Discurso del Papa tras visitar la catedral de
Colonia
COLONIA, jueves, 18 agosto 2005
Queridos hermanos y hermanas
Es una gran alegría para mi estar esta noche con vosotros, en esta ciudad de
Colonia a la que amo por tantos recuerdos que me unen a ella. Durante algunos
años he vivido en la ciudad cercana de Bonn como profesor, y venía
frecuentemente a Colonia donde he encontrado muchos amigos. Considero un
especial designio de la Providencia el hecho de que muy pronto se estableció una
relación de amistad con el Arzobispo de entonces, el Cardenal Joseph Frings, que
me concedió toda su confianza y me llamó como teólogo suyo para el Concilio
Vaticano II, pudiendo, de este modo, participar activamente en aquel evento
histórico. También conocí al sucesor, el Cardenal Joseph Höffner, con quien me
relacioné durante años, primero como colega fraterno en la Conferencia Episcopal
alemana y luego en la colaboración común en diversos Dicasterios de la Curia
romana. También es un buen amigo vuestro actual Arzobispo, el Cardenal Joachim
Meisner, al que agradezco las palabras de calurosa acogida y el gran empeño que
ha puesto durante estos meses en la preparación de la Jornada Mundial de la
Juventud. Deseo expresar también mi profundo reconocimiento por todo su empeño
al Cardenal Karl Lehmann, Presidente de la Conferencia Episcopal alemana, y por
mediación suya a los Obispos y a todos los que se han ocupado de movilizar a las
fuerzas vivas de la Iglesia de este País con vistas a este gran acontecimiento
eclesial de hoy. Agradezco a todos los que han preparado durante meses y meses
este momento fuerte, tan esperado por todos: en particular, al Comité
organizador de Colonia, pero también a las diócesis y las comunidades locales
que han acogido a los jóvenes en estos últimos días. Puedo imaginar lo que todo
esto significa, la energía empleada y los sacrificios que ha costado, y espero
que redunden en el éxito espiritual de esta Jornada Mundial de la Juventud.
Finalmente, he de manifestar mi profunda gratitud a las autoridades civiles y
militares, a los responsables municipales y regionales, a los cuerpos de policía
y a los agentes de seguridad de Alemania y del Land Renania Septentrional-Westfalia.
En la persona del alcalde de esta ciudad doy las gracias a toda la población de
Colonia por la comprensión demostrada ante la «invasión» de tantos jóvenes
procedentes de todas las partes del mundo.
La ciudad de Colonia no sería lo que es sin los Reyes Magos, que tanto han
influido en su historia, su cultura y su fe. En cierto sentido, la Iglesia
celebra aquí todo el año la fiesta de la Epifanía. Por eso, antes de dirigirme a
vosotros delante de esta magnífica catedral, he querido recogerme unos instantes
en oración ante el relicario de los tres Reyes Magos, dando gracias a Dios por
su testimonio de fe, de esperanza y de amor. En 1164, las reliquias de los Magos
salieron de Milán y, escoltadas por el arzobispo de Colonia Reinald von Dassel,
atravesaron los Alpes hasta llegar a Colonia, donde fueron acogidas con grandes
manifestaciones de júbilo. En su peregrinación por Europa, las reliquias de los
Magos han dejado huellas evidentes, que aún hoy permanecen en los nombres de
lugares y en la devoción popular. Los habitantes de Colonia han hecho fabricar
para las reliquias de los Rey Magos el relicario más precioso de todo el mundo
cristiano y, como si no bastara, han levantado sobre él un relicario más grande
todavía, como es esta estupenda catedral gótica que, después de los desperfectos
de la guerra, ha vuelto a presentarse a los ojos de los visitantes en todo el
esplendor de su belleza. Junto con Jerusalén la «Ciudad Santa», con Roma la
«Ciudad Eterna», con Santiago de Compostela en España, gracias a los Magos,
Colonia se ha ido convirtiendo a lo largo de los siglos en uno de los lugares de
peregrinación más importantes del occidente cristiano.
Sin embargo, Colonia no es solamente la ciudad de los Magos. Está profundamente
marcada por la presencia de tantos santos que, mediante el testimonio de su vida
y la huella que han dejado en la historia del pueblo alemán, han contribuido al
crecimiento de Europa sobre las raíces cristianas. Pienso en particular en los
mártires y las mártires de los primeros siglos, como la joven Santa Úrsula y sus
compañeras que, según la tradición, fueron martirizadas bajo Diocleciano. Y,
¿cómo no citar a San Bonifacio, el apóstol de Alemania, que en el año 745 fue
elegido Obispo de Colonia con el consentimiento del Papa Zacarías? A esta ciudad
está vinculado el nombre de San Alberto Magno, cuyo cuerpo descansa aquí cerca,
en la cripta de la iglesia de San Andrés. En Colonia, Alberto Magno tuvo como
discípulo a Santo Tomás de Aquino, que después fue también profesor aquí.
Tampoco se puede olvidar al beato Adolph Kolping, muerto en Colonia en 1865,
que, tras ser zapatero se hizo sacerdote y fundó numerosas obras sociales, sobre
todo en el campo de la formación profesional. Pasando a los tiempos más
recientes, pienso en Edith Stein, eminente filósofa judía del siglo XX, que
entró en el Carmelo de Colonia con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y
murió en el campo de concentración de Auschwitz. El Papa Juan Pablo II la ha
canonizado y declarado Copatrona de Europa, con Santa Brígida de Suecia y Santa
Catalina de Siena.
Con éstos y con todos los demás santos, conocidos o desconocidos, descubrimos el
rostro más íntimo y más verdadero de esta ciudad y tomamos conciencia del
patrimonio de valores que las generaciones cristianas que nos han precedido nos
han confiado. Es un patrimonio muy rico. Hemos de estar a su altura. Es una
responsabilidad que nos recuerdan hasta las piedras de los antiguos edificios de
la ciudad. Por lo demás, hablando de valores espirituales, es posible dar vida a
una comprensión recíproca entre los hombres y los pueblos, entre culturas y
civilizaciones, aunque sean diferentes. En este contexto, dirijo un caluroso
saludo a los representantes de las diversas confesiones cristianas y de las
otras religiones. Doy gracias a todos por su presencia en Colonia con ocasión de
este gran encuentro, esperando que ello haga progresar en el camino de la
reconciliación y la unidad entre los hombres. En efecto, Colonia no sólo nos
habla de Europa, sino que nos abre a la universalidad de la Iglesia y del mundo.
Aquí está uno de los tres Magos que ha sido representado como un rey negro y,
por lo tanto, como el representante del continente africano. Según la tradición,
aquí murieron los mártires san Gereón y compañeros, de la legión tebana.
Independientemente de la precisa credibilidad histórica de tales tradiciones, el
culto a estos santos, que ha florecido en el curso de los siglos, atestigua la
apertura universalista de los fieles de Colonia y, más en general, de la Iglesia
que ha crecido en Alemania gracias a la acción apostólica de San Bonifacio. Esta
apertura se ha confirmado en tiempos recientes por grandes iniciativas
caritativas, como «Misereor», «Adveniat», «Missio» y «Renovabis». Estas obras,
surgidas también en Colonia, hacen presente la caridad de Cristo en todos los
continentes.
Ahora estáis aquí vosotros, jóvenes del mundo entero, representantes de aquellos
pueblos lejanos que reconocieron a Cristo a través de los Magos y que fueron
reunidos en el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que acoge a hombres y mujeres
de todas las culturas. Hoy corresponde a vosotros la tarea de vivir el aliento
universal de la Iglesia. Dejáos inflamar por el fuego del Espíritu, para que un
nuevo Pentecostés renueve vuestros corazones. Que por vuestra mediación,
vuestros coetáneos de todas las partes de la tierra lleguen a reconocer en
Cristo la verdadera respuesta a sus esperanzas y se abran a acoger al Verbo de
Dios encarnado, que ha muerto y resucitado para la salvación del mundo.
[Traducción del original en alemán distribuido por la Sala de Prensa de la
Santa Sede]
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