Dios necesita obreros en América Latina… y en Europa
Discurso del Papa a los
religiosos y seminaristas, en la Basílica de Santa Ana de Altötting
ALTÖTTING, martes, 12 septiembre 2006 (ZENIT.org).-Publicamos
el discurso que pronunció Benedicto XVI este lunes en la Basílica de Santa Ana
de Altötting, corazón mariano de Alemania.
* * *
¡Queridos amigos!
Aquí en Altötting, en este lugar lleno de gracia, nos hemos reunido
–seminaristas que se preparan para el sacerdocio, sacerdotes, hombres y mujeres
religiosos y miembros de sociedades con vocación espiritual– en la Basílica de
Santa Ana, ante el santuario de su hija, la Madre del Señor. Nos hemos reunido
aquí para considerar nuestra vocación de servir a Jesucristo y, bajo la atenta
mirada de Santa Ana en cuyo hogar la más grande vocación en la historia de la
salvación se desarrolló, comprenderla mejor. María recibió su vocación de boca
del ángel. El ángel no entra visiblemente a nuestra habitación, pero el Señor
tiene un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Nuestra
tarea es aprender a escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para
seguirlo, y cuando está todo dicho y hecho, ser siervos fieles que han utilizado
bien los dones que se nos han dado.
Sabemos que el Señor busca obreros para su viña. Él mismo lo ha dicho: «La mies
es abundante, pero son pocos los obreros, rogad al Señor de la mies que envíe
obreros a su mies». (Mt 9, 37-38). Por eso estamos reunidos aquí: para hacer
este urgente pedido al Señor de la mies. La mies de Dios es grande y necesita
obreros: en el llamado Tercer Mundo: en América Latina, en África y Asia la
gente espera nuestros heraldos para llevarles el Evangelio de la paz, la Buena
Nueva de Dios que se hizo hombre. Pero en el también llamado Occidente, aquí
entre nosotros en Alemania, y en las vastas regiones de Rusia es cierto que hay
una gran mies que cosechar. Pero hace falta gente con voluntad para trabajar la
mies de Dios. Hoy es como entonces, cuando el Señor se compadeció de las
multitudes que parecían ovejas sin pastor: personas que probablemente sabían
cómo hacer muchas cosas, pero no podían darle sentido a sus vidas. ¡Señor, mira
nuestros tiempos difíciles, necesitados de predicadores del Evangelio, testigos
de ti, personas que puedan señalar hacia la ‘vida en abundancia'!. ¡Mira nuestro
mundo y compadécete una vez más! ¡Mira nuestro mundo y envíanos obreros! Con
este pedido tocamos a la puerta de Dios y con el mismo pedido el Señor está
tocando las puertas de nuestro propio corazón. ¿Señor, me quieres? ¿No es tal
vez demasiado grande para mí? ¿Soy muy pequeño para esto? ‘No tengas miedo', le
dijo el ángel a María. ‘No temas: Te he llamado por tu nombre', dice Dios a
través del profeta Isaías (43, 1) a nosotros, a cada uno de nosotros.
¿Adónde vamos, si respondemos "sí" al llamado de Dios? La más breve descripción
de la misión sacerdotal –y esto es cierto en su manera particular para los
hombres y mujeres religiosos también– nos la ha dado el evangelista Marcos. En
su relato sobre el llamado de los Doce, dice «Jesús llamó a doce para que estén
con él y para ser enviados». Estar con Jesús y ser enviado, salir a conocer
personas: estas dos cosas se corresponden y juntas son el corazón de la
vocación, del sacerdocio. Estar ‘con Él' significa llegar a conocerlo y darlo a
conocer. Cualquiera que haya estado con Él no puede retener para sí lo que ha
encontrado, al contrario, tiene que comunicarlo a otros. Tal es el caso de
Andrés, que le dijo a su hermano Simón: ‘Hemos encontrado al Mesías' (Juan 1,
41) y el evangelista agrega: ‘Llevó a Simón ante Jesús' (Juan 1, 42). San
Gregorio Magno, en una de sus homilías, dijo una vez que los ángeles, sin
importar que tan lejos deban ir en su misión, siempre se mueven en Dios. Siempre
permanecen con Él. De esta reflexión de los ángeles, San Gregorio explica que
los obispos y los sacerdotes: sin importar adonde vayan, siempre están ‘con él'.
Sabemos esto por experiencia. Cuando los sacerdotes, debido a sus múltiples
deberes, tienen menos tiempo para estar con el Señor, eventualmente pierden, por
toda su actividad con frecuencia heroica, la fuerza interior que los sostiene.
Su actividad se convierte en un activismo vacío. Estar con Cristo ¿Cómo se hace
esto? Bueno, lo primero y los más importante para el sacerdote es la Misa
diaria, siempre celebrada con una participación interior y profunda. Si
celebramos la Misa como verdaderos hombres de oración, si unimos nuestras
palabras y nuestras actividades a la Palabra que nos precede y si nos dejamos
conformar por la Celebración Eucarística, si en la Comunión nos dejamos abrazar
por Él y le recibimos; entonces estamos con Él.
La Liturgia de las Horas es otra manera fundamental de estar con Cristo. Aquí
rezamos como personas concientes de nuestra necesidad de hablar con Dios,
mientras sostenemos a otros que no tienen ni el tiempo ni la capacidad para
rezar de esta forma. Si nuestra Celebración Eucarística y la Liturgia de las
Horas no son significativas, necesitamos renovar nuestra devoción constantemente
leyendo las Sagradas Escrituras, no solo para ser capaces de descifrar y
explicar las palabras de un distante pasado, sino para descubrir la palabra que
el Señor me está diciendo a mí, personalmente, aquí y ahora. Solo de esta forma
seremos capaces de llevar la Palabra inspirada a otros como la Palabra de Dios
actual y viviente.
La Adoración Eucarística es una forma esencial de estar con el Señor. Gracias a
Mons. Schraml, Altötting tiene un nuevo ‘tesoro' Donde una vez se guardaron
tesoros del pasado, objetos religiosos e históricos, hay ahora un lugar para el
verdadero tesoro de la Iglesia: la permanente presencia del Señor en el
Santísimo Sacramento. En una de sus parábolas el Señor habla del tesoro
escondido en el campo, del hombre que lo encuentra y lo vende para comprar ese
campo, porque el tesoro escondido es más valioso que cualquier otra cosa. El
tesoro escondido, más grande que cualquier otro bien, es el Reino de Dios, es
Jesús mismo, el Reino en persona. En la sagrada custodia está presente el
verdadero tesoro siempre esperando por nosotros. Solo adorando esta presencia
aprendemos a recibirla adecuadamente, aprendemos la realidad de la Comunión,
aprendemos la Celebración Eucarística desde dentro. Aquí me gustaría citar
algunas líneas de Santa Edith Stein, también Patrona de Europa: ‘El Señor está
presente en el tabernáculo en su divinidad y humanidad. No está allí por Él,
sino por nosotros: es su alegría estar con nosotros. Sabe que nosotros, siendo
como somos, necesitamos tenerlo personalmente y cerca. Como resultado, cualquier
persona con pensamientos y sentimientos normales se sentirá atraído naturalmente
a pasar tiempo con Él, siempre que le sea posible y todo el tiempo que le sea
posible' (Gesammelte Werke VII, 136ff.). ¡Amenos estar con el Señor! Allí
podemos hablar con Él sobre cualquier cosa. Podemos ofrecerle nuestras
peticiones, nuestras preocupaciones, nuestros problemas. Nuestras alegrías.
Nuestros gozos, nuestras decepciones, nuestras necesidades y nuestras
aspiraciones. Allí también podemos pedirle constantemente: ¡Señor, envía obreros
a tu mies! ¡Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña!
Aquí en esta Basílica, nuestros pensamientos se vuelcan a María, quien vivió su
vida completamente ‘con Jesús' y consecuentemente estuvo, y sigue estando, cerca
de todos los hombres y mujeres. Las muchas placas que hay aquí son un signo
concreto de esto. Pensemos en la santa madre de María, Santa Ana, y con ella
pensemos también en la importancia de los padres y madres, abuelas y abuelos, y
la importancia de la familia como entorno de vida y oración, en donde aprendemos
a rezar y en donde las vocaciones se desarrollan.
Aquí en Altötting, pensamos de manera especial en el Hermano Konrad. Él renunció
a su gran herencia porque quería seguir a Jesucristo sin reservas y estar
completamente con Él. Como el Señor lo recomienda en una de sus parábolas, él
escogió el lugar más bajo como hermano laico y portero. En su trabajo como tal
pudo lograr lo que San Marcos nos dice sobre los Apóstoles: ‘estar con Él', ‘ser
enviado' a otros. Desde su celda siempre pudo mirar al tabernáculo y así siempre
‘estar con Cristo'. Desde su contemplación aprendió la bondad ilimitada con la
que trataba a la gente que tocaba a su puerta a toda hora, a veces sin cuidado,
para molestarlo, y a veces bullosa e impacientemente. Para todos ellos, por su
gran bondad y humanidad, y sin grandes palabras, siempre dio un mensaje más
valioso que las mismas palabras. Roguemos al Santo Hermano Conrad, pidámosle que
mantenga nuestra mirada fija en el Señor, para llevar el amor de Dios a todos
los hombres y mujeres de nuestro tiempo. ¡Amén!
[Traducción distribuida por
Analisisdigital.com © Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]
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