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Benedicto
XVI hace un balance del camino ecuménico recorrido en 2006
En la audiencia general de este miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 24 enero 2007 (ZENIT.org).-
Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este
miércoles dedicada a la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos que se
concluye este jueves, festividad de la conversión de San Pablo.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Se clausura mañana la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que
este año tiene por tema las palabras del Evangelio de Marcos: «Hace oír a los
sordos y hablar a los mudos» (Marcos 7, 37). Podremos también nosotros repetir
estas palabras que expresan la admiración de la gente ante la curación de un
sordomudo realizada por Cristo al ver el maravilloso florecimiento del
compromiso por la recomposición de la unidad de de los cristianos. Al repasar el
camino de los últimos cuarenta años, sorprende cómo el Señor nos ha despertado
del sopor de la autosuficiencia y de la indiferencia; cómo nos hace cada vez más
capaces de «escucharnos» y no sólo de «oírnos»; cómo nos ha soltado la lengua de
manera que la oración que le elevamos tenga más fuerza de convicción para el
mundo. Sí, es verdad, el Señor nos ha concedido muchas gracias y a la luz de su
Espíritu ha iluminado muchos testimonios. Han demostrado que todo se puede
alcanzar rezando, cuando sabemos obedecer con confianza y humildad al
mandamiento divino del amor y adherir al anhelo de Cristo por la unidad de todos
sus discípulos.
«El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera
--afirma el Concilio Vaticano II--, afecta tanto a los fieles como a los
pastores, a cada uno según su propio valor, ya en la vida cristiana diaria, ya
en las investigaciones teológicas e históricas» («Unitatis
redintegratio», 5). El primer deber común es el de la oración. Rezando, y
rezando juntos, los cristianos alcanzan una mayor conciencia de su condición de
hermanos, aunque todavía estén divididos; y rezando aprendemos mejor a escuchar
al Señor, pues sólo escuchando al Seño y siguiendo su voz podemos encontrar el
camino de la unidad.
El ecumenismo es ciertamente un proceso lento, a veces quizá incluso
desalentador cuando se cede a la tentación de «oír» y no de «escuchar», de decir
las verdades a medias, en vez de tener la valentía de proclamarlas. No es fácil
salir de la «sordera cómoda», como si el Evangelio inalterado no tuviera la
capacidad de reflorecer, reafirmándose como levadura providencial de conversión
y de renovación espiritual para cada uno de nosotros.
El ecumenismo, como decía, es un proceso lento, es un camino lento y de subida,
como todo camino de arrepentimiento. Ahora bien, es un camino que, tras las
iniciales dificultades y precisamente en ellas, presenta también grandes
espacios de alegría, pausas refrescantes, y permite de vez en cuando respirar a
pleno pulmón el aire purísimo de la plena comunión.
La experiencia de estas décadas, después del Concilio Vaticano II, demuestra que
la búsqueda de la unidad entre los cristianos se realiza a diferentes niveles y
en innumerables circunstancias: en las parroquias, en los hospitales, en los
contactos entre la gente, en la colaboración entre las comunidades locales en
todas las partes del mundo, y especialmente en las regiones donde cumplir un
gesto de buena voluntad a favor de un hermano exige un gran esfuerzo y también
una purificación de la memoria. En este contexto de esperanza, salpicado de
pasos concretos hacia la plena comunión de los cristianos, se enmarcan también
los encuentros y los acontecimientos que marcan constantemente el ritmo de mi
ministerio, el ministerio del obispo de Roma, pastor de la Iglesia universal.
Quisiera ahora recorrer los acontecimientos más significativos que han tenido
lugar en 2006, y que han sido motivo de alegría y de gratitud hacia el Señor.
El año comenzó con la visita oficial de la Alianza Mundial de las Iglesias
Reformadas. La comisión internacional católico-reformada presentó a la
consideración de las respectivas autoridades un documento que concluye con un
proceso de diálogo emprendido en 1970, que ha durado por tanto 36 años. Este
documento lleva por título «La Iglesia como comunidad de testimonio común del
Reino de Dios».
El 25 de enero de 2006, por tanto, hace un año, en la solemne conclusión de la
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos participaron, en la Basílica
de San Pablo Extramuros, los delegados para el ecumenismo de Europa, convocados
conjuntamente por el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa y por la
Conferencia de las Iglesias Europeas para la primera etapa de acercamiento a la
tercera Asamblea Ecuménica Europea, que se celebrará en tierra ortodoxa, en
Sibiu, en septiembre de este año 2007.
Con motivo de las audiencias de los miércoles he podido recibir a las
delegaciones de la Alianza Bautista Mundial y de la Evangelical Lutheran Church
de los Estados Unidos, que se mantiene fiel a sus visitas periódicas a Roma.
Tuve la oportunidad, además, de encontrar a los jerarcas de la Iglesia ortodoxa
de Georgia, a la que sigo con afecto, continuando ese lazo de amistad que unía a
Su Santidad Ilia II con mi venerado predecesor, el siervo de Dios Papa Juan
Pablo II.
Continuando con esta cronología de los encuentros ecuménicos del año pasado, se
encuentra la Cumbre de jefes religiosos, celebrada en Moscú en julio de 2006. El
patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Alejo II, solicitó con un mensaje
especial la adhesión de la Santa Sede. Después fue útil la visita del
metropolita Kirill del patriarcado de Moscú, que manifestó la intención de
llegar a una normalización más explícita de nuestras relaciones bilaterales.
Fue también apreciada la visita de los sacerdotes y de los estudiantes del
Colegio de la «Diakonía Apostólica» del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa de
Grecia. Quiero recordar también que en su Asamblea General, en Porto Alegre, el
Consejo Mundial de las Iglesias dedicó amplio espacio a la participación
católica. En esa ocasión envié un mensaje particular.
Quise hacer llegar también un mensaje a la reunión general de la Conferencia
Mundial Metodista en Seúl. Recuerdo, además, con gusto la cordial visita de los
secretarios de la Christian World Communions, organización de recíproca
información y contacto entre las diferentes confesiones.
Continuando con la cronología del año 2006, llegamos a la visita oficial del
arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana del pasado noviembre.
En la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico compartí con él y con
su séquito un significativo momento de oración.
Por lo que se refiere al inolvidable viaje apostólico a Turquía y al encuentro
con Su Santidad Bartolomé I, me complace recordar los numerosos gestos que
fueron más elocuentes que las palabras. Aprovecho la oportunidad para saludar
una vez más a Su Santidad Bartolomé I y para darle las gracias por la carta que
me escribió a mi regreso a Roma; le aseguro mi oración y mi compromiso de actuar
para que se saquen las consecuencias de aquel abrazo de paz, que nos dimos
durante la Divina Liturgia en la iglesia de San Jorge en el Fanar.
El año concluyó con la visita oficial a Roma del arzobispo de Atenas y de toda
la Grecia, Su Beatitud Christodoulos, con quien nos intercambiamos dones
exigentes: los iconos de la «Panaghia», la «Toda Santa», y la de los santos
Pedro y Pablo abrazados.
¿No son acaso estos momentos de elevado valor espiritual, momentos de alegría,
de gran alcance en esta lenta subida hacia la unidad, de la que he hablado?
Estos momentos iluminan el compromiso, con frecuencia silencioso, pero intenso,
que nos une en la búsqueda de la unidad. Nos alientan a hacer todo esfuerzo
posible para continuar por esta subida lenta, pero importante.
Nos encomendamos a la constante intercesión de la Madre de Dios y de nuestros
santos protectores para que nos apoyen y nos ayuden a no desfallecer en los
buenos propósitos, para que nos alienten a intensificar todo esfuerzo, rezando y
trabajando con confianza, convencidos de que el Espíritu Santo hará el resto.
Nos dará la unidad completa cómo y cuando a Él le plazca. Y, fortalecidos por
esta confianza, continuemos adelante por el camino de la fe, de la esperanza y
de la caridad. El Señor nos guía.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la
audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
Mañana concluye la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que en
este año ha tenido como lema las palabras del Evangelio de san Marcos: «Hace oír
a los sordos y hablar a los mudos». Se trata de una preocupación que, como
afirma el Concilio Vaticano II, atañe a la Iglesia entera. Rezando juntos, los
cristianos se hacen más conscientes de su estado de «hermanos divididos», de las
dificultades causadas por sus diferencias y se sienten retados a superarlas.
La experiencia de estos últimos años demuestra que la búsqueda de esta unidad se
lleva a cabo en innumerables circunstancias y de diversos modos, en parroquias,
hospitales, comunidades locales y especialmente en las regiones donde realizar
un gesto de buena voluntad con un hermano requiere un gran esfuerzo y una
purificación de la memoria. En este contexto se encuadran también los encuentros
que marcan constantemente el ministerio del Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia
Universal. Entre ellos quiero resaltar el inolvidable viaje apostólico a Turquía
y el encuentro con Su Santidad Bartolomé I. Estos momentos de alto valor
espiritual ponen de relieve el compromiso que nos une en la búsqueda de la
unidad, y nos animan a realizar todos los esfuerzos posibles para proseguir en
el camino iniciado.
Saludo cordialmente a los peregrinos de España y de América Latina, de modo
especial a los militares españoles destacados en Nápoles y a los estudiantes de
la Scuola Italiana de Valparaíso, Chile. Confiad a la constante intercesión de
la Madre de Dios, vuestras oraciones y trabajos por la unión de todos los
discípulos de Cristo.
[© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
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