque los sacramentos presuponen en general un acto humano en el sujeto, la vida de la gracia es incluso posible en quien no ha gozado del uso de razón; y cita a Santo Tomás de Aquino: "La grandeza de la caridad no depende de la condición de la naturaleza, sino solamente de la voluntad del Fspiritu Santo, el cual distribuye los dones como quiere" (Sum. Th. MII, q. 24, a3). Así pues, continúa, la gracia puede actuar incluso sobre un "psicópata" y llevarlo a una elevada caridad. Solo el pecado, acto voluntario y formal, es obstáculo a la gracia.

El autor del artículo concluye afirmando que no existe correlación perfecta entre santidad y salud psíquica, y que es necesario admitir la presencia de una relación misteriosa entre Dios y el alma, también en personas enfermas. Por lo demás, sobre la santidad de una persona, sana o enferma, solo Dios puede juzgar; nuestros criterios son siempre precarios, imprecisos

PRECISIONES TERMINOIOGICAS

He comentado ya' la imprecisión terminológica de muchos .textos antiguos de Teología espiritual referidos a los trastornos psiquiátricos. Aquí empleo a propósito el término "enfermedad psiquiátrica", procurando evitar otros como el de "enfermedad mental" por excesivamente genérico, y porque en algunos países se reserva para casos particulares, y no incluye todas las enfermedades o sintomatologías de este tipo. Por ello me parece preferible el de "enfermedad psiquiátrica" o "patología psiquiátrica", pese a que mejor sería -en lo posible- emplear el término preciso. Aunque siguen existiendo dificultades, es sabido que en los últimos años se ha consensuado un criterio para diferenciar y clasificar los trastornos mentales. Se ha impuesto el CIE-10 (104 versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades, de la Organización Mundial de la Salud) y el DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, de la Asociación Americana de Psiquiatría), que clasifica las enfermedades psiquiátricas según categorías: trastornos de la personalidad, del humor, de la afectividad (depresiones), del desarrollo psicológico, de ansiedad, del comportamiento alimenticio (anorexia, bulimia), etc. Como esta terminología es reciente, sucede que casi todos los libros de Teología espiritual que tratan de estos temas emplean términos que no se adecuan a la nomenclatura actual. Por ese motivo, al citarlos los he entrecomillado y será preciso hacer en cada caso la adaptación correspondiente.

EL PAPEL DEL MÉDICO

¿Cuál es el papel de los profesionales de la salud en relación con aquellas personas religiosas que padecen algún trastorno psiquiátrico?

En primer lugar, el médico -esta consideración también afecta al sacerdote- debe saber que las enfermedades psiquiátricas son enfermedades del cuerpo. El hombre es unidad de cuerpo y alma. El alma es indivisible. En el cuerpo se distingue soma y psique. El alma, principio espiritual del cuerpo, no enferma; lo que enferma es el ánimo (teológicamente, la enfermedad del alma sería el pecado). En la enfermedad psiquiátrica lo que se altera es la parte psíquica del cuerpo. Sucede que, debido a la unidad de la persona, la psique alterada o enferma puede influir de alguna manera en el alma. Lo mismo que el alma (vida espiritual) puede influir en la psique y hasta en el cuerpo. Esto explica por qué un depresivo con vida religiosa intensa, puede mostrar junto a la tristeza orgánica de la depresión una honda alegría espiritual. Lo mismo que -hecho bien conocido- las alteraciones de la psique causan verdaderos trastornos orgánicos (enfermedades psicosomáticas).

Además, el médico debe averiguar hasta qué punto en algunos enfermos la vida religiosa, si se vive mal, puede ser un factor neurotizante o, por el contrario, constituye un elemento integrador desde el punto de vista psicológico. Efectivamente, en algunos casos la religiosidad puede vivirse de forma neurótica, cuando la religión se expresa de forma angustiosa y el sujeto es víctima de actitudes dogmatizantes (carácter anatematizante), moralistas (predominio de lo prohibitivo-represivo) o ritualistas (formalismos) (Cfr. Seva Díaz (Dir.), Psiquiatría humanística, Zaragoza 2006).

Debe conocer también cómo en algunos enfermos psicóticos, en los llamados delirios crónicos esquizoparafrénicos, los temas religiosos afloran patológicamente, bien en formas de mesianismo, revelaciones divinas, escrúpulos, culpabilidad, posesión diabólica, etc.

Pero la religión, sanamente vivida, se convierte ordinariamente en un elemento integrador de la personalidad. Jnng se refirió ya a ese profundo valor integrador de la religión en el hombre. Y Vicktor Frankl ha señalado que el abandono de la vida espiritual y religiosa es la causa de muchos desequilibrios del hombre actual. La experiencia de sociedades hedonistas y nihilistas de nuestra época, carentes de referentes ético-morales, no hace más que confirmar el aserto de Frankl.

El médico, además, ha de mostrar un profundo respeto a las ideas y prácticas religiosas de los pacientes. Por esta razón es muy aconsejable acudir a especialistas que sean cristianos o, al menos, tengan una actitud de y apertura y respeto de los valores religiosos. Si se carece de esa apertura, se corre el riesgo de juzgar con ligereza determinados comportamientos, que podrían ser tomados como trastornos psiquiátricos, cuando en realidad responden a un trastorno somático. Me remito a un hecho real que me contó un médico de un país europeo con quien coincidí en una reunión de trabajo. El hecho es el siguiente:

En un grupo de monjas de un convento empezaron a manifestarse, además de síntomas orgánicos (vómitos, diarreas, etc.) otros de carácter psiquiátrico (irritabilidad, insomnio, cambios de conducta...). El médico que las atendía (los síntomas eran más acusados en las monjas más jóvenes) consultó a un experto en epidemiología (?), que juzgó todo con la etiqueta de "síndrome de la habitación cerrada", achacando toda la sintomatología al encerramiento, al estilo de vida. etc., de aquellas religiosas. No conforme con el diagnóstico, la superiora acude a otros expertos que, tras laboriosos análisis químicos, descubren que todo el cuadro clínico era producto de una intoxicación por plomo, debido al mal estado de un depósito de agua. La consecuencia que se deduce es que hace falta rigor científico... y prudencia.

EL PAPEL DEL SACERDOTE

Ante la duda de cualquier trastorno psiquiátrico, el pastor de almas debe contar siempre con el consejo de médicos expertos y actuar en estrecha relación con ellos. Estamos ante personas enfermas, en este caso de la mente (psique), que necesitan una adecuada atención humana y espiritual. "Quien sufre un trastorno mental lleva en sí `siempre, como todo hombre, la imagen y semejanza de Dios. Además tiene `siempre' el derecho inalienable no solo a ser considerado imagen de Dios y, por tanto, persona, sino también a ser tratado como ta" (Juan Pablo II, Aloc. 28-XI-1997).

Recuerdo a un paciente, buen católico, que llevaba 30 años padeciendo depresiones, algunas veces hundido, con quejas y rebeldías frecuentes (donde yo solo me limitaba a escucharle), pero otras con la actitud generosa de ofrecer a Dios su enfermedad y viéndola como una magnífica ocasión de estar unido a la Cruz de Cristo, incluso dando gracias a Dios por ello. También es frecuente experimentar cómo los enfermos con intensa vida de piedad muestran, en medio de su profunda tristeza, una mansedumbre que sorprende a médicos y enfermeras. Incluso en casos extremos de profundas alteraciones psicóticas, un enfermo puede recordar la formación cristiana que recibió en su niñez y ser capaz de rezar una oración a la Virgen.

Por lo demás, el trato con estos enfermos depara muchas sorpresas. Alternan momentos de lucidez con momentos de oscurecimiento mental. La experiencia es que pasan por etapas de profunda depresión, rebeldía o irritabilidad, en las que poco se puede lograr pastoralmente (solo escucharles), pero después llegan otras épocas de serenidad, en las que la tarea pastoral con ellos difiere bien poco de la que se tiene con personas que gozan de buena salud. Conviene dar el criterio espiritual adecuado, aunque quizá en ese momento no se les pueda pedir un nivel alto de acción, de compromiso o de respuesta, pero ese criterio les servirá probablemente cuando mejoren. En cualquier caso, conviene recordar que estos enfermos son también un "tesoro" de Dios, e insistirles en que deben rechazar planteamientos utilitaristas que pueden surgir al comprobar las limitaciones a que puede inducir su enfermedad o los conflictos que genera (limitaciones que, por otra parte, tenemos todos; y conflictos que también en condiciones normales pueden generar las personas que gozan de buena salud). Todos hemos de comprender el sufrimiento que conlleva la enfermedad psíquica, y pedir a Dios la prudencia y la capacidad para trasmitir esa comprensión y cariño en el cuidado de estos enfermos.

"Palabra", VIII-IX, 2006