Mensaje del Papa para la Cuaresma 2011
CIUDAD DEL VATICANO, martes 22 de febrero de 2011 (ZENIT.org).-
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“Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis
resucitado” (cf. Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la
Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me
alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido
compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa,
mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna,
intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más
abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio
I de Cuaresma).
1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al
participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la
aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del
Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste
repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este
lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la
infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida
eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite
vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2,
5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el
sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y
resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el
poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los
muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado
sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le
da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por
la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable
para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II
exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia
los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum
Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia
Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran
misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en
Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de
entre los muertos (cf.Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en
cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al
catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los
catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana:
viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar
la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año
litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra
de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de
Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor,
haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los
catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para
quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de
Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre
en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la
misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad
para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo,
camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n.
25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo
el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este
mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa,
tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale
victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a
vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la
gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del
hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los
Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1),
para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de
Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la
invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la
presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en
las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4,
12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se
lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre
y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para
vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos
«adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v.
23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza!
Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e
insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san
Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El
Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del
hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de
nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de
que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que
nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único
Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir
como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos
encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la
resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad
cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda
la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en
esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en
él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna
abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al
hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión
auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y
a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz
de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin
esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en
particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas
bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que
Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y
confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la
Gracia para ser sus discípulos.
3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el
sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso
de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos
empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En
Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de
Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1
Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en
su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las
prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del
compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical
el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones,
adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más
pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del
don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo
superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a
Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros
hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre
mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios
sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la
avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de
poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia,
especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna,
es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no
sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo
defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el
lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de
Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los
cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es
pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para
muchos años... Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el
alma"» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios
y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir
su misericordia.
En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la
Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente,
aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la
escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino
de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también
adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la
eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un
horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para
Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para
entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16,
22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el
Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3,
10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos
transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de
Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios;
liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás
y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento
favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de
vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con
decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro
Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión
hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta
Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que
ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza
estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más
generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que
engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en
la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Vaticano, 4 de noviembre de 2010