HIJOS DE DIOS
— El
sentido de la filiación divina define nuestro día.
— Algunas
consecuencias: fraternidad, actitud ante las dificultades, confianza en la
oración...
—
Coherederos con Cristo. La alegría, un anticipo de la gloria que no debemos
perder a causa de las contrariedades.
I. «Yo he sido por Él constituido Rey sobre Sión, su monte santo, para
predicar su Ley. A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado
hoy (Sal 2, 6-7). La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey
a su Hijo (...). Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si
nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus»; y eso es lo que
pretendemos, a pesar de nuestras flaquezas: imitar a Cristo, identificarnos con
Él, ser buenos hijos de Dios en medio de nuestro trabajo y de los quehaceres
normales de todos los días.
El pasado domingo contemplábamos a Jesús que acude a Juan, como uno más, para
ser bautizado en el Jordán. El Espíritu Santo se posó sobre Él y se dejó oír la
voz del Padre: Tú eres mi Hijo muy amado. Jesucristo es, desde la
eternidad, el Hijo Único de Dios, el Amado: nacido del Padre antes de todos
los siglos (...), engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre,
por quien todo fue hecho, confesamos en el Credo de la Misa. En Él y por Él
–Dios y Hombre verdadero– hemos sido hechos hijos de Dios y herederos del Cielo.
A lo largo del Nuevo Testamento, la filiación divina ocupa un lugar central en
la predicación de la buena nueva cristiana, como realidad bien expresiva
del amor de Dios por los hombres: Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que
seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. El mismo Jesucristo mostró
constantemente esta verdad a sus discípulos: de modo directo, enseñándoles a
dirigirse a Dios como al Padre; señalándoles la santidad como imitación filial;
y también a través de numerosas parábolas en las que Dios es representado por la
figura del padre. Es particularmente entrañable la figura de nuestro Padre Dios
en la parábola del hijo pródigo.
Por su infinita Bondad, Dios ha creado y elevado al orden sobrenatural al hombre
para que, con la gracia santificante, pudiera penetrar en la intimidad de la
Beatísima Trinidad, en la Vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sin
destruir, sin forzar su propia naturaleza de criaturas: mediante este don
inefable de la filiación divina. Nos constituye en hijos suyos: no es nuestra
filiación un simple título, sino una elevación real, una transformación efectiva
de nuestro ser más íntimo. Por eso, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer
(...), a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y, puesto que sois hijos,
Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama Abbá, Padre!
De manera que ya no eres siervo sino hijo; y como eres hijo, también heredero
por gracia de Dios.
El Señor nos ha ganado el Don más precioso: el Espíritu Santo, que nos hace
exclamar Abbá, Padre!, que nos identifica con Cristo y nos hace hijos de
Dios. «Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo
benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía
libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar,
también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada».
A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
Estas palabras del Salmo II, que se refieren principalmente a Cristo, se
dirigen también a cada uno de nosotros y definen todo nuestro día y la vida
entera, si estamos decididos –con debilidades, con flaquezas– a seguir a Jesús,
a procurar imitarle, a identificarnos con Él, en nuestras peculiares
circunstancias. Profundizar en las consecuencias de la filiación divina será, a
temporadas, objeto de una especial atención en nuestra lucha ascética, e incluso
del examen particular.
II. Cuando vivimos como buenos hijos de Dios, consideramos los acontecimientos
–también los pequeños sucesos de un día corriente– a la luz de la fe, y nos
habituamos a pensar y actuar según el querer de Cristo. En primer lugar,
trataremos de ver hermanos en las personas con quienes nos relacionamos, pues
todos somos hijos de un mismo Padre. El aprecio y el respeto a los hombres
generará en nosotros el mismo deseo que existe en el Corazón de Cristo: el de su
santificación. El amor fraterno nos moverá ante todo a que esas personas estén
cada vez más cerca de Cristo y sean cada vez más plenamente hijos de nuestro
Padre Dios. Será el nuestro el mismo afán apostólico de Cristo por todos: el
celo por la gloria del Padre y por la salvación de la humanidad. Las
manifestaciones de esta fraternidad enraizada en la filiación divina pueden ser
innumerables a lo largo de una jornada nuestra: oración, pequeñas ayudas
materiales, comprensión ante los defectos.
La filiación divina no es un aspecto más de nuestra vida: define nuestro propio
ser sobrenatural y nos señala la manera de situarnos ante cada acontecimiento;
no es una virtud particular, que tenga sus propios actos, sino la condición
permanente de nuestro ser, y empapa todas las virtudes. Somos, ante todo y sobre
todo, hijos de Dios, en cada circunstancia y en todas las situaciones, y esta
convicción firmísima llena nuestro vivir y nuestro actuar: «no podemos ser hijos
de Dios solo a ratos, aunque haya algunos momentos especialmente dedicados a
considerarlo, a penetrarnos de ese sentido de nuestra filiación divina, que es
la médula de la piedad».
Si consideramos con frecuencia esta verdad –soy hijo de Dios–, si profundizamos
en su significado, nuestro día se llenará de paz, de serenidad y de alegría. Nos
apoyaremos resueltamente en nuestro Padre Dios, del que todo depende, en las
dificultades y en las contradicciones, si alguna vez se hace todo cuesta arriba.
Volveremos con más facilidad a la Casa paterna, como el hijo pródigo, cuando nos
hayamos alejado con nuestras faltas y pecados; no perderemos de vista que
siempre nos espera nuestro Padre para darnos un abrazo, para devolvernos la
dignidad de hijos si la hubiéramos perdido, y para llenarnos de bienes en una
fiesta espléndida, aunque nos hayamos portado mal, una y mil veces. La oración
–como en este rato que dedicamos exclusivamente a Dios– será de veras la
conversación de un hijo con su padre, que sabe que le entiende bien, que le
escucha, que está atento como nadie jamás lo ha estado nunca. Un hablar con Dios
confiado, que nos mueve con frecuencia a la oración de petición porque somos
hijos necesitados; una conversación con Dios que tiene por tema nuestra vida:
«todo lo que palpita en nuestra cabeza y en nuestro corazón: alegrías,
tristezas, esperanzas, sinsabores, éxitos, fracasos, y hasta los detalles más
pequeños de nuestra jornada. Porque habremos comprobado que todo lo nuestro
interesa a nuestro Padre Celestial».
III. El hijo es también heredero, tiene como un cierto «derecho» a los bienes
del padre; somos herederos de Dios, coherederos con Cristo. El Salmo
II, con el que comenzamos este rato de oración, salmo de la realeza de
Cristo y de la filiación divina, continúa con estas palabras: Pídeme y te
daré las naciones en herencia y extenderé tus dominios hasta los confines de la
tierra.
El anticipo de la herencia prometida lo recibimos ya en esta vida: es el
gaudium cum pace, la alegría profunda de sabernos hijos de Dios, que no se
apoya en los propios méritos, ni en la salud o en el éxito, ni consiste tampoco
en la ausencia de dificultades, sino que nace de la unión con Dios; se
fundamenta en la consideración de que Él nos quiere, nos acoge y perdona
siempre... y nos tiene preparado un Cielo junto a Él, por toda la eternidad.
Perdemos esta alegría cuando dejamos a un lado el sentido de nuestra filiación
divina, y no vemos la Voluntad de Dios, sabia y amorosa siempre, en las
dificultades y contradicciones que cada jornada nos trae.
No quiere nuestro Padre que perdamos esa alegría de hondos cimientos: Él quiere
vernos siempre contentos, como los padres de la tierra desean ver siempre a sus
hijos.
Además, con esa actitud serena y gozosa ante la vida –el gaudium cum pace–,
en la que no faltarán contradicciones, el cristiano hace mucho bien a su
alrededor. La alegría verdadera es un formidable medio de apostolado. «El
cristiano es un sembrador de alegría; y por esto realiza grandes cosas. La
alegría es uno de los más irresistibles poderes que hay en el mundo: calma,
desarma, conquista, arrastra. El alma alegre es un apóstol: atrae a los hombres
hacia Dios, manifestándoles lo que en ella produce la presencia de Dios. Por
esto el Espíritu Santo nos da este consejo: nunca os aflijáis, porque la
alegría en Dios es vuestra fuerza (Neh 8, 10)».