Primeras comuniones
José María Gil Tamayo
No cabe duda de que este año 2005 va a estar marcado en la memoria por la gran eclosión de fe que se ha vivido en torno a la muerte de Juan Pablo II y a la elección de su sucesor Benedicto XVI; lo que además de todas las consideraciones sociológicas y mediáticas –tan dadas ellas a querer agotar la realidad- muestra, sobre todo, el arraigo y cariño que en el Pueblo de Dios suscita la figura del Papa.
Pero vueltos a la normalidad de la vida de la Iglesia, ésta viene determinada por ser 2005 el “Año de la Eucaristía”. En torno a este sacramento y misterio ha girado la última enseñanza magisterial del recordado Papa Wojtyla y así se propone hacerlo también en este año Benedicto XVI. Del primero nos quedan su encíclica “Ecclesia de Eucaristía”, donde señala la rica doctrina teológica sobre el sacramento central y cumbre de la vida cristiana, así como la Carta Apostólica “Mane nobiscum Domine”, en la que se concreta aún más dicha enseñanza y sus consecuencias eclesiales, misioneras y caritativas.
En esta línea ha ido también la Congregación para el Culto Divino proponiendo iniciativas pastorales y haciendo, mediante la instrucción “Redemptoris Sacramentum”, una llamada a promover el verdadero culto eucarístico y evitar los abusos o corruptelas que se ha introducido en las celebraciones.
En el horizonte de los próximos meses están también con contenido eucarístico tanto la XX Jornada Mundial de la Juventud en Colonia como la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
Advertir de la importancia esencial de la Eucaristía es siempre necesario, pero para nosotros lo es más en estas fechas, dado que cada año asistimos en ellas, no sin una cierta y hasta resignada impotencia pastoral, a multitud de Primeras comuniones, que se ven afectadas por el despilfarro de unos gastos excesivos así como de una significativa falta de integración posterior en la vida normal de la comunidad cristiana, tanto de los niños que han accedido a la mesa eucarística, como de muchos de sus padres, sólo participantes muy ocasionales cuando no alejados.
Por otro lado, el mencionado y escandaloso desembolso económico, además de contradecir el significado religioso de la celebración eucarística ser un escándalo para los pobres, supone una carga innecesaria a las familias, sobre todo a las menos pudientes, que sólo obedece al mimetismo que provoca la sociedad de consumo, donde hay que demostrar socialmente el bienestar o el estatus social conseguido.
Aparte de seguir denunciado con caridad y buen sentido estas ostentaciones, habrá que pensar en cómo derivar hacia otros eventos, que nada tengan que ver con una celebración cristiana, la manifestación del poder adquisitivo logrado.
Por desgracia, todo esto está ocurriendo a pesar de, por lo general, cuidados procesos catequéticos,de reiteradas advertencias a los padres en reuniones preparatorias de tan importante acontecimiento de la iniciación cristiana, y del generalizado consenso e insatisfacción de todos por tal situación, que nada tiene que ver con la verdadera alegría y fiesta que reclama la recepción por primera vez de la Eucaristía.
Lo cierto es también que a pesar de todas las dificultades ambientales, que no son pocas, algo importante debe estar fallando en nuestra pastoral para que persista esta situación y en la que no se logra remitir sus excesos y conciliarla con el auténtico sentido cristiano de la fiesta que, por supuesto, no excluye el sano esparcimiento y justo adorno.
El remedio no es fácil ni inmediato, pero sí exige entre otras cosas, además de una catequesis integral que incluya a los padres de forma no ocasional, recobrar el buen sentido litúrgico –lleno de dignidad y de naturalidad- en nuestras celebraciones eucarísticas junto con la piedad y el irrenunciable compromiso de amor fraterno a los más necesitados.
No estaría mal que en este “Año de la Eucaristía” ante nuestras Primeras comuniones todos hiciéramos un buen examen de conciencia y propósito de la enmienda: una verdadera conversión.
ECCLESIA 21-5-05