Benedicto XVI en Baviera: Una buena catequesis para Europa
Por
monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela
PAMPLONA, sábado, 7 octubre 2006 (ZENIT.org).-
Publicamos el comentario redactado por monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de
Pamplona y obispo de Tudela a los discursos de Benedicto XVI pronunciados
durante su visita a Baviera en el pasado mes de septiembre.
* * *
En los
primeros días de septiembre, el Papa Benedicto XVI visitó los lugares de su vida
en su Baviera natal. Durante aquellos encuentros, en un ambiente profundamente
humano y cordial, el Papa quiso ofrecernos unas reflexiones extraordinariamente
oportunas para todos los cristianos europeos. Me parece de gran utilidad
presentar ahora a los católicos navarros un resumen de las ideas más
interesantes desarrolladas por el Papa durante aquellos días tan intensos.
En su visita el Papa deja ver cómo la fe cristiana no nos aleja de los hombres
ni nos desarraiga de nuestras tierras y nuestras costumbres, Al revés, nos ayuda
a ser más sensibles ante los beneficios que recibimos de familiares, amigos y
vecinos en cada momento de nuestra vida. La fe en Dios nos ayuda a profundizar
en nuestra humanidad. El Papa muestra su alegría por poder volver a los lugares
de su infancia, de sus estudios y de sus años de profesor. La fe nos hace
miembros de una comunidad espiritual que dura en el tiempo y se extiende en el
espacio. Quien cree nunca está solo. Su deseo profundo durante este viaje es
ayudar a sus compatriotas a «recuperar la alegría del cristianismo», la alegría
de ser cristianos, de vivir en una cultura cristiana. «Mi esperanza es que todos
mis compatriotas de Baviera y de Alemania se hagan parte activa en la
transmisión de los valores fundamentales de la fe cristiana a los ciudadanos de
mañana». ¿No os parece oportuno este deseo del Papa también para nosotros?
Ser cristiano significa reconocer a Dios como entro de la realidad y de nuestra
vida personal. Dios tiene que llegar a ser la fuerza determinante de nuestra
vida y de nuestras acciones. Adorando sinceramente a Dios llegamos a ser
realmente libres, enteramente personas. De esta adoración nace la verdadera
igualdad entre los hombres y la auténtica fraternidad universal. El amor a Dios
se manifiesta en el amor al prójimo.
Nuestro Dios no es un Dios lejano, está con nosotros, es parte de nuestro mundo
humano en la humanidad de Jesús, nuestro hermano. Y Jesús está cerca de nosotros
en los sacramentos de la Iglesia. Viviendo con El nos hacemos personas limpias,
justas, felices, capaces de transparentar la bondad y la felicidad de Dios. La
comunión espiritual y sacramental con Jesús hace de todos nosotros un pueblo
universal que tiene que ser ejemplo de vida para la humanidad entera. Donde se
engrandece el recuerdo y la presencia de Dios, también se engrandece el hombre,
lo mejor de la humanidad. Hay tres lugares privilegiados para recibir, alimentar
y expresar nuestra fe, la familia, la escuela y la parroquia.
La fe en Dios es sencilla, consiste en sentirse cerca de El, confiarse a su
amor, dejarse transformar por su amor para vivirlo y practicarlo en nuestra vida
de cada día. El Credo que recitamos es el Credo de nuestro bautismo, por el que
recibimos el amor de Dios que viene a nosotros, nos situamos en Cristo como el
molde viviente de nuestra vida, y en El nos hacemos todos hijos de Dios y
verdaderos hermanos entre nosotros. ¿Puede haber un mensaje más hermoso y más
fecundo? ¿Puede haber otro programa de humanidad mejor que este programa de
nuestra fe?
En la magistral lección que el Papa expuso en la Universidad de Ratisbona,
desfigurada por la polémica que provocó, el Papa hace un diagnóstico de la
cultura actual y nos descubre los caminos del verdadero progreso y de la paz
firme y estable entre los pueblos y las culturas. La verdadera religión no
convive con la violencia sino con la razón y con la libertad. Una razón, sin
religión, una cultura que se cierra a la trascendencia, como ocurre en
Occidente, pierde el rastro de la verdad y se deteriora en perjuicio del hombre.
Una fe que no reconoce la verdad de la razón, como ocurre en los diferentes
fanatismos, se pervierte también en sus esencias religiosas. Religión y razón se
necesitan y se enriquecen mutuamente. Sobre esta convicción tiene que apoyarse
el diálogo sincero entre diferentes religiones y diferentes culturas. La
polémica por las pretendidas ofensas hacia el Islam ha encubierto las verdaderas
enseñanzas del Papa para el hombre europeo y las tendencias culturales de
nuestras sociedades. Actuar según la recta razón conduce a Dios. Actuar contra
la razón es también actuar contra Dios. Y negarse a reconocer a Dios es negar la
fuerza más profunda de nuestra razón. El encuentro entre la fe bíblica y la
razón de los griegos produjo el alma de Europa. Una razón, una ciencia, una
cultura que se niega a crecer hasta el reconocimiento y la aceptación de Dios se
hace incapaz de iluminar la vida del hombre y de entrar en diálogo con las demás
culturas. Una lectura reposada de esta lección de Ratisbona nos puede hacer
mucho bien a nosotros.
Mucha gente se esfuerza en presentar un mundo sin Dios. Pero sin Dios no salen
las cuentas. No hay modo de explicar razonablemente la maravilla del mundo y de
la vida. Esta fe en Dios nos cura del miedo al mundo, del miedo a la vida y a la
muerte, nos hace vivir felices en la casa de nuestro Padre que protege y
garantiza nuestra vida para siempre. La fe suprime el miedo pero nos hace
madurar en la responsabilidad de nuestra salvación y de la salvación de los
demás. Es responsabilidad de los cristianos que los hombres de nuestro tiempo
puedan conocer a Jesucristo como patrimonio de la humanidad y salvador de la
humanidad.
En nuestro tiempo se da como una sordera espiritual que nos impide escuchar la
palabra de Dios. Hay demasiadas voces que nos aturden y perdemos la sintonía con
Dios. Así quedamos un poco perdidos en la orientación y valoración de nuestra
vida. El horizonte de nuestra vida y de nuestras aspiraciones se reduce de
manera preocupante. Cuando nos olvidamos de Dios nos parece que todo sigue
siendo normal. No nos percatamos de que hemos perdido de vista lo más bello y lo
más profundo de nuestra vida, de la vida de los demás, del mundo en que vivimos.
A veces los cristianos perdemos también la cercanía y el gusto de Dios. Hacemos
consistir nuestro cristianismo en una cierta sensibilidad social. Tenemos menos
interés por las cosas de Dios. No nos damos cuenta de que es la cercanía de Dios
lo que nos hace capaces de amar de verdad a nuestro prójimo. El Dios de
Jesucristo tiene que ser conocido, adorado y amado para que las cuestiones
sociales progresen y encuentren verdadera solución. El evangelio y la acción
social son inseparables. El crecimiento en recursos económicos y técnicos es
demasiado poco para el corazón del hombre. Para vivir la verdad de nuestra vida
en plenitud necesitamos vivir en comunión espiritual con Dios. El respeto a las
personas de dentro y de fuera no crecerá en el mundo occidental si no crece de
nuevo en nuestro mundo la fe en Dios, si Dios no está con nosotros y nosotros
con Dios. El mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. Necesitamos
situarnos libremente con amor y confianza en la presencia de Dios. El es la
fuente y la garantía de nuestra humanidad, personal y social.
En Occidente hacen falta hombres que quieran asumir y continuar la misión
salvadora de Jesús. Los sacerdotes, los cristianos que quieran ser apóstoles,
tiene que cumplir dos condiciones «estar con El y hablar de El». Estar con El
por la oración, por el amor, por la obediencia interior. Hablar de El,
predicando fielmente el evangelio en comunión con la Iglesia. El mundo es «el
campo de Dios». Dios cuida de nosotros con su palabra y con su amor. El
sacerdote, como Jesús, tiene que alimentar su vida y su trabajo de esta
confianza en el amor y en el poder de Dios. Para trabajar en el «campo de Dios»
hay que vivir íntimamente unido a El, reconocerle a El la primacía, anunciar
fielmente su palabra y los dones de su amor.
La Virgen María, con su corazón abierto hacia Dios y su vida estrechamente
vinculada a Jesús, es el modelo y la madre de nuestra fe, el modelo y la madre
de la Iglesia. Ella nos enseña a vivir siempre cerca de Jesús, a confiar en su
amor, a compartir con El el dolor de la Cruz y el gozo definitivo de la
resurrección. María es madre nuestra en la oración, en el amor, en la fiel
obediencia y en la fuerte esperanza.
Todo lo que precede es sólo un ramillete de la catequesis llena de amor y
clarividencia que el Papa quiso ofrecer en cuatro días de gran intensidad a
todos sus hermanos de Baviera, de Alemania y de Europa. Estoy seguro de que una
lectura tranquila de sus homilías y discursos podría hacernos a todos mucho
bien.
Pamplona, 4 de Octubre del 2006-10-04
+ Fernando Sebastián Aguilar.
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.
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