Palabras de despedida de Benedicto XVI de
Alemania
COLONIA, domingo, 21 agosto 2005
Al término de esta mi primera
visita en tierra alemana como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, siento una vez
más la necesidad de expresar viva gratitud por la acogida dispensada a mí y a
mis colaboradores y, especialmente, a los numerosos jóvenes llegados a Colonia
de todos los continentes con ocasión de esta Jornada Mundial de la Juventud. El
Señor me ha llamado a suceder al querido Pontífice Juan Pablo II, genial
promotor de las Jornadas Mundiales de la Juventud. He acogido con gozo esta
herencia y doy gracias a Dios, que me ha dado la oportunidad de vivir junto a
tantos jóvenes esta nueva etapa de su peregrinación espiritual, de continente en
continente, siguiendo la Cruz de Cristo.
Doy las gracias a todos los que se han esforzado para que cada fase y momento de
este extraordinario encuentro se desarrollara con orden y serenidad. Los días
pasados juntos, han permitido a muchos chicos y chicas procedentes del mundo
entero conocer mejor Alemania. Todos somos conscientes del mal producido por
nuestra patria en el siglo XX, y lo reconocemos con vergüenza y dolor. Pero en
estos días, gracias a Dios, se ha puesto de manifiesto abundantemente que
existía y existe también otra Alemania, un País de particulares recursos
humanos, culturales y espirituales. ¡Deseo que tales recursos, gracias también
al acontecimiento de estos días, vuelvan a irradiarse en el mundo! Ahora, los
jóvenes de todo el mundo pueden retornar a sus países enriquecidos por los
contactos y la experiencia de diálogo y de fraternidad que han tenido en muchas
regiones de nuestra Patria. Estoy seguro que su estancia, caracterizada por el
típico entusiasmo de su edad, deja a las poblaciones que generosamente los ha
hospedado un grato recuerdo, constituyendo, también, un signo de esperanza para
Alemania. En efecto, se puede decir que en estos días Alemania ha sido el centro
del mundo católico. Los jóvenes de todos los continentes y culturas,
estrechamente unidos con fe en torno a sus Pastores y al Sucesor de Pedro, han
hecho visible una Iglesia joven, que con imaginación y valentía quiere esculpir
el rostro de una humanidad más justa y solidaria. Siguiendo el ejemplo de los
Magos, los jóvenes se han puesto en camino para encontrar a Cristo, como
recuerda el tema de la Jornada Mundial de la Juventud. Ahora regresan a sus
pueblos y ciudades para testimoniar la luz, la belleza y el vigor del Evangelio,
del que han hecho una renovada experiencia.
Siento la necesidad de dar las gracias a todos los que han abierto el corazón y
las casas a estos innumerables jóvenes peregrinos. Gracias a las Autoridades
gubernativas, a los Responsables políticos y a las diversas Administraciones
civiles y militares, así como a los servicios de seguridad y las múltiples
Organizaciones de voluntariado, que con gran dedicación han trabajado en la
preparación y en el fructuoso desarrollo de cada iniciativa y manifestación de
esta Jornada Mundial. Gracias a los que se han ocupado de los encuentros de
reflexión y oración, así como de las celebraciones litúrgicas, en las que se han
dado ejemplos elocuentes de la vitalidad alegre de la fe que anima a los jóvenes
de nuestro tiempo. Quisiera extender mi reconocimiento a los responsables de las
otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como también a los representantes
de las otras Religiones que han querido estar presentes en este importante
encuentro, y espero que se intensifique el compromiso común de formar a las
jóvenes generaciones en los valores humanos y espirituales que son
indispensables para construir un futuro de libertad y paz verdadera.
Expreso mi más sentido agradecimiento al Cardenal Joachim Meisner, Arzobispo de
Colonia, la Diócesis que ha hospedado este Encuentro Mundial, al Episcopado
alemán, con su Presidente, el Cardenal Karl Lehmann, a los sacerdotes, a los
religiosos y religiosas, a las comunidades parroquiales, a las asociaciones
laicales y a los movimientos que se han esforzado en que la estancia de los
jóvenes haya sido espiritualmente provechosa. Gracias muy especialmente, y con
mucho afecto, a los jóvenes alemanes, que de tantos modos han demostrado su
disponibilidad para acoger a sus coetáneos, y han compartido con ellos momentos
de fe que podemos calificar como memorables. Espero que este acontecimiento
eclesial quede grabado en la vida de los católicos de Alemania y sea incentivo
para un renovado impulso espiritual y apostólico en su seno. Que el Evangelio
sea acogido en su integridad y testimoniado con pasión por todos los discípulos
de Cristo, para que se revele así como fermento para una auténtica renovación de
toda la sociedad alemana, también mediante el diálogo con las diversas
comunidades cristianas y con los seguidores de otras religiones.
En fin, saludo con deferente gratitud a las Autoridades políticas, civiles y
diplomáticas que han tenido a bien estar presentes en esta despedida. Un
agradecimiento particular a usted, Señor Canciller, a cuya cortesía confío el
cometido de transmitir las seguridades de mi reconocimiento al Presidente del
República, a los miembros del Gobierno y a todo el pueblo alemán. Con el corazón
henchido de las emociones y recuerdos de estos días, me dispongo a retornar a
Roma, invocando sobre todos abundantes bendiciones divinas para un futuro de
serena prosperidad, de concordia y de paz.
[Traducción del original alemán distribuida por la Sala de Prensa de la Santa
Sede]
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