Normal y hasta bueno

Álex NAVAJAS

Las bodas por la Iglesia han caído ocho puntos en Sevilla desde el año 2001. En el País Vasco, cerca del 30 por ciento de los niños ya no hacen la Primera Comunión. Casi dos de cada diez españoles van todos los domingos a misa: una cifra que también ha bajado, aunque todavía son muchos más los que cumplen con el precepto dominical que los que, por ejemplo, van al fútbol. El número de bautizos también se ha reducido, pero en menor medida: la mayoría de los españoles aún bautizan a sus hijos «por si acaso» o por tradición.
Noticias como éstas y similares saltan de vez en cuando a los titulares de los periódicos, y a los católicos de a pie se nos queda mal cuerpo. Pero les he de confesar que este paulatino abandono de los sacramentos me parece normal y, además, hasta tiene un punto de saludable. Normal, porque el «pasotismo» general que vivimos hace que muchos se nieguen a seguir las costumbres de sus abuelos. Y saludable, porque así se separa al trigo de la paja: a los que quieren llevar de veras un matrimonio cristiano de los que se casan por la Iglesia porque «el retablo barroco es una preciosidad» o porque «sería un disgustazo para mi abuela».
Vamos hacia una Iglesia de minorías, de pequeñas comunidades -advertía el entonces cardenal Ratzinger en su «Sal de la tierra»-, pero en donde se vive la fe con ganas, con autenticidad y entusiasmo. Por eso, ante las cifras aparentemente negativas de práctica sacramental, hay que ver la mano de Dios que poda el árbol de su Iglesia para que dé mucho más fruto.
A veces da la impresión de que hemos convertido las parroquias en «dispensadoras» de sacramentos, como si fueran máquinas de tabaco, y a los sacerdotes en «funcionarios espirituales». Y me parece que Dios no puede ver esto con buenos ojos. Mejor pocos que traten de vivir su fe con pasión que muchos que sólo pisen la iglesia el día de su boda o del bautizo de sus hijos. Por estupendo que sea el retablo.

"La Razón", 12-6-2006