Las cuentas del cambio climático

Lomborg quiere enfriar un debate sobrecalentado

Rafael Serrano

Las advertencias contra el cambio climático suenan cada vez más apremiantes, y la campaña está adquiriendo tono de cruzada. Frente a la extendida tendencia a la hipérbole, el especialista danés Bjprn Lomborg propone mantener la cabeza fría, guardar el hacha y sacar la calculadora. En su reciente libro En frío, el "ecologista escéptico", como se lo conoce por el libro que le dio fama (ver Aceprensa 130/01), echa cuentas y concluye que Kioto es mala solución, porque cuesta demasiado para lo poco que conseguirá.

Lomborg no duda que el cambio climático sea real ni que se deba en buena parte a las emisiones de C02 causadas por el uso de combustibles fósiles. Quiere que nos paremos a pensar cuáles son las mejores soluciones, calculando en cada caso los costes y los beneficios.

Con ese enfoque, Lomborg va contra la corriente dominante. "En la actualidad -escribe en el prefacio-, quien no apoye las soluciones más radicales al calentamiento de la Tierra es considerado un descastado irresponsable, quizá un maldito títere del lobby petrolero".

Mesianismo climático

La razón de tal maximalismo es que se ha llegado a atribuir a la lucha contra el cambio climático la altura moral de las más nobles causas. Algunos la comparan con la campaña abolicionista, o con la resistencia a Hitler, como expresamente hizo Al Gore en su discurso el día que recibió el premio Nobel de la Paz. En consecuencia, el discrepante queda asimilado a los antiguos esclavistas, el poco entusiasta es un cobarde Chamberlain y poner reparos a Kioto viene a ser como firmar Múnich y consentir a la Anschluss.

Una cita de Gore ilustra esta forma de ver el asunto: "La crisis climática nos ofrece la ocasión de experimentar lo que muy pocas generaciones a lo largo de la historia han tenido el privilegio de conocer: una misión generacional; la euforia de un apremiante empeño moral; una causa común y unificadora; la emoción de estar obligado por las circunstancias a olvidar la mezquindad y las rivalidades que tantas veces ahogan la incansable necesidad humana de trascendencia; la oportunidad de alzarse... Cuando nos alcemos, experimentaremos una epifanía al descubrir que esta crisis no tiene que ver nada en absoluto con la política: es una empresa moral y espiritual" (An Inconvenient Truth, p. 13).

"Amén", dan ganas de decir. Pues en verdad la campaña contra el cambio climático está tomando tintes mesiánicos.

Kioto o Harmagedón

Semejante moralismo supone, por una parte, que el peligro es máximo: así pues, no hemos de ahorrar esfuerzos; por otra, que tenemos a nuestro alcance los medios para evitarlo. En concreto, podemos frenar el calentamiento de la Tierra reduciendo las emisiones de C02 según lo acordado en el Protocolo de Kioto. Si no lo hacemos, vendrán los desastres tan vivamente anunciados en el libro y la película de Gore, y nuestra generación, por no cumplir su misión planetaria, será culpable de millones de muertes, inconmensurable sufrimiento y una devastación ecológica sin precedentes. Tenemos que elegir entre Kioto y Harmagedón.

En cambio, Lomborg señala que la cuestión no es tan simple. Primero, no está claro que las consecuencias del calentamiento previsible vayan a ser tan catastróficas. Segundo, antes de tomar una medida hay que sopesar sus costes y sus beneficios. Pues, dice, sin duda no se trata de reducir las emisiones "a cualquier precio", sino de procurar el mayor bien que se pueda a los seres humanos y la mejor protección de la naturaleza con los medios disponibles, que no son ilimitados.

No se puede hacer todo, y el cambio climático no es la única necesidad que reclama nuestros recursos: también hay que combatir el sida, la malaria y otras epidemias; asegurar el suministro de agua potable y saneamiento en amplias zonas de los países en desarrollo, donde mueren unos dos millones de personas al año por no tenerlo; reducir la pobreza extrema, que afecta a quizá la sexta, parte de la población mundial; escolarizar a millones de niños... Es el momento de sacar la calculadora, no sea que Kioto u otros planes contra el cambio climático resulten contrapro-, ducentes por traer más costos que beneficios, o por consumir recursos que sería más urgente emplear en otras necesidades.

Visto con el debido realismo, el, calentamiento de la Tierra es una cuestión económica, pues implica la gestión de recursos limitados, y cae en el ámbito de la política, que es el , arte de lo posible.

Números y más números

Para hacer sus cálculos, Lomborg maneja gran cantidad de datos y se preocupa de justificar con ellos sus afirmaciones, como es habitual en él. El libro lleva 1.116 notas, y la relación de publicaciones consultadas ocupa más de sesenta páginas.

Entre tantos números, no pocos se refieren a magnitudes muy difíciles de cuantificar. Hay que tenerlo en cuenta, por ejemplo, cuando Lomborg dice -o más bien sus fuentes-, que cumplir el protocolo de Kioto tendría un coste mundial de más de 5 billones de dólares hasta 2100.

Pero hemos de reconocer que Lomborg usa las estimaciones disponibles, y que sus datos no son peores que los de Gore y demás. En muchos casos, son los mismos, solo que añade otros que dan el contexto o apoyan una interpretación distinta.

El dato en su contexto

A veces, Lomborg da la réplica a cifras puramente erróneas o exageradas. Por ejemplo, en el documental con que ganó el Oscar el año pasado, Gore dice que, si no reducimos las emisiones de carbono, el nivel de los mares subirá 20 pies (6,1 metros) en lo que queda de siglo. Con imágenes impresionantes, muestra lo que eso supondría: quedaría anegado Miami entero junto con gran parte de Florida, Holanda desaparecería del mapa, en Bangladesh 60 millones de personas tendrían que buscarse otros lugares donde vivir.

Eso es infundado, explica Lomborg. La estimación media del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), de la ONU, estima que el nivel subirá 29 cm (hipótesis media, entre una baja de 18 cm y una alta de 60 cm). A continuación, Lomborg aporta un dato que permite captar la relevancia del anterior: 29 cm es, más o menos, lo que ha subido el nivel de los mares de 1860 hasta hoy, sin que hayamos sufrido catástrofes.

El otro factor que Gore no tiene en cuenta es que la humanidad no está inerme frente a las olas. Solo cede terreno al mar si el valor de lo que perdería es inferior al coste de protegerlo, o si no tiene medios de conservarlo. Un trabajo citado por Lomborg estima cuántos habitantes de zonas costeras serán afectados por la subida de las aguas en 2080, en función de distintas variables: con o sin cambio climático, con las mismas defensas actuales o con defensas mejoradas, y según las cuatro hipótesis de crecimiento económico que maneja el IPCC para calcular las consecuencias futuras del cambio climático.

Si la humanidad no hiciera nada, por el mero crecimiento demográfico aumentarían los daños aunque no subieran las temperaturas, y aumentarían mucho si se produce la subida prevista. Pero si se siguen mejorando las defensas contra las inundaciones, aunque el clima se caldee, solamente habrá más víctimas que ahora en el peor de las hipótesis de desarrollo económico, porque en tal caso las poblaciones en riesgo no tendrían los medios necesarios para protegerse mejor.

Contra calentamiento, desarrollo

Lo último abona una tesis en que insiste Lomborg: para mejorar la suerte de la humanidad necesitamos más recursos económicos; sería perjudicial combatir el cambio climático con medidas que frenaran el desarrollo.

Después de echar cuentas, Lomborg sostiene que el protocolo de Kioto no es buena solución. Si se cumpliera, en 2100 el nivel de los mares habría crecido tan solo 2 cm menos y la temperatura media habría subido 2,42 grados en vez de 2,6. Y tan modesto provecho se habría obtenido a un coste altísimo. Kioto, entonces, dejaría a la humanidad con menos posibilidades de defenderse contra las consecuencias negativas del cambio climático y las demás miserias de la vida.

Los más perjudicados serían, naturalmente, los países más pobres. Como observa Lomborg, una determinada subida del PIB, que para los habitantes de una nación industrializada significa solo un aumento marginal de la riqueza, para los de un país en desarrollo puede ser una mejora crucial en alimentación, saneamiento, atención médica, escolarización de niños... y otros bienes básicos que los ricos dan por supuestos.

Los beneficios de Kioto estarían también mal repartidos, porque serían muy diferidos. Cuando los problemas que causará el calentamiento de la Tierra se noten de verdad, en torno a 2100, la población mundial tendrá más recursos que ahora. Se suele decir que los países desarrollados están especialmente obligados a reducir sus emisiones de carbono porque las consecuencias de su actual derroche serán peores para los países pobres, que en cambio hoy no disfrutan de esa abundancia. Pero, observa Lomborg, de esa manera "intentamos ayudar a generaciones de un futuro lejano, que serán mucho más ricas", mientras hacemos poco por los pobres de hoy.

Antes Doha que Kioto

De ahí las conclusiones del llamado Consenso de Copenhague, los estudios promovidos por Lomborg sobre las prioridades de la ayuda al desarro¡lo. Se pidió a sendas comisiones de economistas -entre ellos cuatro premios Nobel- y de embajadores ante la ONU que hicieran una lista de las principales necesidades de la humanidad y pensaran en qué orden habría que acometerlas, según su urgencia y las posibilidades reales de aliviarlas. Ambos grupos llegaron a resultados muy parecidos.

En cabeza de las listas figuran las acciones de "mayor rendimiento": aquellas que hacen más por remediar una necesidad muy grave con menor costo relativo. Según estos criterios, la prioridad número 1 es la lucha contra las enfermedades infecciosas que más matan, empezando por el sida y la malaria. Por ejemplo, con los medios actualmente disponibles se podría bajar a la mitad la tasa de infecciones de malaria y reducir un 72% la mortalidad en niños menores de 5 años, a un coste de 13.000 millones de dólares.

En segundo lugar, la malnutrición, que contribuye a más de 2 millones de muertes al año y deja secuelas en muchas más personas, se podría también reducir a la mitad con 12.000 millones de dólares bien gastados. La otra prioridad alta es eliminar los subsidios agrícolas de los países ricos, lo cual reportaría un beneficio de unos 2,4 billones de dólares anuales, la mitad para el mundo en desarrollo: mucho más que el coste de las subvenciones.

En la cola de ambas listas aparecen las medidas contra el cambio climático: establecer un impuesto elevado sobre las emisiones de carbono (25 dólares o más por tonelada) y cumplir el protocolo de Kioto. En este caso, el rendimiento es negativo, según los modelos manejados por el Consenso: mientras en las prioridades más altas se obtiene de 10 a 40 dólares de beneficios sociales por cada dólar invertido, la reducción de emisiones costaría 180.000 millones anuales y retornaría 52.000 millones.

Que otros problemas tengan prioridad no significa, para Lomborg, que no haya que hacer nada con el cambio climático, sino que debemos buscar la intervención justa: más vale una medida modesta, pero eficiente, que otra ambiciosa y de rendimiento negativo, como el protocolo de Kioto.

(1) Bjorn Lomborg. En frío. Guía del ecologista escéptico para el cambio climático. Espasa. Madrid (2008). 252 págs. 19,90 €. T.o.: Cool It. The Skeptical EnvironmentalisYs Guide to Global Warming. Traducción: Jesús Fabregat.

El haber del calentamiento

Para hacer bien las cuentas del cambio climático, advierte Lomborg, hay que rellenar las dos columnas: la del debe y la del haber. El calentamiento de la Tierra no es un mal puro: tendrá algunos efectos beneficiosos, que compensarán en parte los perjuicios.

Al Gore destaca que el cambio climático aumentará las víctimas de olas de calor, como la sufrida por Europa en el verano de 2003, que causó unas 35.000 muertes, sobe todo en Francia. Lomborg reconoce que, en efecto, si el clima se caldea como prevé el IPCC, hacia 2050 habrá en el mundo unos 365.000 muertes adicionales por año a consecuencia del calor.

Pero eso no es el cuadro completo. Cuando aumenta la temperatura media, las mínimas suben más que las máximas. Así, aunque habrá más olas de calor, las olas de frío, que matan más, disminuirán en mayor medida. El cambo climático evitará en torno a 1,7 millones de muertes por frío al año, de modo que en este aspecto el balance es positivo.

Un caso similar es el de la disminución de los glaciares, que hará subir unos 8 cm el nivel de los mares en este siglo. La otra cara del fenómeno es que el lento deshielo aporta agua a las cuencas, y en mayor cantidad cuando más se necesita, en la estación calurosa. Según las fuentes manejadas por Lomborg, por esa razón el cambio climático aumentará el agua disponible durante unos 50 años. El problema vendrá después, si los glaciares desaparecen del todo o casi, pues entonces se per- 1 derá su efecto regulador. Habría entonces que aprovechar el medio siglo de abundancia para prepararse a gestionar caudales más variables.

Otro ejemplo de perspectiva parcial es lo que muestra Al Gore del deshielo en la Antártida. Se limita a una 1 pequeña parte del continente, la Península Antártica, que se extiende hacia el extremo de Sudamérica. Gore no dice que esa es la única zona de la Antártida donde ha subido la temperatura; en el resto ha habido un enfriamiento.

En todo caso, el calentamiento previsto en este siglo no pondrá en peligro la espesa capa de hielo (2 kilómetros por término medio) que ha ido formándose en la Antártida desde hace unos 35 millones de años. Esto tendrá otra ventaja: como el cambio climático, según los modelos aceptados, traerá mayores precipitaciones al aumentar la evaporación en los océanos, el continente helado acumulará más agua, en forma de nieve, que no volverá al mar. En consecuencia, la Antártida reducirá en 5,5 cm el nivel de los mares, según el IPCC. Esto contrarrestará de sobra la subida a causa del deshielo en Groenlandia, estimado en 3,5 cm.

Qué se puede hacer

Lomborg propone dos soluciones en lugar de Kioto. La primera es gravar el carbono con un impuesto moderado, específicamente dirigido a compensar el perjuicio que causan las emisiones. Tras revisar las distintas estimaciones de este daño, Lomborg concluye que el impuesto debería estar entre 2 y 14 dólares por tonelada (mucho menos que los 85 dólares que dice el informe Stems). Si se sube poco a poco desde el mínimo hasta el tope durante el siglo, se puede esperar que las emisiones bajarían un 5% al principio y hasta un 10% en 2100. Si así sucediera, resultaría mejor que Kioto, que prevé una reducción del 0,4% en 2010.

La segunda idea es aumentar las inversiones en investigación y desarrollo de energías renovables y eficiencia energética, que están en su nivel más bajo de los últimos 25 años. Lo mejor, dice Lomborg, sería que todos los países se comprometieran a gastar una parte fija del PIB, el 0,05%, y así el Primer Mundo cargaría con la mayor parte del coste.

Nuevas formas, aún no inventadas, s de producir energía con menos emisiones de C02 y a costo competitivo reportarían beneficios imposibles de calcular. En todo caso, el gasto que propone Lomborg sumaría actualmente unos 25.000 millones de dólares anuales, mucho menos que Kioto.

"Aceprensa", Servicio 19/08