Compendio
de doctrina social de la Iglesia,
Pontificio Consejo, B.A.C., Madrid 2005, 450
págs.
Un Compendio que transformará la acción de los cristianos
«No es mero conocimiento teórico, sino que está pensado "para la acción"»
DAR ES SALAAM, sábado, 17
septiembre 2005 (ZENIT.org).-
Publicamos la intervención con la que el cardenal Renato Martino, presidente del
Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz presentó el Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia el 15 de julio en Dar Es Salaam (Tanzania).
La Misión de la Iglesia para un Humanismo Integral en Solidaridad
Por el cardenal Renato Martino, Presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz
Introducción
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, elaborado por el Consejo
Pontificio Justicia y Paz por encargo del Papa Juan Pablo II, fue presentado a
la prensa el 25 de octubre de 2994. Este documento – largamente esperado, desde
que su publicación prevista inicialmente para poco después del Año Jubilar, y
resultado de un largo proceso de trabajo, dado los complejos problemas
implicados en su precisión conceptual y en la elaboración de su contenido
material – ha sido recibido con gran interés.
Sin embargo, en base al mismo proceso que lo generó, este documento está
destinado a esparcir sus semillas de modo extenso, para fertilizar el suelo del
edificio de la sociedad durante un largo periodo de tiempo, para motivar y guiar
la presencia de los católicos en la historia, y no simplemente de una manera
improvisada. El destino del Compendio se medirá por la convicción con que se
reciba y por el uso que se haga de él para el relanzamiento de la actividad
pastoral general en la sociedad y, sobre todo, al causar una presencia
reflexiva, consciente, coherente y comunitaria de los laicos católicos
implicados en la sociedad y en la política. Si hoy damos el testimonio de una
cálida acogida del Compendio, será el mañana el que determinará si el espíritu y
el propósito, que guió su nacimiento, ha sido respetado.
Estructura y propósito del Compendio
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia brinda un cuadro completo de
las líneas fundamentales del «corpus» doctrinal de la enseñanza social católica.
El documento, fiel a las autorizadas indicaciones que el Santo Padre Juan Pablo
II dio en el número 54 de la exhortación apostólica «Ecclesia in America»,
presenta «de manera completa y sistemática, aunque de forma sintética, la
doctrina social, que es fruto de la sabia reflexión del Magisterio y expresión
del compromiso constante de la Iglesia, en fidelidad a la gracia de la salvación
de Cristo y en amorosa solicitud por el destino de la humanidad» (Compendio, No.
8).
El Compendio tiene una estructura sencilla y clara. Después de una Introducción,
siguen tres partes: la primera, que consta de cuatro capítulos, trata sobre los
presupuestos fundamentales de la doctrina social: el designio amoroso de Dios
con respecto al hombre y a la sociedad, la misión de la Iglesia y la naturaleza
de la doctrina social, la persona humana y sus derechos, y los principios y
valores de la doctrina social. La segunda, que consta de siete capítulos, trata
sobre los contenidos y los temas clásicos de la doctrina social: la familia, el
trabajo humano, la vida económica, la comunidad política, la comunidad
internacional, el medio ambiente y la paz. La tercera, muy breve – consta de un
solo capítulo –, contiene una serie de indicaciones para la utilización de la
doctrina social en la praxis pastoral de la Iglesia y en la vida de los
cristianos, sobre todo de los fieles laicos. La Conclusión, titulada «Para una
civilización del amor», resume la idea de fondo de todo el documento.
El Compendio tiene una finalidad precisa y se caracteriza por algunos objetivos
claramente enunciados en la Introducción, que reza así: «Se presenta como
instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los complejos
acontecimientos que caracterizan a nuestro tiempo; como guía para inspirar, en
el ámbito individual y en el colectivo, comportamientos y opciones que permitan
mirar al futuro con confianza y esperanza; como subsidio para los fieles en la
enseñanza de la moral social».
Asimismo, es un instrumento elaborado con el objetivo preciso de promover «un
nuevo compromiso capaz de responder a las demandas de nuestro tiempo y adecuado
a las necesidades y a los recursos del hombre, y sobre todo al anhelo de
valorar, con formas nuevas, la vocación propia de los diversos carismas
eclesiales con vistas a la evangelización del ámbito social, porque ‘todos los
miembros de la Iglesia participan de su dimensión secular’» (Compendio, No. 10).
Un dato que conviene poner de relieve, pues se halla presente en varias partes
del documento, es el siguiente: el texto se presenta como un instrumento para
alimentar el diálogo ecuménico e interreligioso de los católicos con todos los
que buscan sinceramente el bien del hombre. En efecto, en el número 12 se
afirma: «Este documento se propone también a los hermanos de las demás Iglesias
y comunidades eclesiales, a los seguidores de las otras religiones, así como a
los hombres y mujeres de buena voluntad que se interesan por el bien común».
En efecto, la doctrina social, además de dirigirse de forma primaria y
específica a los hijos de la Iglesia, tiene un destino universal. La luz del
Evangelio, que la doctrina social refleja sobre la sociedad, ilumina a todos los
hombres: todas las conciencias e inteligencias son capaces de captar la
profundidad humana de los significados y de los valores expresados en esta
doctrina, así como la carga de humanidad y humanización de sus normas de acción.
Evidentemente, el Compendio de la doctrina social de la Iglesia atañe ante todo
a los católicos, porque \"la primera destinataria de la doctrina social es la
comunidad eclesial en todos sus miembros, dado que todos tienen que asumir
responsabilidades sociales. En las tareas de evangelización, es decir, de
enseñanza, catequesis y formación, que suscita la doctrina social de la Iglesia,
está destinada a todo cristiano, según las competencias, los carismas, los
oficios y la misión de anuncio propios de cada uno\" (Compendio, No. 83).
La doctrina social implica, asimismo, responsabilidades relativas a la
construcción, organización y funcionamiento de la sociedad: obligaciones
políticas, económicas, administrativas, es decir, de índole secular, que
corresponden a los fieles laicos de modo peculiar, en virtud de la condición
secular de su estado de vida y de la índole secular de su vocación; mediante
esas responsabilidades los laicos ponen en práctica la doctrina social y cumplen
la misión secular de la Iglesia.
El Compendio y la misión de la Iglesia
El Compendio pone la doctrina social de la Iglesia en el corazón mismo de la
misión de la Iglesia. Se muestra así, sobre todo en el capítulo II, el aspecto
eclesiológico de la doctrina social, es decir, cómo esta doctrina se conecta de
modo íntimo con la misión de la Iglesia, con la evangelización y la proclamación
de la salvación cristiana en las realidades temporales. De hecho, entre los
instrumentos de la misión específica de la Iglesia de servicio al mundo, que
consiste en ser signo de la unidad de toda la humanidad y sacramento de
salvación, se encuentra también su doctrina social.
Los misterios cristianos de la resurrección y la encarnación del Verbo
atestiguan que el mensaje de salvación, que alcanzó su clímax en la Pascua, a
toda persona y a todas las dimensiones de lo que es humano, puesto que la labor
redentora de Cristo, «aunque esencialmente busca la salvación de la humanidad,
incluye también la renovación del entero orden temporal».
La Iglesia, existiendo en el mundo y para el mundo, aunque no sea del mundo, no
puede descuidar su misión propia de inculcar dentro del mundo el espíritu
cristiano: la Iglesia «tiene una dimensión secular auténtica, inherente a su
naturaleza y misión internas, que está profundamente enraizada en el misterio
del Verbo encarnado». Cuando la Iglesia logra implicarse en la promoción humana,
cuando proclama las normas de una nueva coexistencia en paz y justicia, cuando
trabaja, junto con todas las personas de buena voluntad, por establecer
relaciones e instituciones que sean más humana, es entonces cuando la Iglesia
«enseña el camino que el hombre debe seguir en este mundo para entrar en el
Reino de Dios. Su enseñanza se extiende, por tanto, a todo el orden moral, y
especialmente a la justicia que debe regular las relaciones humanas. Ésta forma
parte de la predicación del Evangelio».
El Catecismo de la Iglesia Católica explica que cuando la Iglesia «cuando cumple
su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su
dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las
exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina». Es
bueno resaltar las palabras de este pasaje «anunciar el Evangelio» y «misión»,
pues indican la vida y acción de la Iglesia, su mismo propósito según la
voluntad de su Fundador. Esto significa que, cuando ella presenta su doctrina
social, la Iglesia no está haciendo otra cosa que cumplir su misión más íntima:
«enseñar y extender su doctrina social pertenece a la misión evangelizadora de
la Iglesia y es parte esencial del mensaje cristiano».
Se ha hecho factible entender la doctrina social de la Iglesia en el contexto
del misterio de la creación, de la redención de Cristo y de la salvación – que
es integral en sí misma – que él trae: «Jesús viene a traer la salvación
integral, que abarca a toda la persona y a toda la humanidad, y abre la
maravillosa perspectiva de la filiación divina». Se ha hecho factible
encuadrarla mejor dentro de la relación que existe entre evangelización y
promoción humana, que están íntimamente conectadas pero no deben confundirse:
«Entre evangelización y progreso humano – desarrollo y liberación – hay…
profundos lazos». Se ha hecho factible considerarla conectada más de cerca de
toda la vida cristiana porque es «una parte integrante de la concepción
cristiana de la vida», según la memorable expresión de «Mater et Magistra».
El hecho de que el Compendio coloque la doctrina social dentro de la misión
propia de la Iglesia nos anima, por una parte, a no considerarla como algo
añadido o periférico a la vida cristiana y, por otro lado, nos ayuda a
entenderla como perteneciente a la comunidad. De hecho, el único sujeto que
satisface propiamente la naturaleza de la doctrina social es la comunidad
eclesial entera.
El Compendio, en el No. 79, indica: «La doctrina social pertenece a la Iglesia
porque la Iglesia es el sujeto que la formula, la disemina y la enseña. No es
una prerrogativa de un cierto órgano del cuerpo eclesial sino de la comunidad
entera: es la expresión de la forma en que la Iglesia comprende la sociedad y su
posición sobre las estructuras y cambios sociales. El conjunto de la comunidad
de la Iglesia – sacerdotes, religiosos y laicos – participa en la formulación de
esta doctrina social, cada uno según sus diferentes tareas, carismas y
ministerios dentro de ella».
La Iglesia es un cuerpo con muchos miembros que, «aunque muchos, son un único
cuerpo» (1 Corintios 12:12). La acción de la Iglesia es igualmente una, es la
acción de un solo sujeto, pero es llevada a cabo según una variedad de dones a
través de los cuales pasa toda la riqueza del cuerpo entero. «Toda la comunidad
cristiana» está llamada a un discernimiento con el fin de «escudriñar los
‘signos de los tiempos’ e interpretar la realidad a la luz del mensaje
evangélico», pero «cada persona individual» también está llamada a esta misma
tarea. «Cada uno por su parte» y «cada persona individual»: el servicio al
mundo, en la forma en que se puedan conocer los caminos del Señor, surge a
través del específico – que al mismo tiempo abarca todo – compromiso de cada
componente de la comunidad eclesial. En esta perspectiva, deseo ofrecer una
reflexión sobre la contribución de estos diversos componentes eclesiales.
Los obispos y el Compendio
El Compendio se pone en manos de los obispos. El decreto conciliar «Christus
Dominus», en el párrafo 12, ofrece algunos puntos interesantes sobre la función
del obispo, precisamente como maestro de la fe, al formular, enseñar y aplicar
la doctrina social de la Iglesia. Una parte integrante de esta función de
enseñanza, indica el decreto, es enseñar que «las cosas mismas de este mundo y
las instituciones humanas, según el designio de Dios Creador, se ordenan a la
salvación de los hombres y, por eso, pueden contribuir no poco a la construcción
del Cuerpo de Cristo» (No. 12).
El obispo está también llamado a «enseñar, por tanto, cuánto hay que estimar,
según la enseñanza de la Iglesia, la persona humana con su libertad y con la
vida corporal misma; la familia, su unidad y estabilidad, la procreación y
educación de los hijos, la sociedad civil con sus leyes y profesiones; el
trabajo y el descanso; las artes y los inventos de la técnica; la pobreza y la
riqueza» (Ibíd.). Finalmente, tiene también el deber de exponer «los modos de
resolver los gravísimos problemas de la propiedad, el crecimiento y la justa
distribución de los bienes materiales, de la paz y la guerra, y de la fraterna
convivencia entre todos los pueblos» (Ibíd.).
La íntima relación entre la doctrina social y el obispo como maestro de la fe
surge, en última instancia, del indisoluble vínculo existente entre doctrina
social y evangelización, un vínculo citado en muchas partes del Compendio. El
obispo es el maestro preeminente de la fe en una comunidad particular que tiene
la tarea específica de discernir los acontecimientos históricos a la luz de la
doctrina social. Esta es la tarea de la comunidad cristiana particular – como
indicaba el famoso párrafo cuarto de la «Octogesima Adveniens» – «analizar con
objetividad la situación», «para verter sobre ella la luz de las inmutables
palabras del Evangelio» y «discernir las opciones y compromiso a los que está
llamada». Esta es una tarea que pertenece a la comunidad y debe ser emprendida
«con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos que tengan
responsabilidad y en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los
hombres de buena voluntad», de manera que la proclamación del Evangelio social
pueda encarnarse en las mentes y en los corazones de los hombres y mujeres
concretos que comparte las mismas preocupaciones y las mismas esperanzas.
El obispo, como el primer servidor de su comunidad, encontrará en el Compendio
la ayuda necesaria para satisfacer este deber de discernimiento. El Compendio
será una suerte de punto de referencia para trabajar la doctrina social de la
Iglesia en su diócesis, teniendo en cuenta el magisterio social papal, así como
la Escritura y la Tradición, y estando atento a cómo se enseña y encarna esta
doctrina. El Compendio ayudará al obispo, en cuanto responsable de propagar la
doctrina social de la Iglesia en su diócesis, a recordar constantemente a todos
los sujetos eclesiales su responsabilidad social. Y el obispo no considerará la
aplicación de esta misma doctrina social en su diócesis como algo extraño a su
oficio de maestro de la fe. Ciertamente poner sus principios en práctica en la
política, la economía y el trabajo será tarea de otros sujetos, y en particular
manera de las asociaciones cristianas de laicos y de los laicos y laicas
individuales. No obstante, el obispo está llamado a mantener un importante papel
en la supervisión de esta aplicación para reanimar, incluso en forma profética,
las conciencias que se hayan adormilado, para condenar las distorsiones y los
errores en su aplicación, para indicar – sin implicarse en cuestiones empíricas
– los criterios básicos y las directrices dinámicas para resolver los problemas
humanos y sociales que ataren la palabra y las acciones de los creyentes.
Los sacerdotes y el Compendio
El Compendio se pone en manos de los sacerdotes. El sacerdote «en virtud de su
consagración recibida en el sacramento del Orden, es enviado por el Padre a
través de la mediación de Jesucristo, al que está configurado de una manera
especial como Cabeza y Pastor de su pueblo, para vivir y trabajar con el poder
del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y para la salvación del mundo». El
servicio sacerdotal al mundo tiene lugar según el carácter específico propio del
sacerdote. Es misionero, pero independientemente de su servicio litúrgico, al
hacer presente a Cristo en su enseñanza y en su misma vida, al ser un pastor de
su rebaño, por su valor como instrumento de diálogo entre cristianos y entre
cristianos y todos los hombres y mujeres.
El sacerdote sirve a la doctrina social de la Iglesia no cuando se implica
directamente en las actividades sociales y económicas, sino al enseñar el
Evangelio social desde el altar, al proclamar en su predicación la libertad de
Cristo y condenar la negación de los derechos humanos y la indiferencia por la
dignidad de la persona, al mostrar la fuerza incontenible del amor y la justicia
que manan del Verbo, al enseñar el valor social de la fe cristiana, al promover
una catequesis – especialmente entre los jóvenes y adultos – que también tome su
inspiración de la doctrina social, al incitar a la comunidad cristiana y al
laicado, tanto a individuos como a asociaciones, a abrir sus mentes y corazones
a las necesidades humanas de su propio territorio así como a las necesidades de
la más grande comunidad mundial.
Además, pertenece a la misión del sacerdote el promover los «diferentes papeles,
carismas y ministerios presentes dentro de la comunidad eclesial», en relación
también a la asimilación y proclamación de la doctrina social de la Iglesia.
Tiene la primera responsabilidad, dentro de la comunidad, de fomentar y
consolidar la conciencia que todos los sujetos de la comunidad deben tener
respecto a su papel en la evangelización de la sociedad: padres y familias,
laicos, el mundo de la enseñanza y la educación, asociaciones, movimientos, etc.
La vida consagrada y el Compendio
El Compendio se pone en manos de los religiosos y de las religiosas. Los que han
respondido a la llamada de Cristo a una forma de vida que ya anticipa en este
mundo la perfección del Reino de Dios tiene un lugar especial en la comunidad
cristiana y, en virtud de su carisma, tienen un papel único en la evangelización
de la sociedad. El suyo no es un alejamiento del mundo, es una forma diferente
de estar en el mundo. Es un camino especialmente profundo y no evasivo, en el
que quienes están en la vida consagrada ven las relaciones sociales y las
cuestiones económicos no sólo como son, sino también y sobre todo como serán y,
por lo tanto, como deben ser.
Los religiosos y las religiosas dejan todo atrás (Cf. Lucas 14:33; 18:29) para
abrir sus corazones a una plenitud mayor y a vivir más completamente un amor no
dividido al Señor (Cf. 1 Corintios 7:34), y así mostrar de forma profética a los
hombres y mujeres nuevas formas de relaciones con las cosas de la creación y con
los hermanos y hermanas: relaciones orientadas hacia el compartir, el construir
sobre la libertad de los hijos de Dios, relaciones que acepten más que posean,
relaciones de promoción humana más que de opresión.
La vida consagrada centra su mirada proféticamente en la resurrección, cuando
hombres y mujeres serán «como ángeles del cielo» (Mateo 22:30) y, ya en el
tiempo presente que vivimos aquí y ahora, es una anticipación de aquel
misterioso estado de perfección que los méritos de Cristo hacen posible: Todos
nosotros, ya, somos de hecho «uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). Por su
testimonio de las bienaventuranzas evangélicas en sus vidas personales y
comunitarias y por su total apertura – con sus votos de obediencia, pobreza y
castidad – a vivir con el Señor por la salvación del mundo, las personas
consagradas imbuyen las relaciones sociales, políticas y económicas de la
radicalidad del Evangelio.
La vida consagrada ofrece un modelo evangélico de coexistencia basada en el don
y mantiene viva la capacidad de toda la comunidad cristiana y de todas las
personas para discernir en el «ya» el «todavía no», de buscar la comunión y la
caridad, para proporcionar a las relaciones humanas un corazón incluso en la
sociedad de hoy.
El laico y el Compendio
El Compendio se pone sobre todo en manos del laico. En virtud de su bautismo, el
laico se coloca dentro del misterio de amor de Dios al mundo que Cristo ha
revelado y del que la Iglesia es memoria y continuación en la historia. Por
ello, el laico comparte el misterio, la comunión y la misión que caracterizan a
la Iglesia, pero lo hacen de acuerdo a una naturaleza particular, su naturaleza
secular. Las vidas de los laicos están directamente envueltas en la organización
de la vida secular, en las áreas de la economía, la política, el trabajo, la
comunicación social, el derecho, la organización de las instituciones en que se
toman las decisiones y las opciones que hacen las estructuras sociales afecten a
la vida civil.
El laico no está en el mundo más de lo que lo están otros sujetos eclesiales,
está en el mundo de una forma diferente. Trata directamente los asuntos
seculares, construyendo la arquitectura de las relaciones entre los miembros de
las comunidades sociales y políticas, dejando la marca de su trabajo en curso de
los acontecimientos mundiales, determinando los aspectos organizativos y
estructurales de estos acontecimientos.
El cristiano laico, con su capacidad profesional y su experiencia de la vida,
sirve a la evangelización de la sociedad al seguir su vocación de «buscar el
Reino de Dios implicándose en los asuntos temporales y ordenándolos de acuerdo
con el designio de Dios». Aportan a la comunidad cristiana su pasión por las
necesidades humanas y su apertura a aprender de los demás, puesto que Dios opera
también más allá de los confines oficiales de la Iglesia. Aportan al mundo su
saber cristiano que ordena las cosas según el designio de Dios y su deseo de
servir a la comunidad eclesial que, por medio de sus manos y de su trabajo,
alcanza los recovecos de la sociedad donde vive la gente.
El cristiano laico – con su competencia y capacidad profesionales, y tomando la
responsabilidad de trabajar en un contexto particular – completa de cierta forma
la doctrina social de la Iglesia a nivel práctico y media en su necesario
impacto sobre las realidades concretas. La evangelización es la proclamación de
una nueva vida; la evangelización de la sociedad no es una propuesta ideológica
abstracta sino la encarnación de nuevos criterios de comportamiento en la labor
de hombres y mujeres.
De esta forma, la doctrina social no es un mero conocimiento teórico, sino un
medio «de acción»; se orienta hacia la vida, se aplica con creatividad y ha de
ser encarnado. El laico tiene un papel muy particular, aunque no exclusivo, en
esta área. Puesto que la doctrina social es el encuentro entre la verdad del
Evangelio y los problemas humanos, el laico debe guiar estas directrices de la
doctrina social para la acción hacia resultados operativos concretos y
efectivos, incluso si estos resultados son sólo parciales.
Los laicos son hombres y mujeres que están dispuestos a correr riesgos y que
también experimentan concretamente esta doctrina. Elaborando soluciones
históricas concretas para los problemas de la humanidad, ellos no son, por
decirlo de alguna manera, un apéndice a la doctrina social de la Iglesia, sino
el mismo corazón de esta doctrina, puesto que ésta tiene un profundo carácter
«de experiencia».
El laico no debe abandonar esta labor de abrir nuevas fronteras y de lograr
nuevas respuestas. Toda la comunidad cristiana les sostendrá y les animará de
modo que, aunque de una parte sus opciones sólo pueden atribuirse a ellos mismos
sin implicar a toda la comunidad, por otro lado, sus esfuerzos son sentidos por
la comunidad como esfuerzos de la misma comunidad; su dura labor y sus
expectativas son apreciadas y valoradas. La comunidad cristiana no debería
frenarse en su implicación en un esfuerzo colectivo en las realidades
temporales, por temor a que la comunidad se vea comprometida o sufra divisiones
internas.
La responsabilidad de trabajar en la vanguardia y de hacer de esta doctrina una
experiencia vivida no se puede relegar únicamente al laico como individuo. Si
las decisiones últimas sobre las esferas política y social deben ser tomadas por
los laicos con su responsabilidad autónoma, las decisiones fundamentales de
orientación e incluso la creación de lugares para la experiencia concreta de
esta doctrina y para el diálogo deben ser empresa de toda la comunidad.
El laico cristiano es intermediario entre los principios de reflexión, de una
parte, los criterios de juicio y las directivas para la acción que se encuentran
en la doctrina social de la Iglesia, y, de otra, las situaciones concretas y
únicas en las que los fieles laicos deben actuar y tomar decisiones. Pero
mediación no significa falta de coraje, tendencia a la debilidad o al
compromiso. Si los cristianos han de ser sal, luz y levadura, deben esforzarse
por volver incluso más claro todo lo que es auténticamente humano en las
relaciones sociales, audaces y con apertura y esperanza de cara al futuro. En
esto, cuentan con la asistencia de la comunidad eclesial, con el estímulo de los
sacerdotes y de los hombres y mujeres en la vida consagrada, con la
participación en la vida sacramental y litúrgica, y con las indicaciones que les
llegan desde los lugares de discernimiento comunitario de los signos de los
tiempos.
Testimonio
Para concluir estas reflexiones sobre el Compendio de la doctrina social de la
Iglesia, quisiera poner de relieve una doble dimensión de la presencia de los
cristianos en la sociedad, una doble inspiración que nos viene de la doctrina
social misma y que en el futuro exigirá que se viva cada vez más en síntesis
complementaria. Me refiero, por una parte, a la exigencia del testimonio
personal y, por otra, a la exigencia de un nuevo proyecto para un auténtico
humanismo que implique las estructuras sociales.
Nunca se han de separar ambas dimensiones, la personal y la social. Yo albergo
la gran esperanza de que el Compendio de la doctrina social de la Iglesia haga
madurar personalidades creyentes auténticas y las impulse a ser testigos
creíbles, capaces de modificar los mecanismos de la sociedad actual con el
pensamiento y con la acción. Siempre hay necesidad de testigos, de mártires y de
santos, también en el ámbito social. Los Sumos Pontífices a menudo han hecho
referencia a las personas que han vivido su presencia en la sociedad como
«testimonio de Cristo Salvador».
Se trata de todos los que la «Rerum Novarum» consideraba «muy dignos de elogio»
por haberse comprometido a mejorar, en esos tiempos, la condición de los
obreros. De ellos la «Cetntessimus Annus» dice que «han sabido encontrar, una y
otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad». «A impulsos del
magisterio social, se han esforzado por inspirarse en él con miras al propio
compromiso en el mundo. Actuando individualmente o bien coordinados en grupos,
asociaciones y organizaciones, han constituido como un gran movimiento para la
defensa de la persona humana y para la tutela de su dignidad».
Son los innumerables cristianos, en su mayoría laicos, que «se han santificado
en las circunstancias más ordinarias de la vida». El testimonio personal, fruto
de una vida cristiana «adulta», profunda y madura, no puede por menos de
contribuir también a la construcción de una nueva civilización, la civilización
del amor.
[Traducción del original inglés realizada por Zenit]
ZSI05091701