«Dios es amor», la verdad más importante
Discurso en Czestochowa del
26 de mayo
CZESTOCHOWA, miércoles, 7 junio 2006 (ZENIT.org).-
Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI en el santuario de Jasna Góra,
en Czestochowa, durante el encuentro que mantuvo con los religiosos, las
religiosas, los seminaristas, y los representantes de los movimientos eclesiales
en la tarde del viernes 26 de mayo de 2006, durante su viaje apostólico a
Polonia.
* * *
Queridos religiosos,
religiosas, personas consagradas, todos vosotros que, movidos por la voz de
Jesús, lo habéis seguido por amor; queridos seminaristas, que os estáis
preparando para el ministerio sacerdotal; queridos representantes de los
Movimientos eclesiales, que lleváis la fuerza del Evangelio al mundo de vuestras
familias, de vuestros lugares de trabajo, de las universidades, al mundo de los
medios de comunicación social y de la cultura, a vuestras parroquias:
Como los Apóstoles con María "subieron a la estancia superior" y allí
"perseveraban en la oración con un mismo espíritu" (Hch 1, 12. 14), así también
hoy nos hemos reunido aquí, en Jasna Góra, que es para nosotros, en esta hora,
la "estancia superior", donde María, la Madre del Señor, está en medio de
nosotros. Hoy ella guía nuestra meditación; nos enseña a orar. Nos indica cómo
abrir nuestra mente y nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo, que viene
a nosotros para que lo llevemos a todo el mundo. Deseo saludar cordialmente a la
archidiócesis de Czestochowa juntamente con su pastor, el arzobispo Stanislaw, y
con los obispos Antoni y Jan. A todos os doy las gracias por haber querido
participar en esta oración.
Queridos hermanos, necesitamos un momento de silencio y recogimiento para entrar
en la escuela de María, a fin de que nos enseñe cómo vivir de fe, cómo crecer en
ella, cómo permanecer en contacto con el misterio de Dios en los acontecimientos
ordinarios, diarios, de nuestra vida. Con delicadeza femenina y con "la
capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de
estímulo" (Redemptoris Mater, 46), María sostuvo la fe de Pedro y de los
Apóstoles en el Cenáculo, y hoy sostiene mi fe y la vuestra.
"La fe es un contacto con el misterio de Dios", dijo el Santo Padre Juan Pablo
II (ib., 17), porque creer "quiere decir "abandonarse" en la verdad misma de la
palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente "cuán
insondables son sus designios e inescrutables sus caminos"" (ib., 14). La fe es
el don, recibido en el bautismo, que hace posible nuestro encuentro con Dios.
Dios se oculta en el misterio: pretender comprenderlo significaría querer
circunscribirlo en nuestros conceptos y en nuestro saber, y así perderlo
irremediablemente. En cambio, mediante la fe podemos abrirnos paso a través de
los conceptos, incluso los teológicos, y podemos "tocar" al Dios vivo. Y Dios,
una vez tocado, nos transmite inmediatamente su fuerza. Cuando nos abandonamos
al Dios vivo, cuando en la humildad de la mente recurrimos a él, nos invade
interiormente como un torrente escondido de vida divina.
¡Cuán importante es para nosotros creer en la fuerza de la fe, en su capacidad
de entablar una relación directa con el Dios vivo! Debemos cuidar con esmero el
desarrollo de nuestra fe, para que penetre realmente todas nuestras actitudes,
nuestros pensamientos, nuestras acciones e intenciones.
La fe ocupa un lugar no sólo en los estados de ánimo y en las experiencias
religiosas, sino ante todo en el pensamiento y en la acción, en el trabajo
diario, en la lucha contra sí mismos, en la vida comunitaria y en el apostolado,
puesto que hace que nuestra vida esté impregnada de la fuerza de Dios mismo. La
fe puede llevarnos siempre a Dios, incluso cuando nuestro pecado nos hace daño.
En el Cenáculo los Apóstoles no sabían lo que les esperaba. Atemorizados,
estaban preocupados por su futuro. Seguían experimentado aún el asombro
provocado por la muerte y resurrección de Jesús, y estaban angustiados por
haberse quedado solos después de su ascensión al cielo. María, "la que había
creído que se cumplirían las palabras del Señor" (cf. Lc 1, 45), asidua con los
Apóstoles en la oración, enseñaba la perseverancia en la fe. Con toda su actitud
los convencía de que el Espíritu Santo, con su sabiduría, conocía bien el camino
por el cual los estaba conduciendo y que, por tanto, podían poner su confianza
en Dios, entregándose sin reservas a él, y entregándole también sus talentos,
sus límites y su futuro.
Muchos de vosotros habéis reconocido esta llamada secreta del Espíritu Santo y
habéis respondido con todo el entusiasmo de vuestro corazón. El amor a Jesús,
"derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que os ha sido dado" (cf.
Rm 5, 5), os ha indicado el camino de la vida consagrada. No lo habéis buscado
vosotros. Ha sido Jesús quien os ha llamado, invitándoos a una unión más
profunda con él. En el sacramento del santo bautismo habéis renunciado a Satanás
y a sus obras, y habéis recibido las gracias necesarias para la vida cristiana y
la santidad. Desde ese momento brotó en vosotros la gracia de la fe, que os ha
permitido uniros a Dios.
En el momento de la profesión religiosa o de la promesa, la fe os llevó a una
adhesión total al misterio del Corazón de Jesús, cuyos tesoros habéis
descubierto. Renunciasteis entonces a cosas buenas, a disponer libremente de
vuestra vida, a formar una familia, a acumular bienes, para poder ser libres de
entregaros sin reservas a Cristo y a su reino. ¿Recordáis vuestro entusiasmo
cuando emprendisteis la peregrinación de la vida consagrada, confiando en la
ayuda de la gracia? Procurad no perder el impulso originario, y dejad que María
os conduzca a una adhesión cada vez más plena.
Queridos religiosos, queridas religiosas, queridas personas consagradas,
cualquiera que sea la misión que se os ha encomendado, cualquiera que sea el
servicio conventual o apostólico que estéis prestando, conservad en el corazón
el primado de vuestra vida consagrada. Que ella renueve vuestra fe. La vida
consagrada, vivida en la fe, une íntimamente a Dios, aviva los carismas y
confiere una extraordinaria fecundidad a vuestro servicio.
Amadísimos candidatos al sacerdocio, la reflexión sobre el modo como María
aprendía de Jesús puede ayudaros en gran medida también a vosotros. Desde su
primer "fiat", durante los largos y ordinarios años de su vida oculta, mientras
educaba a Jesús, o cuando en Caná de Galilea solicitaba el primer milagro, o por
último cuando en el Calvario al pie de la cruz contemplaba a Jesús, lo
"aprendía" en cada momento. Había acogido, primero en la fe y después en su
seno, el Cuerpo de Jesús y lo había dado a luz. Día a día lo había adorado
extasiada, lo había servido con amor responsable, había cantado en su corazón el
Magnificat.
En vuestro camino y en vuestro futuro ministerio sacerdotal dejaos guiar por
María para "aprender" a Jesús. Contempladlo, dejad que él os forme, para que un
día, en vuestro ministerio, seáis capaces de mostrarlo a todos los que se
acerquen a vosotros. Cuando toméis en vuestras manos el Cuerpo eucarístico de
Jesús para alimentar con él al pueblo de Dios, y cuando asumáis la
responsabilidad de la parte del Cuerpo místico que se os encomiende, recordad la
actitud de asombro y de adoración que caracterizó la fe de María. Del mismo modo
que ella en su amor responsable y materno a Jesús conservó el amor virginal
lleno de asombro, así también vosotros, al arrodillaros litúrgicamente en el
momento de la consagración, conservad en vuestro corazón la capacidad de
asombraros y de adorar. Reconoced en el pueblo de Dios que se os encomiende los
signos de la presencia de Cristo. Estad atentos para percibir los signos de
santidad que Dios os muestre entre los fieles. No temáis por los deberes y las
incógnitas del futuro. No temáis que os falten las palabras o que os rechacen.
El mundo y la Iglesia necesitan sacerdotes, santos sacerdotes.
Queridos representantes de los nuevos Movimientos en la Iglesia, la vitalidad de
vuestras comunidades es un signo de la presencia activa del Espíritu Santo.
Vuestra misión ha nacido de la fe de la Iglesia y de la riqueza de los frutos
del Espíritu Santo. Deseo que seáis cada vez más numerosos, para servir a la
causa del reino de Dios en el mundo de hoy. Creed en la gracia de Dios que os
acompaña, y llevadla al entramado vivo de la Iglesia y, de modo particular, a
donde no puede llegar el sacerdote, el religioso o la religiosa. Son numerosos
los Movimientos a los que pertenecéis. Os alimentáis de doctrina proveniente de
diversas escuelas de espiritualidad, reconocidas por la Iglesia. Aprovechad la
sabiduría de los santos, recurrid a la herencia que han dejado. Formad vuestra
mente y vuestro corazón en las obras de los grandes maestros y de los testigos
de la fe, recordando que las escuelas de espiritualidad no deben ser un tesoro
encerrado en las bibliotecas de los conventos. La sabiduría evangélica, leída en
las obras de los grandes santos y verificada en la propia vida, se ha de llevar
de modo maduro, no infantil ni agresivo, al mundo de la cultura y del trabajo,
al mundo de los medios de comunicación social y de la política, al mundo de la
vida familiar y social. Para verificar la autenticidad de vuestra fe y de
vuestra misión, que no atrae la atención hacia sí, sino que realmente irradia en
torno a sí la fe y el amor, confrontadla con la fe de María. Reflejaos en su
corazón. Permaneced en su escuela.
Cuando los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, se dispersaron por todo el
mundo para anunciar el Evangelio, uno de ellos, Juan, el apóstol del amor, de
modo particular "acogió a María en su casa" (cf. Jn 19, 27). Precisamente
gracias a su profunda relación con Jesús y con María pudo insistir tan
eficazmente en la verdad de que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Yo mismo quise
tomar estas palabras como inicio de la primera encíclica de mi pontificado: Deus
caritas est. Esta verdad sobre Dios es la más importante, la más central. A
todos aquellos a quienes resulta difícil creer en Dios, les repito hoy: "Dios es
amor". Sed vosotros mismos, queridos amigos, testigos de esta verdad. Lo seréis
eficazmente si permanecéis en la escuela de María. Junto a ella experimentaréis
vosotros mismos que Dios es amor y transmitiréis su mensaje al mundo con la
riqueza y la variedad que el mismo Espíritu Santo sabrá suscitar.
¡Alabado sea Jesucristo!
[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
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