Llamados a hacer resplandecer la Palabra de verdad
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 26 enero 2012 (ZENIT.org).-
Publicamos el texto del mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Misionera
Mundial, que se celebra este año el domingo 21 de octubre, con el tema:
"Llamados a hacer resplandecer la Palabra de verdad" (Carta apostólica
Porta
Fidei, n.6)
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Queridos hermanos y hermanas,
La celebración de la Jornada Misionera Mundial de este año se carga de un
significado especial. La celebración del 50 aniversario del Decreto conciliar
Ad
Gentes, la apertura del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos
sobre la Nueva Evangelización, contribuyen a reafirmar la voluntad de la Iglesia
de empeñarse con mayor valor y celo en la
missio ad gentes para que el Evangelio llegue hasta los extremos
confines de la tierra.
El Concilio Ecuménico Vaticano II, con la participación de los obispos
provenientes de cada ángulo de la tierra, fue un signo luminoso de la
universalidad de la Iglesia, acogiendo, por primera vez, tan alto número de
padres conciliares procedentes de Asia, África, América Latina y Oceanía.
Obispos misioneros y obispos autóctonos, pastores de comunidades dispersas entre
poblaciones no cristianas, que llevaban a la sede conciliar la imagen de una
Iglesia presente en todos los continentes y que se hacían intérpretes de las
complejas realidades del entonces llamado "Tercer Mundo". Enriquecidos por la
experiencia derivada de ser pastores de Iglesias jóvenes y en vía de formación,
animados por la pasión de la difusión del Reino de Dios, contribuyeron de manera
relevante a reafirmar la necesidad y la urgencia de la evangelización
ad gentes,
y de esta manera llevar al centro de la eclesiología la naturaleza misionera de
la Iglesia.
Eclesiología misionera
Hoy esta visión no ha disminuido, al contrario, ha experimentado una fructífera
reflexión teológica y pastoral, y, al mismo tiempo, vuelve con renovada
urgencia, ya que se ha expandido enormemente el número de aquellos que aún no
conocen a Cristo: "Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número
inmenso", comentó el beato Juan Pablo II en su encíclica
Redemptoris Missio sobre la validez del mandato misionero, y
agregaba: "No podemos permanecer tranquilos, pensando en los millones de
hermanos y hermanas, redimidos también por la Sangre de Cristo, que viven sin
conocer del amor de Dios" (n. 86). Yo, también, en la proclamación del Año de la
Fe, escribí que Cristo "ahora como entonces, nos envía por los caminos del mundo
para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra" (Carta Apostólica
Porta
Fidei, 7); proclamación, que, expresó también el siervo de Dios
Pablo VI en su exhortación apostólica
Evangelii
Nuntiandi, "no es para la Iglesia una aportación facultativa: es el
deber que le incumbe, por mandato del Señor Jesús, para que los hombres crean y
se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser
reemplazado" (n. 5). Necesitamos por tanto recuperar el mismo fervor apostólico
de las primeras comunidades cristianas, que, pequeñas e indefensas, fueron
capaces, a través de su anuncio y testimonio, de difundir el Evangelio en todo
el mundo entonces conocido.
No sorprende, por tanto, que el Concilio Vaticano II y el posterior Magisterio
de la Iglesia insistan de modo especial en el mandato misionero que Cristo
confió a sus discípulos y que debe ser un compromiso de todo el Pueblo de Dios,
obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, laicos. El cuidado de
anunciar el Evangelio en todas las partes de la tierra pertenece principalmente
a los obispos, principales responsables de la evangelización del mundo, ya sea
como miembros del colegio episcopal, o como pastores de las iglesias
particulares. Ellos, efectivamente, "han sido consagrados no sólo para una
diócesis, sino para la salvación de todo el mundo" (Juan Pablo II, carta
encíclica
Redemptoris Missio, 63), "mensajeros de la fe, que llevan nuevos
discípulos a Cristo" (Ad
Gentes, 20) y hacen "visible el espíritu y el ardor misionero del
Pueblo de Dios, de manera que toda la diócesis se hace misionera"(ibid., 38).
La prioridad de la evangelización
El mandato de predicar el Evangelio no se agota, por lo tanto, para un pastor,
en la atención hacia la parte del Pueblo de Dios confiada a su cuidado pastoral,
ni en el envío de algún sacerdote, laico o laica
fidei
donum. Este debe implicar toda la actividad de la Iglesia
particular, todos sus sectores, en breve, todo su ser y su actuar. El Concilio
Vaticano II lo indicó con claridad y el Magisterio posterior lo confirmó con
fuerza. Esto exige adecuar constantemente estilos de vida, planes pastorales y
organización diocesana a esta dimensión fundamental de ser Iglesia,
especialmente en nuestro mundo en continuo cambio. Y esto vale también para los
Institutos de Vida Consagrada e las Sociedades de Vida Apostólica, como también
para los Movimientos eclesiales: todos los componentes del grande mosaico de la
Iglesia deben sentirse fuertemente interpelados por el mandato del Señor de
predicar el Evangelio, para que Cristo sea anunciado en todas partes. Nosotros
los pastores, los religiosos, las religiosas y todos los fieles en Cristo,
debemos seguir las huellas del apóstol Pablo, quien, "prisionero de Cristo por
los paganos" (Ef. 3, 1), trabajó, sufrió y luchó para llevar el Evangelio en
medio de los paganos (cfr
Ef
1,24-29) sin ahorrar energías, tiempo y medios para dar a conocer el
Mensaje de Cristo.
Incluso hoy, la misión
ad gentes
debe ser el horizonte constante y el paradigma de toda actividad eclesial,
porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el
Misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por
la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta su retorno. Como san
Pablo, debemos estar atentos a los lejanos, aquellos que no conocen todavía a
Cristo y no han experimentado la paternidad de Dios, con la conciencia de que
"la cooperación misionera se debe ampliar hoy a nuevas formas incluyendo no sólo
la ayuda económica, sino también la participación directa en la evangelización"
(Juan Pablo II, carta encíclica
Redemptoris Missio, 82). La celebración del Año de la Fe y del
Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización serán ocasiones propicias
para un relanzamiento de la cooperación misionera, sobre todo en esta segunda
dimensión.
Fe y anuncio
El afán de anunciar a Cristo nos impulsa también a leer la historia para
discernir en ella los problemas, aspiraciones y esperanzas de la humanidad, que
Cristo debe sanar, purificar y llenar de su presencia. Su Mensaje, en efecto, es
siempre actual, entra en el corazón mismo de la historia y es capaz de dar
respuesta a las inquietudes más profundas de cada hombre. Por esto la Iglesia,
en todos sus integrantes, debe ser consciente que "los inmensos horizontes de la
misión eclesial, la complejidad de la situación presente exigen hoy modos
renovados para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios" (Benedicto XVI,
exhortación apostólica postsinodal
Verbum
Domini, 97). Esto exige, sobre todo, una renovada adhesión de fe
personal y comunitaria al Evangelio de Jesucristo, "en un momento de cambio
profundo como el que la humanidad está viviendo" (Carta Apostólica Porta fidei
8).
Uno de los obstáculos al impulso de la evangelización, de hecho, es la crisis de
fe, no sólo del mundo occidental, sino de gran parte de la humanidad, que sin
embargo tiene hambre y sed de Dios y debe ser invitada y conducida al pan de
vida y al agua viva, como la samaritana que va al pozo de Jacob y conversa con
Cristo. Como cuenta el evangelista Juan, la peripecia de esta mujer es
particularmente significativa (Cf. Jn. 4,1-30): encuentra a Jesús que le pide de
beber, luego le habla de una agua nueva, capaz de saciar la sed para siempre. La
mujer al principio no comprende, se queda en el nivel material, pero lentamente
es conducida por el Señor a realizar un camino de fe que la lleva a reconocerlo
como el Mesías. Y a este respecto san Agustín afirma: “tras haber acogido en el
corazón a Cristo Señor, ¿qué otra cosa habría podido hacer [esta mujer] si no
abandonar el ánfora y correr a anunciar la buena noticia?” (Homilía 15,30). El
encuentro con Cristo como Persona viva que colma la sed del corazón no puede
sino llevar al deseo de compartir con otros la alegría de esta presencia y
hacerlo conocer para que todos la puedan experimentar. Es necesario renovar el
entusiasmo de comunicar la fe para promover una nueva evangelización de las
comunidades y de los países de antigua tradición cristiana, que están perdiendo
la referencia a Dios, de forma que se pueda redescubrir la alegría de creer. La
preocupación de evangelizar no debe quedar nunca al margen de la actividad
eclesial y de la vida personal del cristiano, sino caracterizarla fuertemente,
en la conciencia de ser destinatarios y, al mismo tiempo, misioneros del
Evangelio. El punto central del anuncio sigue siendo el mismo: el
Kerigma
del Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, el
Kerigma
del amor de Dios absoluto y total para cada hombre y para cada mujer, culminado
en el envío del Hijo eterno y unigénito, el Señor Jesús, el cual no desdeñó
asumir la pobreza de nuestra naturaleza humana, amándola y rescatándola, por
medio de la oferta de sí en la cruz, del pecado y de la muerte.
La fe en Dios, en este designio de amor realizado en Cristo, es ante todo un don
y un misterio que hay que acoger en el corazón y en la vida y del que hay que
dar gracias siempre al Señor. Pero la fe es un don que nos ha sido dado para que
sea compartido; es un talento recibido para que dé fruto; es una luz que no debe
quedar escondida, sino iluminar toda la casa. Es el don más importante que se
nos ha hecho en nuestra existencia y que no podemos retener para nosotros
mismos.
El anuncio se hace caridad
¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!, decía el apóstol Pablo (1 Cor. 9:16).
Esta palabra resuena con fuerza para cada cristiano y para cada comunidad
cristiana en todos los continentes. También para las Iglesias en los territorios
de misión, Iglesias en su mayoría jóvenes, a menudo de reciente fundación, el
ser misioneras se ha convertido en una dimensión connatural, incluso si ellas
mismas aún necesitan misioneros. Muchos sacerdotes, religiosos y religiosas, de
todas partes del mundo, numerosos laicos y hasta familias enteras dejan los
propios países, sus comunidades locales y se van a otras Iglesias para
testimoniar y anunciar el Nombre de Cristo, en el cual la humanidad encuentra la
salvación. Es una expresión de profunda comunión, compartir y caridad entre las
Iglesias, para que todo hombre pueda escuchar o volver a escuchar el anuncio que
resana y acercarse a los Sacramentos, fuente de la verdadera vida.
Junto a este gran signo de fe que se transforma en caridad, recuerdo y agradezco
a las Obras Misionales Pontificias, instrumento para la cooperación en la misión
universal de la Iglesia en el mundo. Por medio de sus acciones el anuncio del
Evangelio se hace también intervención en ayuda del prójimo, justicia hacia los
más pobres, posibilidad de educación en las más perdidas aldeas, asistencia
médica en lugares remotos, emancipación de la miseria, rehabilitación de quien
está marginado, apoyo al desarrollo de los pueblos, superación de las divisiones
étnicas, respeto a la vida en cada una de sus etapas.
Queridos hermanos y hermanas, invoco sobre la obra de la evangelización
ad gentes,
y en particular sobre sus agentes, la efusión del Espíritu Santo, para que la
gracia de Dios la haga caminar más decididamente en la historia del mundo. Con
el beato John Henry Newman querría orar: "Acompaña, oh Señor, a tus misioneros
en las tierras por evangelizar, pon las palabras justas en sus labios, haz
fructífera su fatiga". Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y Estrella de la
evangelización, acompañe a todos los misioneros del Evangelio.
Vaticano, 6 Enero 2012, Solemnidad de la Epifanía del Señor
Benedictus PP. XVI
Traducción del original italiano por ZENIT © Librería
Editorial Vaticana