Es mucho lo que nos jugamos
Alejandro Llano
Hace casi cuatro años, don Alejandro Llano, profesor de Filosofía de la
Universidad de Navarra, analizaba, en estas páginas, las consecuencias que
tendría para España el atentado del 11 de marzo y la victoria socialista en
las urnas tres días después. No se equivocó en sus apreciaciones. Ahora,
vuelve a repasar lo ocurrido, una vez que se ha conocido la sentencia del
juicio. Y llama a la responsabilidad de los ciudadanos, que tienen que tomar
las riendas de un país que ha vivido, en estos años, la mayor erosión social
en mucho tiempo
A los pocos días del atentado del 11 de marzo publiqué, en Alfa y Omega un
artículo, titulado Cuatro días de ira, que despertó numerosas adhesiones y
algunos rechazos. Pasados casi cuatro años, y reciente aún la publicación de
la sentencia, parece oportuno hacer balance de lo dicho entonces y de sus
consecuencias durante este período, además de asomarse al horizonte que
aparece ante nosotros.
Lo primero que yo destacaba el 25 de marzo de 2004 era el hecho insólito de
que un ataque terrorista provocara cambios dramáticos en la vida política de
un país. El objetivo mediático que tiene el uso actual de la violencia había
conseguido sus fines del modo más espectacular posible. Tanto el americano
11-S como el londinense 7-J obtuvieron la réplica de un apoyo unánime de la
ciudadanía a los respectivos Gobiernos. Aquí, no. Aquí los explosivos, los
muertos, los heridos y los daños materiales provocaron en muchos una
reacción contraria al Gobierno de José María Aznar, al cual se hacía -de
manera injusta- responsable de la tragedia. Y esta eclosión emotiva estuvo
en buena parte motivada por la manipulación de la opinión pública llevada a
cabo, con fulgurante eficacia, por políticos y comunicadores socialistas;
éxito que fue facilitado por la torpeza de algunos líderes del Partido
Popular a la hora de manejar la crisis. Pues bien, tal movimiento así
esbozado no ha dejado de repetirse a lo largo de estos años. En todo
momento, el PSOE y el Gobierno de Rodríguez Zapatero han utilizado el
mecanismo freudiano de la proyección para seguir acusando a los populares de
aquello que temían que se les recordara, es decir, de la utilización
política del terrorismo. Y, simultáneamente, la oposición no ha conseguido
rectificar sus errores y ha continuado entrando al trapo de manera tan
tozuda como ingenua. Afortunadamente, los jueces no se han plegado a las
presiones oficiales, aunque tampoco han aceptado la tesis de la conspiración
que -dado el carácter oculto de este tipo de presuntos contubernios- es, por
definición, invulnerable e indemostrable.
El posthumanismo socialista
Me temía yo, y así lo anuncié, que el triunfo socialista llevaría consigo un
cambio que no afectaría precisamente a la economía, porque la izquierda
europea se ha pasado con armas y bagajes al planteamiento neoliberal. A
Zapatero sólo le quedaba el territorio social y cultural para demostrar su
progresismo: la transformación ética de la sociedad en clave posthumanista,
el cuestionamiento de la estructura constitucional y territorial de España,
la orientación de la enseñanza -en todos sus niveles- hacia la emergencia de
una nueva mentalidad que rompiera con la tradición, lo cual supondría un
claro enfrentamiento con la Iglesia católica y un maltrato a los cristianos
españoles. Todo ello se ha llevado a la práctica punto por punto, a pesar de
que hace cuatro años casi nadie se atrevía a anunciar lo que a mí me parecía
evidente. Recuerdo que un amigo inteligente y amable me dijo, tras leer mi
artículo: «Tranquilo, Alejandro, aquí no pasará nada». ¡Si llega a pasar!
Enfrentamiento
Zapatero cambió inmediatamente el sesgo de nuestra política exterior, en un
intento de congraciarse con los países árabes. No se puede decir que haya
tenido éxito. La muestra más reciente es la retirada del embajador de
Marruecos ante la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla. Frente a cierto
tipo de peligros, quizá sea más eficaz la firmeza que la condescendencia.
Una actitud semejante, aunque ambigua y a veces caótica, es la que ha
adoptado respecto a las tensiones territoriales. La situación es cada vez
más tensa y de no fácil salida. La propia monarquía ha sido cuestionada y la
insolidaridad entre regiones es notoria. Muchos españoles tendrán presente
este callejón sin aparente salida, a la hora de depositar su voto el mes de
marzo. Pero lo más grave de esta legislatura ha sido el enfrentamiento entre
ciudadanos, suscitado por cuestiones morales de fondo, como el matrimonio
homosexual, la Ley de Memoria histórica, la debilitación de la legislación
educativa y, sobre todo, el lanzamiento de la Educación para la ciudadanía,
difícilmente justificable en una democracia.
La labor de erosión social llevada a cabo por el Gobierno de Rodríguez
Zapatero no ha encontrado una respuesta válida en la oposición de
centro-derecha. Y esta falta de habilidad constituye también una suerte de
prolongación de actitudes que ya se registraron en torno al 11-M, y tuve a
la sazón oportunidad de señalar. El Partido Popular, cuyas posturas son más
sensatas que las de los socialistas y que cuenta en sus filas con elementos
valiosos, se ha quedado frecuentemente enganchado en polémicas que, al cabo,
no le favorecían.
Ha dado a veces una imagen de intemperancia que realmente acusaba más bien
la debilidad de su estrategia y la ausencia de un proyecto alentador e
interesante para los ciudadanos. La desatención hacia la cultura, la
educación y la opinión pública es una constante de cierto conservadurismo
más atento a la economía y a la cuestión territorial que a la vida diaria de
los españoles y a la vigencia de los valores éticos en la vida pública. Ya
en situación de precampaña electoral, les seguimos oyendo hablar de
competitividad y de la unidad de España, temas ambos de indudable
importancia, por más que se trate de cuestiones que inquietan mayormente a
votantes fieles al PP y van a arrancar pocas adhesiones fuera de las ya
consolidadas. Mientras tanto, los socialistas están planteando la
confrontación de manera simétrica: con ofertas electoralistas referidas a la
familia, a los jóvenes, a los emigrantes y a los peor situados
económicamente. Se atribuye a un miembro del Gobierno el siguiente
comentario: «Vamos a adelantar al PP por la derecha, y ni siquiera se van a
enterar». Al menos, no parecen haberse percatado hasta el momento. La
consabida llamada de atención que en unas elecciones de Estados Unidos
podría traducirse así: «¡Es la familia, imbécil!»
Las próximas elecciones
Una segunda legislatura del PSOE supondría consagrar los efectos
perjudiciales de la catástrofe del 11-M. Mas, para evitar este riesgo, es
imprescindible una toma de conciencia más aguda, por parte de los ciudadanos
responsables, de la importancia de las costumbres, las ideas, la enseñanza y
la cultura, asuntos más básicos que la buena marcha de la economía e incluso
que el orden público. Es mucho lo que nos jugamos dentro de cuatro meses.
Por otra parte, el Partido Popular, que dejó pasar la oportunidad de su
renovación a fondo tras el varapalo de marzo de 2004, debe adecuar su
estrategia, su mensaje, su programa y su imagen a la España real a la que se
dirige, a la voz de la calle, a las vivencias y opiniones de la gente
corriente y común.
La aceleración y complejidad del discurrir de la sociedad actual hacen que
el acaecer de estos pocos años transcurridos tras el 11-M, la historia más
reciente de España pueda convertirse en maestra de nuestra vida pública.
Permanezcamos atentos a sus enseñanzas.
Alfa y Omega, 09/11/07