San
Josemaría Escrivá, maestro de oración en la vida ordinaria
(Artículo de Mons. Javier
Echevarría publicado en la revista Magnificat)
28 de febrero de 2007
(I)
Entre los maestros de
espiritualidad de la historia de la Iglesia, San Josemaría Escrivá ocupa un
lugar propio por varios motivos. Ante todo, por tratarse de un santo de nuestros
días (fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2002), que ha difundido la
llamada universal a la santidad, de manera concreta, entre millares y millares
de cristianos.
Para alcanzar la santidad resulta imprescindible mantener un trato habitual con
Dios; o dicho de otro modo: rezar. Pero este medio no consiste sólo en desgranar
plegarias vocales; es hablar con Dios, poniendo en ejercicio todas las
capacidades humanas: el alma y el cuerpo, la cabeza y el corazón, la doctrina y
los afectos. Ser santos significa parecerse a Jesucristo: cuanto más le
imitemos, cuanto más nos asemejemos a Él, desarrollando con la gracia y nuestro
esfuerzo la identificación sacramental recibida en el Bautismo, mayor santidad,
mayor identificación con el Maestro alcanzaremos. De ahí la importancia de esa
"conversación habitual" con Él. «¿Santo, sin oración?», se pregunta San
Josemaría en uno de sus libros más difundidos. Y responde concisamente: «No creo
en esa santidad» (Camino, 107).
Dios concedió al Fundador del Opus Dei, entre otros, el don de enseñar de modo
práctico que los hombres y las mujeres que se desenvuelven en medio de las
actividades terrenas —en el trabajo, en la familia, en los más variados y
honrados ambientes profesionales y sociales—, pueden y deben aspirar a la
santidad sin descuidar los quehaceres temporales; al contrario, han de servirse
precisamente de esas incidencias para buscar a Dios, encontrarle y amarle. Ha
merecido, por eso, que la Santa Sede le llamara «contemplativo itinerante»,
en el Decreto con el que se reconoce que practicó, en grado heroico, todas las
virtudes cristianas, paso previo para la canonización.
Este resumen de lo que fue la
vida de San Josemaría comporta consecuencias muy importantes. En primer lugar,
que no hay ningún género de vida —si no se opone a la ley de Dios— que no pueda
ser santificado; que a nadie se le niega la gracia para llegar a ser
verdaderamente contemplativo; que resulta posible mantener la presencia de Dios
en medio de las tareas más absorbentes, relacionarnos con Él en el fragor del
mundo, sin abandonar el lugar que cada uno ocupa en la sociedad. En definitiva:
conducirse como un hombre o una mujer de oración no está reservado sólo a
quienes —acogiendo una llamada especial— siguen la vida sacerdotal o religiosa.
La vida contemplativa, precisamente por tratarse de un requisito en el camino de
la santidad, se nos presenta como camino al alcance de todos.
San Josemaría Escrivá fue llamado por Dios, no sólo para proclamar este mensaje,
sino para enseñar a asumirlo, sin rebajar ninguna de sus exigencias. Su ejemplo,
las enseñanzas que transmite en sus escritos y, sobre todo, la realidad de
innumerables personas que se inspiran en su espíritu para santificarse en medio
de los asuntos terrenos, constituyen una expresión clara de la validez de lo que
afirmó después el Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad.
También reflejan un modo concreto de llevar a la práctica la propuesta de Juan
Pablo II, de cara al nuevo milenio, cuando exhortó a los cristianos a
profundizar en el "arte de la oración" para aspirar a una "medida alta" de la
santidad en la situación de cada día.
Antes de mostrar algunos de los puntos fundamentales de las enseñanzas sobre la
oración de este maestro de vida cristiana, recojo el comienzo de una homilía que
lleva el significativo título de "Vida de oración". Escribe San Josemaría:
«Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más
generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra
existencia cristiana, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del
Evangelio: conviene orar perseverantemente y no desfallecer (Lc
18, 1). La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración
somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (Amigos
de Dios, 238).
(II)
Una de las "pasiones" de San
Josemaría consistía en el amor a la libertad de las conciencias. Fue un defensor
decidido de la libertad personal —con la consiguiente responsabilidad personal—
en todos los órdenes de la vida. En el aspecto espiritual, su constante
enseñanza se tradujo en que hay muchos caminos para llegar a la santidad, porque
«cada alma es una obra maestra de Dios» (Amigos de Dios, 83), y el Señor
traza su vía personalísima a la criatura para que se identifique con Cristo. Por
eso, sin despreciar las enseñanzas de otros santos, no era partidario de métodos
rígidos para enseñar a hacer oración.
Su propia experiencia, y la de tantas almas a las que ayudó en la vida interior,
le reafirmaron en la opinión de que cada uno ha esforzarse —bajo la guía del
Espíritu Santo y con los consejos recibidos en la dirección espiritual personal—
por encontrar su propia senda: «Cada caminante siga su camino», solía repetir;
un camino que, además, irá variando según las necesidades y las circunstancias
de cada alma.
Buscar, encontrar, amar a Cristo
A la vez, dentro de esa gran variedad de situaciones personales, ya desde los
años 30 solía señalar unos grandes tramos —válidos para todos— que se han de
recorrer para llegar a ser almas de oración: «Que busques a Cristo: Que
encuentres a Cristo: Que ames a Cristo. —Son tres etapas clarísimas. ¿Has
intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, 382).
No se trata —como señala el mismo Fundador del Opus Dei— de etapas claramente
diferenciadas, ni el hecho de haber superado una lleva consigo automáticamente
la instalación en la siguiente. En otras ocasiones, por ejemplo, apuntaba a
«cuatro escalones» para llegar a identificarse con Cristo: «buscarle,
encontrarle, tratarle, amarle». Y añadía: «Quizá comprendéis que estáis como en
la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas
vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo
habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener
vuestra conversación en los cielos» (Amigos de Dios, 300).
En definitiva, la senda de la
oración no es algo que se adquiere de una vez por todas: siempre hay que estar
comenzando, recomenzando, con la ilusión humana y sobrenatural de mejorar en el
trato con Dios; se requiere considerarse siempre discípulo, y nunca maestro.
Esta actitud, además de revelarse como un fuerte contrapeso a la posible
tentación de soberbia espiritual, ayuda a no desanimarse, a no abandonar la
práctica de la meditación porque nos parece que no avanzamos.
En el curso de la oración mental o meditación, lo más importante consiste en
llegar al trato personal con Jesús. Todo lo demás —como leer algún párrafo del
Evangelio o de un libro piadoso, reflexionar sobre lo que se ha leído,
confrontarlo con la propia vida, etc.—, sabiendo que resulta muy conveniente e
incluso necesario, se encamina a mover la voluntad, que debe prorrumpir en
afectos: actos de amor o de dolor, acciones de gracias, peticiones,
propósitos..., que constituyen el fruto en sazón de la oración verdadera. Se
trata de decisiones de amar más a Dios y al prójimo, concretadas quizá en puntos
muy pequeños, pero que dejan en el alma un regusto —no necesariamente de
naturaleza sensible— que se manifiesta en paz interior y en serenidad para
afrontar con nueva energía, y con el gozo de los hijos de Dios, los deberes y
las ocupaciones inherentes a la propia situación.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la práctica de la oración supone
un verdadero "combate" espiritual (n. 2725). Lo enseñó con las mismas palabras
el Fundador del Opus Dei; y añadía que esa lucha, aunque esforzada, no es triste
ni antipática, sino que posee la alegría y la juventud del deporte. Un "combate"
en el que siempre estamos a la expectativa del "premio" —el mismo Dios— que se
entrega íntimamente a quien persevera en buscarle, tratarle y amarle.
(III)
«Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" —¿De qué? De Él, de
ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones
diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y
desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"» (Camino,
91).
Estas palabras resumen bien el
contenido de la oración de los hijos de Dios. Un buen hijo, sobre todo si es
pequeño, conversa abiertamente con su padre o con su madre sobre cualquier
asunto. Tiene una confianza inquebrantable en ellos, pues sabe que todo lo suyo
les interesa grandemente. Y si, en el trato humano, cristiano, conviene tener en
cuenta las circunstancias de cada uno, en el trato con Dios, este criterio ha de
aplicarse con absoluta confianza. No importa tanto lo que le vamos a decir o
cómo nos vamos a expresar, sino ante todo el deseo de dialogar con Quien nos ama
inmensamente y sólo desea nuestro bien.
Unos consejos para hacer oración
«¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a
decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!...", está seguro de que has empezado a
hacerla» (Camino, 90).
Los que comienzan, suelen necesitar de ayudas especiales, de algunos apoyos. San
Josemaría las llamaba "muletas", porque sirven de puntos de referencia para
comenzar el diálogo con el Señor: la consideración de un pasaje del Evangelio,
de otros libros sagrados o de un texto litúrgico; la meditación atenta de las
palabras de una oración vocal, como el padrenuestro o el avemaría; la lectura de
un libro que proponga temas para la oración... Con el tiempo se podrán dejar
esas "muletas", aunque nunca conviene abandonarlas del todo. No es raro, en
efecto, que se precisen de nuevo al cabo de los años, o de cuando en cuando.
Entonces se utilizan como asidero para superar las dificultades que, antes o
después, quizá se presenten: distracciones, aridez interior, preocupaciones que
pugnan por salir a flote en esos momentos, cansancio físico o intelectual...
Conviene recordar que la
oración se desarrolla como un combate en el que nunca hay que darse por vencido.
Porque, entre las excusas para abandonar los ratos diarios de oración, una de
las más frecuentes es el desánimo. Al no advertir progresos claros, puede
sobrevenir la tentación de limitarse a rezar oraciones vocales, o ni siquiera
esto. ¡Qué gran error sería! Lo importante en este "negocio" no se mide por los
resultados contabilizables (que por otra parte resulta imposible calcular en una
actividad de tipo sobrenatural), sino la perseverancia para seguir hasta el fin
en el tiempo dedicado a la meditación, sin ceder en el afán de superar los
obstáculos.
Entre los consejos prácticos que sugería San Josemaría, unos versaban sobre el
lugar y el tiempo de la meditación: buscar un sitio que facilite el recogimiento
interior (delante del Sagrario, siempre que sea posible), y sujetarse a un
horario, sabiendo que es mejor adelantarla que retrasarla, cuando se prevé algún
inconveniente; pedir ayuda a nuestros aliados, los Ángeles Custodios; tratar de
convertir incluso las distracciones en materia del diálogo con Dios. Esto tiene
máxima importancia, porque rezar es mantener una conversación con el Señor, no
con nosotros mismos.
En esta línea se inscribe la recomendación de "meterse" en las escenas del
Evangelio. «Te aconsejo —decía— que, en tu oración, intervengas en los pasajes
del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el
misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el
entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón
enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre.
Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo
que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo:
y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones»
(Amigos de Dios, 253).
Se demuestra también muy eficaz el recurso a la Virgen, Maestra de oración, y a
San José, al empezar y acabar los ratos de oración. «Ellos presentarán nuestra
debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza» (Amigos de Dios,
255).
IV
Si el alma cristiana es fiel y perseverante en el trato con Dios, su oración no
quedará confinada sólo a los momentos especialmente dedicados a hablar con Él.
Se prolongará durante la jornada entera, día y noche, haciendo posible que el
trabajo y el descanso, la alegría y el dolor, la tranquilidad y las
preocupaciones, la vida entera se convierta en oración. Así, casi sin darse
cuenta, el cristiano coherente con su vocación de hijo de Dios se va
convirtiendo en un contemplativo itinerante, en alma de oración.
Vida de oración
«Recomendar esa unión continua con Dios, ¿no es presentar un ideal, tan sublime,
que se revela inasequible para la mayoría de los cristianos? Verdaderamente es
alta la meta, pero no inasequible. El sendero, que conduce a la santidad, es
sendero de oración; y la oración debe prender poco a poco en el alma, como la
pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso» (Amigos de
Dios, 295).
En la homilía "Hacia la santidad", San Josemaría describe a grandes rasgos el
itinerario de su propio camino espiritual, y ofrece como la falsilla para
convertir toda la existencia en oración. «Empezamos con oraciones vocales, que
muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a
Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (...). ¿No es esto —de alguna manera— un
principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? (...).
»Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente
ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la
intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos
entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor
perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas
propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va
hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a
Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios,
296).
Un paso importante en esta
senda es el "descubrimiento" de la Humanidad Santísima de Jesús, que es siempre
el único camino para llegar a la Trinidad. «Seguir a Cristo: éste es el secreto.
Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan
de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no
hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor
Jesucristo» (Amigos de Dios, 299).
Distintivo del discípulo de Cristo es el encuentro con la Cruz. No hay que
rehuirla, ni tampoco buscarla temerariamente en cosas grandes. El Espíritu Santo
nos la presenta sirviéndose habitualmente del acontecer cotidiano, concediendo
al mismo tiempo la gracia para amarla. La Cruz entonces no pesa: Jesús mismo,
buen cirineo, la lleva sobre sus espaldas. El alma comienza a caminar por la
senda de la contemplación y descubre al Señor en cada paso. Momentos de prueba
se alternan con otros de calma, pero la alegría interior —compatible con el
sufrimiento— no falta nunca: aquí descubriremos la señal más clara de que
marchamos junto al Maestro.
Así, correspondiendo a la gracia, se llega a descubrir, tratar y amar a la
Santísima Trinidad. «Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de
las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos
beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos
en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida
eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra
expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma
rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también
mirada amorosamente por Dios, a todas horas.
»No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser,
fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo,
sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la
Sabiduría (...). Es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te
negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor (...) es cada
día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de
muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son
infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en
la cuenta» (Amigos de Dios, 308).