Benedicto XVI: la República Checa debe construir sobre su
herencia cristiana
Discurso de despedida en el aeropuerto de Stará Ruzyně de Praga
PRAGA, lunes 28 de septiembre de 2009 (ZENIT.org).-
Ofrecemos a continuación el discurso de despedida pronunciado hoy por el Papa en
su despedida en el aeropuerto de Stará Ruzyně de Praga, donde concluye su viaje
apostólico a la República Checa.
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Señor presidente, señores cardenales, queridos hermanos en el Episcopado,
excelencias, señores y señoras.
En el momento de despedirme, deseo daros las gracias por vuestra generosa
hospitalidad durante mi breve permanencia en este espléndido país. Le estoy
particularmente agradecido a usted, señor Presidente, por sus palabras y por el
tiempo transcurrido en su residencia. En esta fiesta de san Wenceslao, protector
y patrono de su país, permitame una vez más dirigirle mis más vivas
felicitaciones por su onomástico. Siendo también el onomástico de su excelencia
monseñor Václav Malý, le dirijo también a él mis felicitaciones y deseo
agradecerle por el duro trabajo realizado para coordinar la organización de mi
visita pastoral a la República Checa.
Estoy profundamente agradecido al cardenal Vlk, a su excelencia monseñor
Graubner y a todos aquellos que se han prodigado para asegurar el desarrollo
ordenado de los diversos encuentros y celebraciones. Naturalmente incluyo en mis
agradecimientos a las autoridades, a los medios de comunicación y a muchos
voluntarios que han ayudado a regular el flujo de gente, y a todos los fieles
que han rezado para que esta visita trajese buenos frutos a la nación checa y a
la Iglesia en esta región.
Conservaré la memoria de los momentos de oración que he podido transcurrir junto
con los obispos, los sacerdotes y los fieles de este país. Ha sido especialmente
conmovedor, esta mañana, celebrar la misa en Stará Boleslav, lugar del martirio
del joven duque Wenceslao, y venerarle ante su tumba el pasado sábado, dentro de
la majestuosa catedral que domina el panorama de Praga. Ayer en Moravia, donde
los santos Cirilo y Metodio dieron comienzo a su misión apostólica, pude
reflexionar, en orante acción de gracias, sobre los orígenes del cristianismo en
esta región y, efectivamente, en todas las tierras eslavas. La Iglesia en este
país ha sido verdaderamente bendecida con un extraordinario ejército de
misioneros y de mártires, como también de santos contemplativos, entre los que
quisiera recordar particularmente a santa Inés de Bohemia, cuya canonización,
hace veinte años, fue mensajera de la liberación de este país de la opresión
atea.
Mi encuentro de ayer con los representantes de las otras comunidades cristianas
me ha confirmado la importancia del diálogo ecuménico en esta tierra que ha
sufrido tanto las consecuencias de la división religiosa en el tiempo de la
guerra de los Treinta Años. Mucho se ha hecho ya para curar las heridas del
pasado, y se han emprendido pasos decisivos en el camino de la reconciliación y
de la verdadera unidad en Cristo. En la ulterior edificación de estos
fundamentos sólidos, la comunidad académica tiene un papel importante que llevar
a cabo, mediante una búsqueda de la verdad sin compromisos. Ha sido un placer
para mí tener la oportunidad de encontrarme ayer con los representantes de las
universidades de este país y de expresar mi aprecio por la noble misión a la que
estos han dedicado la vida.
He sido particularmente feliz de encontrar a los jóvenes y e animarles a
construir sobre las mejores tradiciones del pasado de esta nación, de modo
particular sobre la herencia cristiana. Según un dicho atribuido a Franz Kafka,
“Quien mantiene la capacidad de ver la belleza no envejece nunca” (Gustav
Janouch, Conversaciones con Kafka). Si nuestro ojos permanecen abiertos a la
belleza de la creación de Dios y nuestras mentes a la belleza de su verdad,
entonces podremos verdaderamente esperar seguir siendo jóvenes y construir un
mundo que refleje algo de la belleza divina, de modo que ofrezca inspiración a
las futuras generaciones para hacer otro tanto.
Señor presidente, queridos amigos: una vez más os expreso mi agradecimiento,
prometiendo recordaros en mis oraciones y llevaros en mi corazón. ¡Que Dios
bendiga a la República Checa! ¡Que el Niño Jesús de Praga siga inspirando y
guiando a Ella a todas las familias de la nación! ¡Que Dios os bendiga a todos!
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]