Homilía del Papa en la misa de canonización de Frei Galvão
El primer santo nacido en
Brasil
ROMA, viernes, 11 mayo 2007 (ZENIT.org).-
Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este viernes en el Campo de
Marte de Sao Paulo en la misa de canonización del beato Antônio de Sant’Ana
Galvão, O.F.M., presbítero, fundador del Monasterio de las Concepcionistas «Recolhimento
da Luz», (1739-1822), primer santo nacido en Brasil
* * *
Señores Cardenales
Señor Arzobispo de São Paulo
y Obispos de Brasil y de América Latina
Distinguidas autoridades
Hermanas y Hermanos en Cristo,
«Bendeciré continuamente al Señor / su alabanza no dejará mis labios» (Sal 33,2)
1. Alegrémonos en el Señor, en este día en el que contemplamos otra de las
maravillas de Dios que, por su admirable providencia, nos permite saborear un
vestigio de su presencia, en este acto de entrega de Amor representado en el
Santo Sacrificio del Altar.
Sí, no dejemos de alabar a nuestro Dios. Alabemos todos nosotros, pueblos de
Brasil y de América, cantemos al Señor sus maravillas, porque hizo en nosotros
grandes cosas. Hoy, la Divina sabiduría permite que nos encontremos alrededor de
su altar en acción de alabanza y de agradecimiento por habernos concedido la
gracia de la Canonización de Fray Antonio de Sant’Anna Galvão.
Quiero agradecer las cariñosas palabras del Arzobispo de São Paulo, que fue la
voz de todos vosotros. Agradezco la presencia de cada uno y de cada una, quiera
que sean moradores de esta gran ciudad o venidos de otras ciudades y naciones.
Me alegro de que a través de los medios de comunicación, mis palabras y las
expresiones de mi afecto puedan entrar en cada casa y en cada corazón. Tengan
certeza: el Papa os ama, y os ama porque Jesucristo os ama.
En esta solemne celebración eucarística fue proclamado el Evangelio en el cual
Cristo, en actitud de gran arrobamiento, proclama: «Yo tebendigo, Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y
entendidos y las revelaste a los pequeños» (MT 11,25). Por eso, me siento feliz
porque la elevación de Fray Galvão a los altares quedará para siempre enmarcada
en la liturgia que hoy a Iglesia nos ofrece.
Saludo con afecto, a toda la comunidad franciscana y, de modo especial a las
monjas concepcionistas que, desde el Monasterio de la Luz, de la capital
paulista, irradian la espiritualidad y el carisma del primer brasileño elevado a
la gloria de los altares.
2. Dimos gracias a Dios por los continuos beneficios alcanzados por el poderoso
influjo evangelizador que el Espíritu Santo imprimió en tantas almas a través de
Fray Galvão. El carisma franciscano, evangélicamente vivido, produjo frutos
significativos a través de su testimonio de fervoroso adorador de la Eucaristía,
de prudente y sabio orientador de las almas que lo buscaban y de gran devoto de
la Inmaculada Concepción de María, de quien él se consideraba «hijo y perpetuo
esclavo».
Dios viene a nuestro encuentro, «busca conquistarnos - hasta la Última cena,
hasta al Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones y las grandes
obras por las cuales Él, a través de la acción de los Apóstoles, guió el camino
de la Iglesia naciente» (Carta encl. «Deus caritas est», 17). Él se revela a
través de su Palabra, en los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Por
eso, la vida de la Iglesia es esencialmente eucarística.
El Señor, en su amorosa providencia nos dejó una señal visible de su presencia.
Cuando contemplemos en la Santa Misa al Señor, levantado en el alto por el
sacerdote, después de la Consagración del pan y del vino, o lo adoramos con
devoción expuesto en la Custodia renovamos con profunda humildad nuestra fe,
como hacía Fray Galvão en «laus perennis», en actitud constante de adoración. En
la Sagrada Eucaristía está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia, o
sea, el mismo Cristo, nuestra Pascua, el Pan vivo que bajó del Cielo vivificado
por el Espíritu Santo y vivificante porque da Vida a los hombres. Esta
misteriosa e inefable manifestación del amor de Dios por la humanidad ocupa un
lugar privilegiado en el corazón de los cristianos. Deben poder conocer la fe de
la Iglesia, a través de sus ministros ordenados, por la ejemplaridad con que
éstos cumplen los ritos prescritos que están siempre indicando en la liturgia
eucarística el centro de toda obra de evangelización. Por su parte, los fieles
deben buscar recibir y reverenciar el Santo Sacramento con piedad y devoción,
queriendo acoger al Señor Jesús con fe y siempre, cuando fuese necesario,
sabiendo recurrir a Sacramento de la reconciliación para purificar el alma de
todo pecado grave.
3. Significativo es el ejemplo de Fray Galvão por su disponibilidad para servir
el pueblo siempre que le era pedido. Consejero de fama, pacificador de las almas
y de las familias, dispensador de la caridad especialmente de los pobres y de
los enfermos. Muy buscado para las confesiones, pues era celoso, sabio y
prudente. Una característica de quien ama de verdad es no querer que el Amado
sea agraviado, por eso la conversión de los pecadores era la grande pasión de
nuestro Santo. La Hermana Helena María, que fue la primera «recogida» destinada
a dar inicio al «Recogimiento de Nuestra Señora de la Concepción», testimonió
aquello que Fray Galvão dijo: «Rezad para que Dios Nuestro Señor levante a los
pecadores con su potente brazo del abismo miserable de las culpas en las que se
encuentran».
Pueda esa delicada advertencia servirnos de estímulo para reconocer en la
misericordia divina el camino para la reconciliación con Dios y con el prójimo y
para la paz de nuestras conciencias.
4. Unidos en comunión suprema con el Señor en la Eucaristía y reconciliados con
Dios y con nuestro prójimo, seremos portadores de aquella paz que el mundo no
puede dar. ¿Podrán los hombres y las mujeres de este mundo encontrar la paz si
no se concientizan acerca de la necesidad de reconciliarse con Dios, con el
prójimo y consigo mismos? De elevado significado fue, en este sentido, aquello
que la Cámara del Senado de São Paulo escribió al Ministro Provincial de los
Franciscanos al final del siglo XVIII, definiendo a Fray Galvão cómo «hombre de
paz y de caridad». ¿Qué nos pide el Señor?: «amaos unos a otros como yo os amo».
Pero luego a continuación añade: que «deis fruto y vuestro fruto permanezca»
(cf. Jn 15, 12.16). ¿Y qué fruto nos pide Él, sino que sepamos amar,
inspirándonos en el ejemplo del Santo de Guaratinguetá?
La fama de su inmensa caridad no tenía límites. Personas de todo la geografía
nacional iban a ver a Fray Galvão que a todos acogía paternalmente. Eran pobres,
enfermos en el cuerpo y en el espíritu que le imploraban ayuda.
Jesús abre su corazón y nos revela el pilar de todo su mensaje redentor: «Nadie
tiene mayor amor que aquél que da la vida por sus amigos» (ib.v.13). Él mismo
amó hasta entregar su vida por nosotros sobre la Cruz. También a acción de la
Iglesia y de los cristianos en la sociedad debe poseer esta misma inspiración.
Las pastorales sociales si son orientadas para el bien de los pobres y de los
enfermos, llevan en sí mismas este sello divino. El Señor cuenta con nosotros y
nos llama amigos, pues solo a los que se ama de esta manera, se es capaz de dar
la vida proporcionada por Jesús con su gracia.
Como sabemos la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano tendrá como
tema básico: «Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que en Él nuestros
pueblos tengan vida». ¿Cómo no ver entonces la necesidad de acudir con renovado
ardor a la llamada, a fin de contestar generosamente a los desafíos qué la
Iglesia en Brasil y en América Latina está llamada a enfrentar?
5. «Venid a mí, os que estáis aflictos bajo el fardo, y yo os aligeraré», dice
el Señor en el Evangelio, (MT 11,28). Ésta es la recomendación final que el
Señor nos dirige. Cómo no ver aquí este sentimiento paterno y, al mismo tiempo
materno, ¿de Dios por todos sus hijos? María, la Madre de Dios y Madre nuestra,
se encuentra particularmente ligada a nosotros en este momento. Fray Galvão,
asumió con voz profética la verdad de la Inmaculada Concepción. Ella, la Tota
Pulchra, la Virgen Purísima que concibió en su seno al Redentor de los hombres y
fue preservada de toda mancha original, quiere ser el sello definitivo de
nuestro encuentro con Dios, nuestro Salvador. No hay fruto de la gracia en la
historia de la salvación que no tenga como instrumento necesario la mediación de
Nuestra Señora.
De hecho, éste nuestro Santo se entregó de modo irrevocable a la Madre de Jesús
desde su juventud, queriendo pertenecerle para siempre y escogiendo la Virgen
María como Madre y Protectora de sus hijas espirituales.
¡Queridos amigos y amigas, qué bello ejemplo a continuación nos dejó Fray Galvão!
Como son actuales para nosotros, que vivimos en una época tan llena de
hedonismo, las palabras que aparecen en la cédula de consagración de su
castidad: «quitadme antes la vida que ofender a tu bendito Hijo, mi Señor». Son
palabras fuertes, de un alma apasionada, que deberían hacer parte de la vida
normal de cada cristiano, sea él consagrado o no, y que despiertan deseos de
fidelidad a Dios dentro o fuera del matrimonio. El mundo necesita de vidas
limpias, de almas claras, de inteligencias simples que rechacen ser consideradas
criaturas objeto de placer. Es necesario decir no a aquellos medios de
comunicación social que ridiculizan la santidad del matrimonio y la virginidad
antes del casamiento.
Es en este momento que tendremos en Nuestra Señora la mejor defensa contra los
males que afligen la vida moderna; la devoción mariana es garantía cierta de
protección maternal y de amparo en la hora de la tentación. ¿No será esta
misteriosa presencia de la Virgen Purísima cuándo invoquemos protección y
auxilio a la Señora Aparecida? Vamos a depositar en sus manos santísimas la vida
de los sacerdotes y laicos consagrados, de los seminaristas y de todos los
vocacionados para la vida religiosa.
6. Queridos amigos, permitidme concluir evocando la Vigilia de Oración de
Marienfeld en Alemania: delante de una multitud de jóvenes, quise definir a los
Santos de nuestra época como verdaderos reformadores. Y añadía: «solo de los
Santos, solo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del
mundo» (Homilía, 25/08/2005). Ésta es la invitación que hago hoy a todos
vosotros, del primero al último, en esta inmensa Eucaristía. Dios dijo: «Sed
santos, como Yo soy Santo» (Lv 11,44). Agradezcamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a
Dios Espíritu Santo, de los cuales nos vienen, por intercesión de la Virgen
María, todas las bendiciones del cielo; este don que, juntamente con la fe es la
mayor gracia que el Señor puede conceder a una criatura: el firme deseo de
alcanzar la plenitud de la caridad, en la convicción de qué no solo es posible,
como también necesaria la santidad, cada cuál en su estado de vida, para revelar
al mundo el verdadero rostro de Cristo, nuestro amigo! ¡Amén!
[Traducción distribuida por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ©
Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]