Discurso de Benedicto al concluir la procesión de las antorchas en Lourdes
"Extraordinaria cercanía entre
el cielo y la tierra"
LOURDES, sábado, 13 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que Benedicto XVI pronunció en la noche de este sábado, al concluir la procesión de las antorchas, en Lourdes.
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Querido Monseñor Perrier,
obispo de Tarbes y Lourdes,
queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio,
queridos peregrinos, queridos hermanos y hermanas
Hace ciento cincuenta años, el 11 de febrero de 1858, en el lugar llamado la
gruta de Massabielle, apartada del pueblo, una simple muchacha de Lourdes,
Bernadette Soubirous, vio una luz y, en la luz, una mujer joven "hermosa, la más
hermosa". La mujer le habló con dulzura y bondad, respeto y confianza: "Me
hablaba de usted (narra Bernadette)... ¿Querrá usted venir aquí durante quince
días? (le pregunta la Señora)... Me miró como una persona que habla a otra
persona". En la conversación, en el diálogo impregnado de delicadeza, la Señora
le encarga transmitir algunos mensajes muy simples sobre la oración, la
penitencia y la conversión. No es de extrañar que María fuera hermosa, porque,
en las apariciones del 25 de marzo de 1858, ella misma revela su nombre de este
modo: "Yo soy la Inmaculada Concepción".
Contemplemos también nosotros a esta Mujer vestida de sol de la que nos habla la
Escritura (cf. Ap 12,1). La Santísima Virgen María, la Mujer gloriosa del
Apocalipsis, lleva sobre su cabeza una corona de doce estrellas que representan
las doce tribus de Israel, todo el pueblo de Dios, toda la comunión de los
santos, y a sus pies la Luna, imagen de la muerte y la mortalidad. María ha
dejado atrás la muerte, está completamente revestida de vida, la vida de su
Hijo, Cristo resucitado. Así es signo de la victoria del amor, de la bondad y de
Dios, dando a nuestro mundo la esperanza que necesita. Volvamos esta noche la
mirada hacia María, tan gloriosa y tan humana, dejándola que nos lleve a Dios
que es el vencedor.
Muchos fueron testigos: el encuentro con el rostro luminoso de Bernadette
conmovía los corazones y las miradas. Tanto durante las apariciones mismas como
cuando las contaba, su rostro era radiante. Bernadette estaba transida ya por la
luz de Massabielle. La vida cotidiana de la familia Soubirous estaba hecha de
dolor y miseria, de enfermedad e incomprensión, de rechazo y pobreza. Aunque no
faltara amor y calor en el trato familiar, era difícil vivir en aquella especie
de mazmorra. Sin embargo, las sombras terrenas no impedían que la luz del cielo
brillara. "La luz brilla en la tiniebla" (Jn 1, 5).
Lourdes es uno de los lugares que Dios ha elegido para reflejar un destello
especial de su belleza, por ello la importancia aquí del símbolo de la luz.
Desde la cuarta aparición, Bernadette, al llegar a la gruta, encendía cada
mañana una vela bendecida y la tenía en la mano izquierda mientras se aparecía
la Virgen. Muy pronto, la gente comenzó a dar a Bernadette una vela para que la
pusiera en tierra al fondo de la gruta. Por eso muy pronto, algunos comenzaron a
poner velas en este lugar de luz y de paz. La misma Madre de Dios hizo saber que
le agradaba este homenaje de miles de antorchas que, desde entonces, mantienen
iluminada sin cesar, para su gloria, la roca de la aparición. Desde entonces,
ante la gruta, día y noche, verano e invierno, un enramado ardiente brilla
rodeado de las oraciones de los peregrinos y enfermos, que expresan sus
preocupaciones y necesidades, pero sobre todo su fe y su esperanza.
Al venir en peregrinación aquí, a Lourdes, queremos entrar, siguiendo a
Bernadette, en esta extraordinaria cercanía entre el cielo y la tierra que nunca
ha faltado y que se consolida sin cesar. Hay que destacar que, durante las
apariciones, Bernadette reza el Rosario bajo la mirada de María, que se une a
ella en el momento de la doxología. Este hecho confirma en realidad el carácter
profundamente teocéntrico de la oración del Rosario. Cuando rezamos el Rosario,
María nos ofrece su corazón y su mirada para contemplar la vida de su Hijo,
Jesucristo. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II vino aquí, a Lourdes, en dos
ocasiones. Sabemos cuánto se apoyaba su oración en la intercesión de la Virgen
María, tanto en su vida como en su ministerio. Como muchos de sus Predecesores
en la sede de Pedro, también él promovió vivamente la oración del Rosario; lo
hizo, entre otras, de una forma muy singular, enriqueciendo el Santo Rosario con
la meditación de los Misterios Luminosos. Están representados en los nuevos
mosaicos de la fachada de la Basílica inaugurados el año pasado. Como con todos
los acontecimientos de la vida de Cristo que Ella "conservaba meditándolos en su
corazón" (cf. Lc 2,19), María nos hace comprender todas las etapas del
ministerio público como parte integrante de la revelación de la gloria de Dios.
Lourdes, tierra de luz, sigue siendo una escuela para aprender a rezar el
Rosario, que inicia al discípulo de Jesús, bajo la mirada de su Madre, en un
diálogo cordial y verdadero con su Maestro.
Por boca de Bernadette, oímos a la Virgen María que nos pide venir aquí en
procesión para orar con fervor y sencillez. La procesión de las antorchas hace
presente ante nuestros ojos de carne el misterio de la oración: en la comunión
de la Iglesia, que une a los elegidos del cielo y a los peregrinos de la tierra,
la luz brota del diálogo entre el hombre y su Señor, y se abre un camino
luminoso en la historia humana, incluidos sus momentos más oscuros. Esta
procesión es un momento de gran alegría eclesial, pero también de gravedad: las
intenciones que presentamos subrayan nuestra profunda comunión con todos los que
sufren. Pensamos en las víctimas inocentes que padecen la violencia, la guerra,
el terrorismo, la penuria, o que sufren las consecuencias de la injusticia, de
las plagas, de las calamidades, del odio y de la opresión, de la violación de su
dignidad humana y de sus derechos fundamentales, de su libertad de actuar y de
pensar. Pensamos también en quienes tienen arduos problemas familiares o en
quienes sufren por el desempleo, la enfermedad, la discapacidad, la soledad o
por su situación de inmigrantes. No quiero olvidar a los que sufren a causa del
nombre de Cristo y que mueren por Él.
María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de
caridad fraterna. Al orar con María, nuestro corazón acoge a los que sufren.
¿Cómo es posible que nuestra vida no se transforme de inmediato? ¿Cómo nuestro
ser y nuestra vida entera pueden dejar de convertirse en lugar de hospitalidad
para nuestro prójimo? Lourdes es un lugar de luz, porque es un lugar de
comunión, esperanza y conversión.
Al caer la noche, hoy Jesús nos dice: "Tened encendidas vuestras lámparas" (cf.
Lc 12,35); la lámpara de la fe, de la oración, de la esperanza y del amor. El
gesto de caminar de noche llevando la luz, habla con fuerza a nuestra intimidad
más honda, toca nuestro corazón y es más elocuente que cualquier palabra dicha u
oída. El gesto resume por sí solo nuestra condición de cristianos en camino:
necesitamos la luz y, a la vez, estamos llamados a ser luz. El pecado nos hace
ciegos, nos impide proponernos como guía para nuestros hermanos, y nos lleva a
desconfiar de ellos para dejarnos guiar. Necesitamos ser iluminados y repetimos
la súplica del ciego Bartimeo: "Maestro, que pueda ver" (Mc 10, 51). Haz que vea
el pecado que me encadena, pero sobre todo, Señor, que vea tu gloria. Sabemos
que nuestra oración ya ha sido escuchada y damos gracias porque, como dice San
Pablo en su Carta a los Efesios, "Cristo será tu luz" (Ef 5,14), y San Pedro y
añade: "[Dios] os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa"
(1 P 2,9).
A nosotros, que no somos la luz, Cristo puede decirnos a partir de ahora:
"Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5,14), encomendándonos la tarea de hacer
brillar la luz de la caridad. Como escribe el Apóstol san Juan: "El que ama a su
hermano, permanece en la luz, y no hay nada que lo haga caer" (1 Jn 2,10). Vivir
el amor cristiano es al mismo tiempo hacer entrar en el mundo la luz de Dios e
indicar su verdadero origen. Así lo dice San León Magno: "En efecto, todo el que
vive pía y castamente en la Iglesia, que aspira a las cosas de lo alto y no a
las de la tierra (cf. Col 3,2), es en cierto modo como la luz celeste; en cuanto
observa él mismo el fulgor de una vida santa, muestra a muchos, como una
estrella, el camino hacia Dios" (Sermón III, 5).
En este santuario de Lourdes al que vuelven sus ojos los cristianos de todo el
mundo desde que la Virgen María hizo brillar la esperanza y el amor al dar el
primer puesto a los enfermos, los pobres y los pequeños, se nos invita a
descubrir la sencillez de nuestra vocación: Basta con amar.
Mañana, la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz nos hará entrar
precisamente en el corazón de este misterio. En esta vigilia, nuestra mirada se
dirige hacia el signo de la Nueva Alianza en la que converge toda la vida de
Jesús. La Cruz constituye el supremo y perfecto acto de amor de Jesús, que da la
vida por sus amigos. "Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que
todo el cree en él tenga vida eterna" (Jn 3, 14-15).
Anunciada ya en los Cantos del Siervo de Dios, la muerte de Jesús es una muerte
que se convierte en luz para los pueblos; una muerte que, en relación con la
liturgia de expiación, trae la reconciliación, la muerte que marca el fin de la
muerte. Desde entonces, la Cruz es signo de esperanza, el estandarte de la
victoria de Jesús "Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único,
para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna"
(Jn 3,16). Toda nuestra vida recibe luz, fuerza y esperanza por la Cruz. Por
ella se revela toda la hondura de amor que encierra el designio original del
Creador; por ella, todo es sanado y llevado a su plenitud. Por eso la vida en la
fe en Cristo muerto y resucitado se convierte en luz.
Las apariciones estuvieron rodeadas por la luz y Dios ha querido encender en la
mirada de Bernadette una llama que ha convertido innumerables corazones.
¿Cuántos vienen aquí para ver, esperando quizás secretamente recibir alguna
gracia; después, en el camino de regreso, habiendo hecho una experiencia
espiritual de vida auténticamente eclesial, vuelven su mirada a Dios, a los
otros y a sí mismos. Les llena una pequeña llama con el nombre de esperanza,
compasión, ternura. El encuentro discreto con Bernadette y la Virgen María puede
cambiar una vida, pues están presentes en este lugar de Massabielle para
llevarnos a Cristo que es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra luz. Que la
Virgen María y Santa Bernadette os ayuden a vivir como hijos de la luz para ser
testigos cada día en vuestra vida de que Cristo es nuestra luz, nuestra
esperanza y nuestra vida. Amén.
[Traducción del original en francés distribuida por la Santa Sede. © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]