Aborto libre y progresismo
Miguel Delibes
En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto
libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural,
coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En
principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese
algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha
exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La
defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente
de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un
ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo
que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero
una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un
código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los
que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de
viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso
de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo
suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su
desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el
feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural
que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el
aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no
sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término
santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el
momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros
argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá
que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver
entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de
nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo
libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso
no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el
embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de
tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy
reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un
cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos
humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero,
naturalmente, subordinándole al otro.
Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la
moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista
antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un
retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente
avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy
simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista
añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil
era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al
blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables
la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia.
En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba
atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante
sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar
su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante.
Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la
polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló.
El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era
ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más
desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía
de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en
unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no
violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse
impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante
una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no
podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más
débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía
recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va
contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y
menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los
anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún
defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es,
siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una
explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.
ABC, 20/12/07