Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud 2005
Se celebrará durante el mes de agosto en
Colonia (Alemania)
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 26 agosto 2004 (ZENIT.org).-
Publicamos el mensaje que Juan Pablo II ha enviado con motivo de la
Jornada Mundial de la Juventud que se
celebrará en Colonia (Alemania) del 16 al 21 de agosto de 2005 con el lema
«Hemos venido a adorarle» (Mt 2,2).
* * *
Queridísimos jóvenes:
1. Este año hemos celebrado la XIX Jornada Mundial de la Juventud meditando
sobre el deseo expresado por algunos griegos que con motivo de la Pascua
llegaron a Jerusalén: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Y ahora nos encontramos
en camino hacia Colonia, donde en agosto de 2005 tendrá lugar la XX Jornada
Mundial de la Juventud.
«Hemos venido a adorarle» (Mt 2,2): este es el tema del próximo encuentro
mundial juvenil. Es un tema que permite a los jóvenes de cada continente
recorrer idealmente el itinerario de los Reyes Magos, cuyas reliquias se veneran
según una pía tradición precisamente en aquella ciudad, y encontrar, como ellos,
al Mesías de todas las naciones.
En verdad, la luz de Cristo ya iluminaba la inteligencia y el corazón de los
Reyes Magos. «Se pusieron en camino» (Mt 2,9), cuenta el evangelista, lanzándose
con coraje por caminos desconocidos y emprendiendo un largo viaje nada fácil. No
dudaron en dejar todo para seguir la estrella que habían visto salir en el
Oriente (cfr. Mt 2,2). Imitando a los Reyes Magos, también vosotros, queridos
jóvenes, os disponéis a emprender un «viaje» desde todas las partes del globo
hacia Colonia. Es importante que os preocupéis no sólo de la organización
práctica de la Jornada Mundial de la Juventud, sino que cuidéis en primer lugar
la preparación espiritual en una atmósfera de fe y de escucha de la Palabra de
Dios.
2. «Y la estrella ... iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima
del lugar donde estaba el niño» (Mt 2,9). Los Reyes Magos llegaron a Belén
porque se dejaron guiar dócilmente por la estrella. Más aún, «al ver la estrella
se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). Es importante, queridos amigos,
aprender a escrutar los signos con los que Dios nos llama y nos guía. Cuando se
es consciente de ser guiado por Él, el corazón experimenta una auténtica y
profunda alegría acompañada de un vivo deseo de encontrarlo y de un esfuerzo
perseverante de seguirlo dócilmente.
«Entraron en la casa, vieron al niño con María su madre» (Mt 2,11). Nada de
extraordinario a simple vista. Sin embargo, aquel Niño es diferente a los demás:
es el Hijo primogénito de Dios que se despojó de su gloria (cfr. Fil 2,7) y vino
a la tierra para morir en la Cruz. Descendió entre nosotros y se hizo pobre para
revelarnos la gloria divina que contemplaremos plenamente en el Cielo, nuestra
patria celestial.
¿Quién podría haber inventado un signo de amor más grande? Permanecemos
extasiados ante el misterio de un Dios que se humilla para asumir nuestra
condición humana hasta inmolarse por nosotros en la cruz (cfr. Fil 2,6-8). En su
pobreza, vino para ofrecer la salvación a los pecadores. Aquel que - como nos
recuerda san Pablo - «siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que
vosotros fueseis ricos por su pobreza» (2Cor 8,9). ¿Cómo no dar gracias a Dios
por tanta bondad condescendiente?
3. Los Reyes Magos encontraron a Jesús en «Bêt-lehem», que significa «casa del
pan». En la humilde cueva de Belén yace, sobre un poco de paja, el «grano de
trigo» que muriendo dará «mucho fruto» (cfr. Jn 12,24). Para hablar de sí mismo
y de su misión salvífica, Jesús, en el curso de su vida pública, recurrirá a la
imagen del pan. Dirá: «Yo soy el pan de vida», «Yo soy el pan que bajó del
cielo», «El pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo» (Jn 6,35.41.51).
Recorriendo con fe el itinerario del Redentor desde la pobreza del Pesebre hasta
el abandono de la Cruz, comprendemos mejor el misterio de su amor que redime a
la humanidad. El Niño, colocado suavemente en el pesebre por María, es el
Hombre-Dios que veremos clavado en la Cruz. El mismo Redentor está presente en
el sacramento de la Eucaristía. En el establo de Belén se dejó adorar, bajo la
pobre apariencia de un neonato, por María, José y los pastores; en la Hostia
consagrada lo adoramos sacramentalmente presente en cuerpo, sangre, alma y
divinidad, y Él se ofrece a nosotros como alimento de vida eterna. La santa Misa
se convierte ahora en un verdadero encuentro de amor con Aquel que se nos ha
dado enteramente. No dudéis, queridos jóvenes, en responderle cuando os invita
«al banquete de bodas del Cordero» (cfr. Ap 19,9). Escuchadlo, preparaos
adecuadamente y acercaos al Sacramento del Altar, especialmente en este Año de
la Eucaristía (octubre 2004-2005) que he querido declarar para toda la Iglesia.
4. "Y postrándose le adoraron" (Mt 2,11). Si en el Niño que María estrecha entre
sus brazos los Reyes Magos reconocen y adoran al esperado de las gentes
anunciado por los profetas, nosotros podemos adorarlo hoy en la Eucaristía y
reconocerlo como nuestro Creador, único Señor y Salvador.
«Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra» (Mt 2,11).
Los dones que los Reyes Magos ofrecen al Mesías simbolizan la verdadera
adoración. Por medio del oro subrayan la divinidad real; con el incienso lo
reconocen como sacerdote de la nueva Alianza; al ofrecerle la mirra celebran al
profeta que derramará la propia sangre para reconciliar la humanidad con el
Padre.
Queridos jóvenes, ofreced también vosotros al Señor el oro de vuestra
existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor respondiendo fielmente a su
llamada; elevad hacia Él el incienso de vuestra oración ardiente, para alabanza
de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto lleno de gratitud hacia Él,
verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir como un malhechor en el Gólgota.
5. ¡Sed adoradores del único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto
en vuestra existencia! La idolatría es una tentación constante del hombre.
Desgraciadamente hay gente que busca la solución de los problemas en prácticas
religiosas incompatibles con la fe cristiana. Es fuerte el impulso de creer en
los falsos mitos del éxito y del poder; es peligroso abrazar conceptos
evanescentes de lo sagrado que presentan a Dios bajo la forma de energía
cósmica, o de otras maneras no concordes con la doctrina católica.
¡Jóvenes, no creáis en falaces ilusiones y modas efímeras que no pocas veces
dejan un trágico vacío espiritual! Rechazad las seducciones del dinero, del
consumismo y de la violencia solapada que a veces ejercen los medios de
comunicación.
La adoración del Dios verdadero constituye un auténtico acto de resistencia
contra toda forma de idolatría. Adorad a Cristo: Él es la Roca sobre la que
construir vuestro futuro y un mundo más justo y solidario. Jesús es el Príncipe
de la paz, la fuente del perdón y de la reconciliación, que puede hacer hermanos
a todos los miembros de la familia humana.
6. «Se retiraron a su país por otro camino» (Mt 2,12). El Evangelio precisa que,
después de haber encontrado a Cristo, los Reyes Magos regresaron a su país «por
otro camino». Tal cambio de ruta puede simbolizar la conversión a la que están
llamados los que encuentran a Jesús para convertirse en los verdaderos
adoradores que Él desea (cfr. Jn 4,23-24). Esto conlleva la imitación de su modo
de actuar transformándose, como escribe el apóstol Pablo, en una «hostia viva,
santa, grata a Dios». Añade después el apóstol de no conformarse a la mentalidad
de este siglo, sino de transformarse por la renovación de la mente, «para que
sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta» (cfr. Rom
12,1-2).
Escuchar a Cristo y adorarlo lleva a hacer elecciones valerosas, a tomar
decisiones a veces heroicas. Jesús es exigente porque quiere nuestra auténtica
felicidad. Llama a algunos a dejar todo para que le sigan en la vida sacerdotal
o consagrada. Quien advierte esta invitación no tenga miedo de responderle «sí»
y le siga generosamente. Pero más allá de las vocaciones de especial
consagración, está la vocación propia de todo bautizado: también es esta una
vocación a aquel «alto grado» de la vida cristiana ordinaria que se expresa en
la santidad (cfr. «Novo millennio ineunte», 31). Cuando se encuentra a Jesús y
se acoge su Evangelio, la vida cambia y uno es empujado a comunicar a los demás
la propia experiencia.
Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan
llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser
testigos del amor contemplado en Cristo. La invitación a participar en la
Jornada Mundial de la Juventud es también para vosotros, queridos amigos que no
estáis bautizados o que no os identificáis con la Iglesia. ¿No será que también
vosotros tenéis sed del Absoluto y estáis en la búsqueda de "algo" que dé
significado a vuestra existencia? Dirigíos a Cristo y no seréis defraudados.
7. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva
evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el
encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a
los demás. La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y
sólo los santos pueden renovar la humanidad. En este camino de heroísmo
evangélico nos han precedido tantos, y es a su intercesión a la que os exhorto
recurrir a menudo. Al encontraros en Colonia, aprenderéis a conocer mejor a
algunos de ellos, como a san Bonifacio, el apóstol de Alemania, a los Santos de
Colonia, en particular a Úrsula, Alberto Magno, Teresa Benedicta de la Cruz
(Edith Stein) y al beato Adolfo Kolping. Entre éstos quisiera citar en modo
particular a san Alberto y a santa Teresa Benedicta de la Cruz que, con la misma
actitud interior de los Reyes Magos, buscaron la verdad apasionadamente. No
dudaron en poner sus capacidades intelectuales al servicio de la fe,
testimoniando así que la fe y la razón están ligadas y se atraen recíprocamente.
Queridísimos jóvenes encaminados idealmente hacia Colonia, el Papa os acompaña
con su oración. Que María, «mujer eucarística» y Madre de la Sabiduría, os ayude
en vuestro caminar, ilumine vuestras decisiones y os enseñe a amar lo que es
verdadero, bueno y bello. Que Ella os conduzca a su Hijo, el único que puede
satisfacer las esperanzas más íntimas de la inteligencia y del corazón del
hombre.
¡Con mi bendición!
Desde Castel Gandolfo, 6 de agosto de 2004
JUAN PABLO II
[Traducción distribuida por la Sala de
Prensa de la Santa Sede]
ZS04082605