Benedicto XVI: Europa necesita la unidad de los cristianos
Discurso al encuentro ecuménico en Praga
CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 3 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos
el discurso que dirigió Benedicto XVI el 27 de septiembre a representantes de
las Iglesias y comunidades cristianas de la República Checa en la Sala del Trono
del Arzobispado de Praga.
* * *
Señores cardenales; excelencias; hermanos y hermanas en Cristo:
Doy gracias al Señor omnipotente por la oportunidad que me brinda de encontrarme
con vosotros, los representantes de las distintas comunidades cristianas de este
país. Agradezco al doctor Cerný, presidente del Consejo mundial de Iglesias en
la República Checa, las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido en
vuestro nombre.
Queridos amigos, Europa sigue estando sometida a muchos cambios. Es difícil
creer que han pasado sólo dos decenios desde que la caída de los anteriores
regímenes puso en marcha una difícil pero provechosa transición hacia
estructuras políticas más participativas. En este período, los cristianos se han
unido a otros hombres de buena voluntad para ayudar a reconstruir un orden
político justo, y siguen comprometidos en el diálogo para abrir nuevos caminos
hacia el entendimiento mutuo, la colaboración con vistas a la paz y el progreso
del bien común.
A pesar de ello, están emergiendo, con formas nuevas, algunos intentos de
marginar el influjo del cristianismo en la vida pública, a veces bajo el
pretexto de que sus enseñanzas son perjudiciales para el bienestar de la
sociedad. Este fenómeno nos impulsa a detenernos a reflexionar. Como sugerí en
mi encíclica sobre la esperanza cristiana, la separación artificial del
Evangelio de la vida intelectual y pública debería impulsarnos a comprometernos
en una recíproca "autocrítica de la edad moderna" y "autocrítica del
cristianismo moderno", especialmente por lo que atañe a la esperanza que pueden
ofrecer a la humanidad (cf.
Spe salvi, 22). Podemos preguntarnos: ¿qué tiene que decir hoy el
Evangelio a la República Checa y, más en general, a toda Europa, en un tiempo
marcado por la proliferación de distintas concepciones del mundo?
El cristianismo tiene mucho que ofrecer en el ámbito práctico y moral, pues el
Evangelio nunca deja de inspirar a hombres y mujeres a ponerse al servicio de
sus hermanos y hermanas. Pocos podrían negarlo. Sin embargo, quienes fijan la
mirada en Jesús de Nazaret con ojos de fe saben que Dios ofrece una realidad más
profunda y, sin embargo, inseparable de la "economía" de la caridad operante en
este mundo (cf. Caritas in veritate, 2): él ofrece la salvación.
El término "salvación" encierra muchos significados, pero expresa algo
fundamental y universal del anhelo humano de felicidad y plenitud. Alude al
deseo ardiente de reconciliación y comunión que brota espontáneamente en lo más
profundo del espíritu humano. Es la verdad central del Evangelio y el objetivo
hacia el que se dirige todo esfuerzo de evangelización y de solicitud pastoral.
Y es el criterio según el cual se guían siempre los cristianos en su esfuerzo
por sanar las heridas de las divisiones del pasado.
Con ese fin -como ha notado el doctor Cerný- la Santa Sede organizó en 1999 un
Congreso internacional sobre Jan Hus para facilitar el debate sobre la compleja
y turbulenta historia religiosa en este país y más en general en Europa (cf.
Juan Pablo ii, Discurso al Congreso internacional sobre Jan Hus, 1999:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de diciembre de 1999,
p. 6). Rezo a fin de que esas iniciativas ecuménicas den fruto no sólo para
proseguir el camino de la unidad de los cristianos, sino también para el bien de
toda la sociedad europea.
Nos infunde confianza saber que el anuncio, por parte de la Iglesia, de la
salvación en Jesucristo es siempre antiguo y siempre nuevo, impregnado de la
sabiduría del pasado y lleno de esperanza para el futuro. Cuando Europa escucha
la historia del cristianismo, escucha su propia historia. Sus nociones de
justicia, libertad y responsabilidad social, juntamente con las instituciones
culturales y jurídicas creadas para defender estas ideas y transmitirlas a las
futuras generaciones, están plasmadas por su herencia cristiana. En verdad, la
memoria del pasado anima sus aspiraciones para el futuro.
De hecho, precisamente por eso los cristianos acuden al ejemplo de figuras como
san Adalberto y santa Inés de Bohemia. Su compromiso por difundir el Evangelio
se fundaba en la convicción de que los cristianos no deben replegarse en sí
mismos, temerosos del mundo, sino más bien compartir con confianza el tesoro de
verdades que les ha sido confiado. Del mismo modo los cristianos de hoy,
abriéndose a la situación actual y reconociendo todo lo que hay de bueno en la
sociedad, deben tener la valentía de invitar a hombres y mujeres a la conversión
radical que deriva del encuentro con Cristo e introduce en una nueva vida de
gracia.
Desde esta perspectiva, comprendemos más claramente por qué los cristianos
tienen el deber de unirse a otros para recordar a Europa sus raíces. No es
porque estas raíces se hayan marchitado desde hace tiempo. Al contrario. Es
porque siguen proporcionando al continente -de manera tenue pero al mismo tiempo
fecunda- el apoyo espiritual y moral que permite entablar un diálogo
significativo con personas de otras culturas y religiones. Precisamente porque
el Evangelio no es una ideología, no pretende bloquear dentro de esquemas
rígidos las realidades sociopolíticas que evolucionan. Más bien, trasciende las
vicisitudes de este mundo y arroja nueva luz sobre la dignidad de la persona
humana en cada época. Queridos amigos, pidamos al Señor que infunda en nosotros
un espíritu de valentía para compartir las eternas verdades salvíficas que han
plasmado, y seguirán plasmando, el progreso social y cultural de este
continente.
La salvación llevada a cabo por Jesús con su pasión, muerte, resurrección y
ascensión al cielo, no sólo nos transforma a los que creemos en él, sino que
también nos impulsa a compartir esta buena nueva con otros. Que nuestra
capacidad de conocer la verdad enseñada por Jesucristo, iluminada por los dones
del Espíritu de conocimiento, sabiduría e inteligencia (cf. Is 11, 1-2;
Ex 35, 31) nos impulse a trabajar incansablemente en favor de la unidad
que él desea para todos sus hijos renacidos en el Bautismo, más aún, para todo
el género humano.
Con estos sentimientos y con afecto fraterno hacia vosotros y hacia los miembros
de vuestras respectivas comunidades, os expreso mi profundo agradecimiento y os
encomiendo a Dios omnipotente, que es nuestra fortaleza, nuestro refugio y
nuestra liberación (cf. Sal 144, 2). Amén.
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana