CIUDAD DEL VATICANO, viernes 13 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-
Ofrecemos a continuación el texto del discurso pronunciado hoy por el Papa
Benedicto XVI, al recibir en audiencia a los participantes en la Asamblea
Plenaria del Consejo Pontificio Cor Unum.
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Señores cardenales, venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas,
Estoy contento de saludaros a cada uno de vosotros, Miembros, Consultores y
Oficiales del Consejo Pontificio Cor Unum, reunidos aquí para la Asamblea
Plenaria, durante la cual se afronta el tema "Recorridos formativos para los
operadores de la caridad". Saludo al cardenal Paul Josef Cordes, presidente del
Dicasterio, y le agradezco por las corteses palabras que me ha dirigido también
en nombre vuestro. A todos expreso mi reconocimiento por el precioso servicio
que ofrecéis a la actividad caritativa de la Iglesia. Mi pensamiento, de modo
especial, se dirige a los numerosos fieles que, a títulos diversos y en cada
parte del mundo, hacen entrega, con generosidad y dedicación, de su tiempo y de
sus energías para dar testimonio del amor de Cristo, Buen Samaritano, que se
inclina a los necesitados en el cuerpo y en el espíritu. Dado que, como subrayé
en la encíclica Deus caritas est, "la íntima naturaleza de la Iglesia se
expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria),
celebración de los Sacramentos (leiturgia), servicio de la caridad (diakonia)"
(cfr n. 25), la caridad pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia.
Trabajando en este ámbito de la vida eclesial, vosotros lleváis a cabo una
misión que se coloca en una tensión constante entre dos polos: el anuncio del
Evangelio y la atención al corazón del hombre y al ambiente en el que vive. Este
año dos especiales acontecimientos eclesiales han resaltado este aspecto: la
publicación de la encíclica Caritas in veritate y la celebración de la
Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos sobre la reconciliación,
la justicia y la paz. En perspectivas diversas pero convergentes estos han
puesto de manifiesto cómo la Iglesia, en su anuncio salvífico, no puede
prescindir de las condiciones concretas de vida de los hombres, a los cuales es
enviada. El actuar para mejorarlas concierne a su misma vida y a su misión, ya
que la salvación de Cristo es integral e implica al hombre en todas sus
dimensiones, física, espiritual, social y cultural, terrena y celestial.
Precisamente de esta conciencia han nacido, en el transcurso de los siglos,
muchas obras y estructuras eclesiales cuyo fin es la promoción de las personas y
de los pueblos, que han dado y siguen dando una contribución insustituible para
el crecimiento, el desarrollo armónico e integral del ser humano. Como he
reafirmado en la encíclica Caritas in veritate, "el testimonio de la
caridad de Cristo a través de las obras de justicia, paz y desarrollo, forma
parte de la evangelización, porque para Jesucristo, que nos ama, es muy
importante todo el hombre" (n. 15).
Desde esta óptica hay que considerar el compromiso de la Iglesia por el
desarrollo de una sociedad más justa, en la que se reconozcan y respeten todos
los derechos de los individuos y de los pueblos (cfr ibid., 6). Muchos
fieles laicos, al respecto, llevan a cabo una provechosa acción en el campo
económico, social, legislativo y cultural y promueven el bien común. Estos dan
testimonio del Evangelio, contribuyendo a construir un justo orden en la
sociedad y participando en primera persona en la vida pública (cfr Deus
caritas est, 28). No compete ciertamente a la Iglesia intervenir
directamente en la política de los Estados o en la construcción de estructuras
políticas adecuadas (cfr n. 9). La Iglesia con el anuncio del Evangelio abre el
corazón por Dios y por el prójimo y despierta las conciencias. Con la fuerza de
su anuncio defiende los verdaderos derechos humanos y se compromete con la
justicia. La fe es una fuerza espiritual que purifica la razón en la búsqueda de
un orden justo, liberándola del riesgo siempre presente de ser "deslumbrada" por
el egoísmo, el interés o el poder. En verdad, como la experiencia demuestra,
también en las sociedades más evolucionadas desde el puto de vista social, la
caritas sigue siendo necesaria: el servicio del amor nunca es superfluo, no
sólo porque el alma humana tiene siempre necesidad, además de las cosas
materiales, del amor, sino también porque sigue habiendo situaciones de
sufrimiento, de soledad, de necesidad, que requieren dedicación personal y
ayudas concretas. Cuando ofrece atención amorosa al hombre, la Iglesia siente
latir en sí misma la plenitud del amor suscitada por el Espíritu Santo, el cual,
mientras ayuda al hombre a liberarse de las opresiones materiales, asegura
descanso y apoyo al alma, liberándola de los males que la afligen. La fuente de
este amor es Dios mismo, infinita misericordia y amor eterno. Quien por tanto
presta su servicio dentro de los organismos eclesiales que gestionan iniciativas
y obras de caridad, no puede sino tener este principal objetivo: dar a conocer y
experimentar el Rostro misericordioso del Padre celeste, porque en el corazón de
Dios Amor está la verdadera respuesta a las esperanzas más íntimas de todo
corazón humano.
¡Qué necesario es para los cristianos mantener fija la mirada en el Rostro de
Cristo! Sólo en Él, plenamente Dios y plenamente hombre, podemos contemplar al
Padre (cfr Jn 14,9) y experimentar su infinita misericordia! Los
cristianos saben estar llamados a servir y a amar al mundo, pero sin ser "del
mundo" (cfr. Jn 15,19); a llevar una Palabra de salvación íntegra del
hombre, que no se puede cerrar en el horizonte terreno; a permanecer - como
Cristo - totalmente fieles a la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí
mismos, para percibir más fácilmente esa necesidad de amor verdadero que hay en
cada corazón. Este es el camino que debe recorrer, si quiere seguir la lógica
del Evangelio, quien quiera dar testimonio de la caridad de Cristo.
Queridos amigos, es importante que la Iglesia, inserta en las circunstancias de
la historia y de la vda de los hombres, se haga canal de la bondad y del amor de
Dios. Así sea para vosotros y para cuantos operan en el vasto ámbito del que se
ocupa vuestro Consejo Pontificio! Con este augurio, invoco la materna
intercesión de María sobre vuestros trabajos y, mientras renuevo mi acción de
gracias por vuestra presencia y por la obra que lleváis a cabo, os imparto con
agrado a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi Bendición Apostólica.
[Traducción del italiano por Inma Álvarez ©Libreria Editrice Vaticana]